Llovía como una maldición. Llovía en vertical, sin recovecos, mientras un perfume a vegetación podrida se infiltraba en la cocina a vaharadas. Cuatro cacerolas de medio metro de diámetro hervían a su aire diferentes guisos mientras borbotaban sus líquidos condimentos, soltando pompitas como lava de un volcán a punto de eructar. Una estampa de santa Rita, abogada de los imposibles y las causas perdidas, miraba de frente el espacio grasiento de la cocina. De su espina mortificante no manaba sangre sino un pus parecido a la crema de espárragos. Un san Pancracio devolvía la gratitud y benevolencia de la santa mostrando un alegre y jovial ramo de perejil. La lluvia de otoño es, a veces, como un picor de nariz o una alergia inoportuna, recuerda a los juegos escondidos de la niñez y a las tardes de clausura en el hogar. La lluvia en otoño es el estornudo y los guantes de lana. El desaliento del aire humedecido. La tristeza temprana y el reuma. Además de las cuatro cacerolas, dos ollas a presión, con un diálogo sibilante, atendían a la mortificación de ambos cocidos de callos, vaporizando la atmósfera con ese olor de cerdo resumido y salsa picante que conmueve los estómagos más fosilizados. El aire en la cocina era triste, grasiento y húmedo. Las gotas frías de lluvia bailaban al caer, como cuentas de cristal que conjugaran una canción oscura. Una coreografía acuática al compás del zumbido de las chorreras estrelladas en el suelo relataba, de manera fidedigna, el clima otoñal, intercambiándose con el de la cocina en una relación de osmosis permeable. Sobre una larga plancha de acero ennegrecido por el desgrase de las carnes, se sobrecogían siete muslos de pollo asándose de risa. Un ejército de cuchillos en ristre, firmes como soldados en una parada militar, sonreían bajo mellas sospechosas de ser audaces cortadores del aire y de las porciones de tocino convenientes como para ser engullidas por un batallón de hambrones sin decoro. El odio de las cucharas y sobre todo de los tenedores hacia la condición rebanadora de los cuchillos era evidente pero mudo. Los fogones sin embargo embadurnaban el ambiente con un hollín discreto y un calor de tono butano, frustrados por el deseo de consumir algún condimento indispensable para la dieta del sustento. La dieta existencial.
Juana se mortificaba en la cocina con la conciencia mártir de quien ha padecido toda su vida un marido abrupto e insensible con las cosas del alma, jugador, borracho, mujeriego, y además en paro. Un marido que la besaba con aliento avinagrado de quien aterriza en el lecho por la alborada, que utilizaba el sexo como un recipiente donde desahogar sus frustraciones de macho cavernícola y le había cargado el equipaje familiar con siete hijos. Para preservarse de estos y otros males domésticos, de su cuello colgaba un escapulario con la imagen de santa Dorotea, patrona de los malos tratos conyugales, y una bolsita con un diente de ajo silvestre plantado en luna llena que la protegían de las calamidades hogareñas y lo malos augurios domésticos. Juana acostumbraba a pasar sus manos por el fuego de las hornillas, como distraída, o agarraba los cacharros cuando más caliente estaba el metal para torturar las yemas de sus dedos. En otras ocasiones derramaba el agua hirviendo sobre sus pies, realizaba pequeñas incisiones en sus brazos, se golpeaba las rodillas con el mazo de mortificar los filetes de ternera, se perforaba las orejas, se arrancaba una uña o mojaba su lengua en un enchufe eléctrico, purgando así la culpa de soportar a aquel hombre montaraz y lavar los pecados de su condenado marido a quien tan sólo su sacrificio podría librar del infierno de los violentos y los esquivos. Pero el suplicio de Juana no concluía ahí: su hijo mayor, yonqui y sidoso, se abandonaba a los últimos de su penoso existir. Adelita la menor de todos estaba embarazada...
