La
competencia nace cuando la vida se vuelve un escaparate. Entonces dejamos de
mirarnos por dentro y empezamos a calcularnos con la vara de otros. Pero
ninguna biografía es conmensurable: no hay dos trayectorias que compartan punto
de partida, herencias, heridas ni estaciones de descanso. Compararse es aceptar
una aritmética falsa. No hay que demostrar nada porque lo esencial no tiene
público. Crecer no es adelantar a nadie, sino ensanchar el propio límite,
llegar hoy un poco más lejos de donde ayer nos detuvimos. La única versión que
importa no es la mejor ante los demás, sino la más fiel a lo que podemos ser
sin traicionarnos. Las comparaciones sesgadas producen victorias vacías y
derrotas injustas. Nos obligan a competir en carreras que no elegimos y por
premios que no necesitamos. De ese ruido sólo se sale volviendo a la medida
interior, a ese ritmo propio que no entiende de podios porque la plenitud no se
alcanza cuando superamos a otros, sino cuando dejamos de necesitarlos como
referencia.
Sin medida ajena
19.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, competencia, reflexión
Tornadizos
18.3.26
La condición humana se vuelve del revés con la misma facilidad que una prenda reversible.
Escritura de choque
17.3.26
El
presente —dice Deleuze— es un instante sin espesor, y sin embargo pesa. Pesa
cuando pienso en los niños que mueren de sida mientras limpio un pescado y el
cuchillo resbala por la piel plateada como si la filosofía no hubiera ocurrido.
Nietzsche y Heidegger advierten que no somos el relevo de ningún dios, pero hay
que pagar la compra, y mientras alguien no llega a fin de mes, otra persona
duerme entre cartones con la boca tomada por el sarro y un Tetra Brik como
última intemperie. Baudrillard habla de la ilusión del fin, de ese espectáculo
del desastre que nunca termina de suceder. Séneca pregunta para qué sirve saber
lo que es una recta si no sabemos lo que es la rectitud. Y Cioran remata que
ninguna idea ha calmado el miedo a morir. Y, mientras tanto, la casa exige sus
gestos mínimos, la vida su sintaxis doméstica. Todo ocurre a la vez y en planos
distintos: la ontología y el fregadero, la metafísica y el frío de la calle, la
teoría y la ausencia. He visto marcharse a tantos que mi memoria tiene megafonía
de andén. Tal vez escribir sea sostener ese choque sin jerarquías y que el
pensamiento no nos absuelva de la vida ni la vida nos vuelva analfabetos del
dolor.
Etiquetas: análisis, comentario, escritura
La sustancia
16.3.26
Si
el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos, como señaló Borges, cada
jornada vendida es una pequeña amputación consentida. Cambiamos horas por
dinero y el dinero por objetos que prometen devolvernos, en forma de placer
inmediato, lo que ya no tenemos que es una vida disponible. La operación parece
inocente porque se llama normalidad. Nos enseñan que ese trueque es el orden
natural de las cosas, que nacer consiste en entrar en el mercado del tiempo
propio. Trabajamos para vivir —decimos—, pero a menudo vivimos para sostener el
mecanismo que administra nuestra ausencia. Lo más inquietante no es la pérdida
sino que nos acostumbramos. La esencia no se extravía de golpe: se diluye en
hábitos, en compras que sustituyen experiencias, en cansancios que aplazan lo
que somos para un después que nunca llega. Y, sin embargo, el tiempo no sabe de
salarios ni de precios y sigue siendo la materia irrepetible de nuestra
conciencia. Quizá la verdadera resistencia consista en recordar que no somos
aquello que adquirimos sino aquello a lo que decidimos dedicar nuestras horas.
