Siempre me ha fascinado el tipo
de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y
termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco
del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero
solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.
Comenzó La vida posible
una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de
interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una
mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared
fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’
al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la
forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido
de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así,
claro.
Al principio, Ángel escribía a
ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran
que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles
mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo
de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis
de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también
tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad
extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a
Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.
El manuscrito creció despacio, pero
creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree
que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera
elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una
voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel
cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su
existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de
pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia
impecable de los parásitos educados.
A veces, al releer su historia,
tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que
escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo
decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado,
Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El
narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien
lo guía hacia su narrador».
Una mañana, Ángel encontró un
capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era
un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa
caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El
protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al
balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y
eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del
aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.
«Coincidencia», pensó. La mente
ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se
repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma
discreta de amenaza.
Aquí debería decirse algo
importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe
se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó
a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta,
buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo
lo natural entonces que fue intentar corregir.
Desde aquel día escribió con
cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el
suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al
protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una
mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con
violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito
reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y
que, simplemente, te sigue.
Y aquí ocurre lo que siempre
ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes.
Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una
tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro
perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su
infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un
amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando
siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una
conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al
margen.
En otro libro inexistente, el Tratado
breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado
no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó
esa frase con violencia.
Dejó de dormir con descanso y se
acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío
sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo
que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya
escrito.
Pasaron los años, y los años,
cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que
no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una
segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto
final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro
con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio,
más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz
donde alguien seguía despierto.
Esa noche soñó que caminaba por
una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos,
lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas.
Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta
olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una
naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.
Entre el título y el comienzo,
alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin
temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo.
Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los
ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien
se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio
el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de
alguien.
Y entonces comprendió, con una
claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un
hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No
un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay
novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más
perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.