Tanto martirio había conferido a Juana, en su largo proceso de llagas y de estigmas, virtudes curativas que empleaba en sanar a familiares y amigos. No aplicaba la imposición de manos, ni las aguas milagrosas, ni las reliquias de santos, ni las videncias de apariciones. Sóla guisos y oración. Plegaria y alimento. Sus mejunjes culinarios unidos a los rezos, no sólo curaban cualquier enfermedad si no que hasta hacían resucitar a los muertos con unas simples sopas de ajo y una plegaria larga a Jesús Resucitado. Su cocina, con el tiempo, se convirtió en punto de peregrinación de los desahuciados de los hospitales, de la Seguridad Social e incluso de prestigiosas clínicas privadas. La fe los salvaba, decía Juana. Su fe y el buen apetito. La avalancha de moribundos que a diario la visitaban, muchos de ellos en aras de santidad, le habían comprometido más de una vez en su trabajo de cocinera en un gran restaurante, pero su entrega y beatitud siempre obraron en su beneficio.
El martirio de los santos es infinito ya que sufren por los que no sufren y por los que sufren también, se consagran al dolor de las cosas insensibles, de los románticos y de los pragmáticos. Su dolor es extensible a toda condición humana y solidaria con cualquier forma de vida ya sea animada o inerte. Es como un agujero negro que absorbe cualquier oscilación en la sensibilidad dolorosa del universo. Por eso con santos y ascetas de por medio la realidad humana es mucho más llevadera y soportable, es una posibilidad que sin ellos sería insufrible en tanto que no absorbieran la cantidad de dolor no asimilable por la capacidad de las personas y de las otras cosas. Así se hace imprescindible la existencia de los mismos para desenvolvernos en nuestra condición de humanos sufridores ya que son la anestesia del espíritu de los demás. En ellos se concentra parte del dolor de muelas y de los dolores de parto, del dolor fracturado de hueso o del infinito tormento de una enfermedad terminal, se resume también el malestar de la hambruna, la quintaescencia del profundo dolor del desamor, de la soledad ubérrima, del desamparo y del frío cortante. Ellos son la esponja que absorbe la depresión de los sueños y la tortura de las pesadillas, los que roban parte del desamparo de los niños y el desgarrado dolor de los torturados.
También absorben el líquido resinoso que desprende la desolación y el odio adverso. El dolor de pecho, el del enfriamiento, la angustia del quemado, el retorcimiento del reumático, la miseria del desaprensivo y la dicotomía del esquizofrénico. Todo lo sufrible es menguado por el santo tormento de quien consagra su alma a Dios por el bien de los demás humanos. Succionan, beben, absorben, inhalan, aspiran, atraen, roban todos los efluvios inconscientes del dolor con su oración y su alma purificada. Son los recipientes donde van a dar parte de lo que no nos duele, de lo que no sabemos que nos duele pero que sin ellos nos dolería muchísimo más hasta ser insoportable la existencia, de lo verdaderamente doloroso hasta hacernos rabiar y del dolor sumo que nos exaspera hasta pedir la muerte. Son el fármaco que nos alivia, la pócima mágica que actúa sin que nos demos cuenta, el ungüento que calma, el masaje que relaja el alma, la morfina que duerme el sufrimiento.
Juana pensó que en ella también debieran redimirse parte de todas esas almas desgarradas por el dolor que carcome a los desterrados hijos de Eva. Pero a diferencia de otros santones ella no escogió una celda fría ni un claustro ni un convento alejado del mundo. Una cocina se parecía más al infierno y por tanto la mortificación del cuerpo sería mayor guisando entre fogones, muriéndose entre grasas, llorando entre cebollas. Su catecismo le decía que había de ennoblecer los estómagos para que las almas fueran más ligeras y subieran más alto, porque habría más distancia entre el espíritu y el cuerpo. También alejaría la debilidad de los cuerpos que bien alimentados son propensos a menos desajustes y por tanto a menos sufrimientos. Dietética y Teología podían ser conjugadas al mismo tiempo, sentía Juana, que encontraba entre guisos y rezos la sanación, en un larga lista culinario-espiritual, de enfermedades capaz de acabar con cualquier mal humano del cuerpo y del alma: el arroz con leche aleja los sueños perturbadores, el solomillo cura de la colitis, un cocido de coles mantiene la tensión en un punto medio, las gachas de maicena sostienen el buen tino y los cambios de humor no son tan bruscos si se come gazpacho al mediodía y por la noche jureles en escabeche más una Salve. Un toque de perejil en los hombros sana el reuma en las articulaciones altas, tres granos de pimienta bajo la lengua, mientras se reza un Padrenuestro a santa Apolonia, quita el dolor de muelas y previene la caries. trazando círculos con aceite de oliva y cruces en la frente se espanta la alopecia, el azafrán en los párpados es para la cefalalgia crónica, la ingestión de un potaje de habillas y calabaza y tres Avemarías acaban con la gastritis y la úlcera de estómago. el polvo de rábano retira del tabaco a los más empedernidos fumadores, la manteca de cerdo para las hemorragias menstruales y unas migas de sémola, con arenques, bacalao seco y tomates fritos matan las solitarias. Un rosario a santa Engracia y rodajas de limón sobre las sienes libras de las jaquecas a las amas de casa, y un lecho de hojas frescas de abedul iba bien para la tetraplejia. Estramonio mandaba para quienes padecían de asma y con una estampita de santa Quiteria bajo la almohada e infusiones de beleño, las neurosis mejoraban.
Santa Juana fue ascendida a los infiernos por Belphegor para que contara a diario para el mismísimo Lucifer las calorías de los pecadores que iban ingresando en el averno y dirigiera la cocina general del séptimo círculo, clausurada por la Inspección Infernal de Sanidad después de encontrarse cucarachas albinas nadando a braza entre las calderas de pez. La conducción hasta los sótanos de la eternidad se efectuó por una galería descendente que, no obstante, a Juana le pareció una subida, pues hay almas que ascienden cuando bajan y otras que se despeñan mientras creen elevarse. Belphegor, vestido con una casaca encarnada, pezuñas de charol y un gorro de cocinero que ocultaba dos cuernecillos mal afilados, le explicó durante el trayecto que el infierno atravesaba una crisis de intendencia. Los condenados habían perdido el apetito, los demonios se negaban a probar el rancho y Lucifer padecía desde hacía siglos una acidez de estómago tan abrasiva que el fuego eterno procedía, en buena parte, de sus digestiones.
La cocina infernal ocupaba una nave sin principio ni término donde humeaban marmitas del tamaño de plazas públicas y se amontonaban, en estanterías de hierro, los utensilios de la desesperación culinaria: espumaderas para desnatar la soberbia, coladores de pensamientos impuros, ralladores de conciencia, pinzas para extraer remordimientos, sartenes de doble fondo para los hipócritas y una máquina de picar promesas incumplidas que no dejaba de trabajar ni en las festividades de guardar. Los hornos abrían sus bocas dentadas con bostezos de azufre, los cucharones se perseguían entre sí como ánimas sin reposo y una legión de cuchillos, menos disciplinada que la de su restaurante terrestre, despedazaba sombras para el caldo de la noche. Sin embargo, nada olía a comida. Olía a culpa recalentada, a rencor requemado, a miedo con moho y a esa agrura que deja en el paladar haber vivido contra uno mismo.
—Aquí se guisa el castigo —le aclaró Belphegor—. Cada cual come lo que hizo tragar a los demás.
Juana, que entendía de sufrimientos adobados y de pesares a fuego lento, probó con la punta del dedo una salsa negra que hervía en la olla de los avaros, la olfateó y escupió al suelo.
—A esto le falta sal.
La afirmación corrió por las galerías del abismo con la gravedad de una herejía. Desde la rebelión de los ángeles nadie se había atrevido a corregir una receta infernal. Belphegor abrió dos palmos sus ojos amarillos y un diablillo pinche dejó caer una bandeja de blasfemias recién horneadas. Juana pidió aceite de oliva, ajos, cebollas, perejil, laurel, pimentón, unas habichuelas tiernas, dos docenas de huevos, bacalao seco y una estampa de la Virgen de las Angustias. Le comunicaron que de todo había en abundancia menos aceite de oliva, producto que por su pureza no resistía las temperaturas del recinto, y que las imágenes sagradas estaban prohibidas por un decreto de Lucifer. Juana se sacó entonces del pecho el escapulario de santa Dorotea, lo clavó con una espina sobre la campana extractora y se persignó con el cucharón.
Comenzó por vaciar las calderas y fregar el hollín acumulado desde el pecado original. A los demonios holgazanes les mandó raspar las costras; a los lujuriosos, pelar cebollas sin tocarlas más de lo necesario; a los soberbios, limpiar de rodillas los retretes; a los envidiosos, repartir las raciones más abundantes; y a los glotones, cocinar en ayunas. Organizó la despensa por pecados y fechas de caducidad, separó la carne de los remordimientos, puso en cuarentena las tentaciones y arrojó a la basura un cargamento de indulgencias falsificadas que unos mercaderes florentinos continuaban vendiendo a escondidas. El infierno, que hasta entonces había funcionado por combustión espontánea y desorden administrativo, conoció el estropajo, la lejía y la disciplina del delantal. Pronto elaboró un recetario para la condenación y el alivio. A los orgullosos les administraba sopa de pan duro para que aprendieran la humildad de las migas; a los avaros, lentejas contadas una a una que debían compartir con el vecino; a los envidiosos, ensalada de frutos ajenos aliñada con aceptación; a los iracundos, tila con hierbabuena y siete minutos de cocción silenciosa; a los perezosos, café de puchero servido a doscientos pasos de la mesa; a los lujuriosos, potaje de vigilia sin tocino carnal; y a los glotones, el olor de un cocido del que solo podían comer cuando hubieran alimentado a otro. Para los suicidas preparó un caldo de segundas oportunidades; para los asesinos, una infusión de memoria que les hacía sentir en su propio pecho el último latido de sus víctimas; para los indiferentes, una papilla de ojos abiertos; y para los traidores, lengua en salsa, que es comida de mucho hablar y difícil digestión. Todo plato iba acompañado de una oración, aunque Juana, prudente, las pronunciaba hacia dentro para no soliviantar a la autoridad diabólica.
Los efectos no tardaron en manifestarse. Un usurero devolvió la cuchara, un tirano pidió perdón al camarero, tres inquisidores confesaron que siempre les había dado miedo el fuego y una mujer condenada por adúltera se negó a continuar arrepintiéndose de haber amado. Los réprobos comenzaron a sentarse juntos, a pasarse el pan y a contarse sus vidas anteriores mientras esperaban el postre. Algunos descubrían que su mayor pecado no figuraba en los expedientes; otros que habían cargado culpas ajenas por miedo, obediencia o costumbre. En menos de una semana disminuyeron los alaridos, se redujo el consumo de azufre y las llamas bajaron dos palmos. En dos meses el departamento de tormentos registró la primera caída de productividad desde la creación del mundo. Los verdugos se aburrían, los caldereros solicitaban regulación de empleo y los demonios más antiguos se quedaban después del servicio rebañando con pan las cacerolas.
Belphegor, que había llevado a Juana para resolver un problema de alimentación y no para poner en peligro la industria del sufrimiento, redactó un informe de ciento cuarenta y cuatro páginas. Acusaba a la cocinera de intrusismo salvífico, competencia desleal con el purgatorio, blanqueamiento de culpas, contrabando de esperanza y utilización de perejil bendecido sin licencia. El documento llegó a Lucifer una mañana en que el príncipe de las tinieblas despertó con una ardentía de pecho capaz de chamuscar un continente. Mandó comparecer a Juana en el salón del trono, un comedor interminable presidido por una mesa de mármol negro donde las moscas caían abrasadas antes de posarse.
—Mujer —rugió Lucifer con voz de chimenea—, te traje para alimentar el tormento y estás convirtiendo mi reino en una casa de comidas. Los condenados engordan, conversan y hasta se ríen. Ayer sorprendieron a dos demonios jugando al dominó con unos blasfemos. ¿Qué tienes que alegar?
—Que comen mejor —respondió Juana.
—¡Aquí no se viene a comer mejor!
—Pues no haber puesto cocina.
La respuesta provocó un silencio mineral. Belphegor escondió el hocico detrás del informe y los príncipes infernales afilaron sus tridentes por si era necesario ensartar la insolencia. Pero Lucifer, a quien nadie contradecía desde los tiempos celestes, sintió curiosidad por aquella mujer pequeña de manos llagadas que no apartaba la mirada. Le ordenó preparar un plato que no curara, no consolara, no perdonara y no despertara en quien lo comiese deseo alguno de ser mejor. Si lo conseguía, conservaría su puesto; si fracasaba, sería arrojada a la caldera de las cocineras que quemaron el arroz. Juana regresó a los fogones y meditó la receta. Podía guisar víboras en su veneno, freír corazones de piedra, rellenar una cabeza de político con sus propias promesas o servir la frialdad de los banqueros en gelatina. Ninguno de aquellos manjares satisfacía el encargo porque hasta la ponzoña, bien administrada, podía ser remedio, y no existe alimento tan malo que el hambre no convierta en esperanza. Tomó entonces un mendrugo, cuatro dientes de ajo, agua, sal y un huevo. Sofrió los ajos en la poca grasa que pudo rescatar de un tocino arrepentido, añadió el pan, vertió el agua y dejó caer el huevo como una luna blanca en un cielo humilde. Mientras hervía rezó sin palabras, que son las plegarias que mejor escucha Dios y peor interceptan los demonios.
Lucifer recibió el cuenco con desprecio. Acostumbrado a devorar ambiciones humanas, imperios enteros, honores, fortunas, cuerpos codiciados y almas en salsa de vanidad, consideró aquella sopa una ofensa a su rango. Probó una cucharada. Después otra. A la tercera cerró los ojos y, por un instante, recordó una luz anterior al fuego, la música de los astros cuando todavía no existía el rencor y aquella mesa del cielo en la que nadie ocupaba la cabecera porque todos compartían el pan. Una lágrima incandescente le resbaló por la mejilla. Al tocar el suelo se apagó y dejó una pequeña mancha húmeda de la que brotó una brizna de perejil. Los demonios retrocedieron horrorizados. La compasión era inflamable en el cielo, pero en el infierno resultaba explosiva. Lucifer golpeó la mesa, se limpió la cara con la manga y ordenó destruir el cuenco. Sin embargo, ya era tarde. El olor de la sopa había recorrido los nueve círculos y los condenados, al respirarlo, recordaron alguna cocina de su infancia, una madre inclinada sobre el fuego, una abuela soplando la cuchara, el hambre satisfecha en una noche de invierno o la mano que partía un trozo de pan y daba la porción mayor. Cada recuerdo apagó una llama. Durante unos minutos cayó sobre el infierno una lluvia menuda, tibia y vertical, parecida a la que aquella tarde de otoño golpeaba los cristales del restaurante donde Juana comenzó su martirio.
—Has desobedecido —le dijo Lucifer, aunque su voz ya no sonaba a caldera sino a brasero moribundo.
—He cocinado lo que me pidió.
—Te ordené un plato que no consolara.
—No existe.
Lucifer iba a expulsarla cuando se abrieron las puertas del salón y dos alguaciles infernales arrastraron a un recién llegado. Venía maldiciendo, con la camisa desabrochada, olor a vino agrio y una papeleta de defunción pegada en la frente. Había muerto al perder el equilibrio a la salida de una taberna después de discutir con un jugador que le reclamaba una deuda. Juana reconoció a su marido. Él también la vio y, sin sorprenderse de encontrarla allí, le pidió comida y le reprochó no tenerla preparada.
La santa bajó los ojos por costumbre, pero no por obediencia. Durante toda su vida había confundido la bondad con soportarlo todo y el sacrificio con permitir que otros sacrificaran su cuerpo. Comprendió entonces que ningún dios justo podía exigirle salvar a quien nunca quiso dejar de condenarla. Se quitó del cuello el escapulario de santa Dorotea, besó la estampa gastada y la guardó en el bolsillo del delantal. Después miró a Lucifer.
—Este me ayudará en la cocina.
El condenado se rio con su vieja risa de macho montaraz y levantó la mano, igual que tantas veces. No llegó a bajarla. Una cadena de chorizos se enroscó en su muñeca, dos cucharones le sujetaron los brazos y el ejército de cuchillos en ristre formó a su alrededor una parada militar. Lucifer, todavía con el sabor de la sopa en la boca, sentenció que pelaría cebollas, fregaría calderas y alimentaría a los hambrientos hasta comprender el dolor que había dejado en los demás. Como en la eternidad no hay jubilación ni prescriben las tareas domésticas, tendría tiempo suficiente.
Juana volvió a la cocina. Ya no derramó agua hirviendo sobre sus pies, no aproximó las manos al fuego ni empleó el mazo de la carne contra sus rodillas. Sus llagas comenzaron a cerrarse y las yemas de sus dedos recuperaron el tacto. Continuó guisando para vivos, muertos, demonios y condenados, porque el hambre no pregunta de qué lado de la eternidad se encuentra el estómago. El infierno no dejó de ser infierno, pues hay instituciones que ni los milagros consiguen reformar, pero desde entonces tuvo una puerta pequeña por la que algunos salían después de comer y arrepentirse de veras. El marido de Juana sigue pelando cebollas. Ella dejó de llorar entre ellas. También dejó de quemarse las manos. En el infierno ardía ya quien debía.