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión, tiempo
El oráculo
15.3.26
Algunas
noches miro por la ventana y veo cómo un humillo blanco se eleva desde los
edificios. Son los sueños que se le evaporan a la gente. He fabricado una
máquina que captura ese humo y traduce los sueños. Al principio, solo eran
palabras sueltas: caer, volver, nadie. Luego llegaron
frases más completas, todavía húmedas y tibias: no cierres la puerta, todavía
está aquí, no era un accidente. Mi máquina las imprimía en tiras de
papel que se enroscaban en el suelo, como serpientes cansadas y durante
semanas, leí sueños ajenos con la discreción de un ladrón. Hasta que una noche,
la máquina dudó. El humo tardó en traducirse. Tembló dentro de los tubos, como
si no quisiera convertirse en lenguaje. Finalmente, la impresora comenzó a
escupir una sola frase, repetida una y otra vez: Te está mirando. Apagué
la máquina pero el humo seguía entrando por la ventana.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
El primer no
14.3.26
Etiquetas: Albert Camus, análisis, comentario, no, reflexión
Igualdad
12.3.26
Etiquetas: comentario, igualdad, reflexión
El tiempo contrario
11.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, tiempo
Antes del final
10.3.26
Llega
un momento donde la vida parece cerrarse como una puerta que ya no vamos a
empujar. No es la muerte lo que se presiente sino más bien la sensación de
haber llegado tarde a uno mismo. Todo parece irrevocable, como si el tiempo
hubiera fijado su veredicto y, sin embargo, es entonces cuando se vuelve más
urgente la bondad que llevábamos aplazada. Lo bueno que somos —esa reserva
silenciosa de ternura, de comprensión, de palabras no dichas— pide aflorar con
una claridad, no para salvar la vida sino para salvar su sentido, porque lo
irremediable no está en que algo termine sino en que acabe sin haber sido dado,
ya que hay una forma de victoria que sólo aparece al final como es dar lo que
éramos, porque cuando la vida ya no tiene solución todavía contiene el
sentimiento de lo que hemos sido.
Etiquetas: análisis, comentario, morir, reflexión
Contrariedad
8.3.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Exilio
7.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, exilio, soledad
No hay que subordinar ni las oraciones
6.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, subordinar
Fatigosos
5.3.26
Etiquetas: aforismo, normalidad
Lo que me desespera
4.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, porvenir
La máscara y el eco
2.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, Schopenhauer
Humedad
1.3.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Sin norte
28.2.26
Lecciones de vida
27.2.26
Etiquetas: abundancia, aforismo, escasez
El aire que nos habita
26.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, respirar
Pasar del tiempo
24.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, envejecer
Difuso
22.2.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Actoral
20.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión
Mundo ofuscado
18.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, mundo, reflexión
Palabras de paz
16.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, palabra, paz, reflexión
Última mirada
15.2.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Reescritura
13.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, Foucault, reescritura, reflexión
Dos órdenes
12.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión
Atestación
10.2.26
Etiquetas: análisis, avance, comentario, reflexión
Basurales
9.2.26
Etiquetas: análisis, basura, comentario, reflexión
La paradoja numérica
8.2.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Despilfarro
7.2.26
Etiquetas: abundancia, análisis, comentario, reflexión
Patología temporal
6.2.26
Somos enfermos terminales del tiempo presente.
Etiquetas: análisis, comentario, enfermo, reflexión, tiempo
Cara B
5.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, progreso, reflexión
La realidad clicada
3.2.26
Etiquetas: análisis, calma, comentario, instante
Pestañeo
2.2.26
Etiquetas: análisis, comentario, memoria, reflexión
La novela de su vida
1.2.26
Siempre me ha fascinado el tipo de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.
Comenzó La vida posible una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’ al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así, claro.
Al principio, Ángel escribía a ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.
El manuscrito creció despacio, pero creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia impecable de los parásitos educados.
A veces, al releer su historia, tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado, Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien lo guía hacia su narrador».
Una mañana, Ángel encontró un capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.
«Coincidencia», pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma discreta de amenaza.
Aquí debería decirse algo importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta, buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo lo natural entonces que fue intentar corregir.
Desde aquel día escribió con cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y que, simplemente, te sigue.
Y aquí ocurre lo que siempre ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes. Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al margen.
En otro libro inexistente, el Tratado breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó esa frase con violencia.
Dejó de dormir con descanso y se acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya escrito.
Pasaron los años, y los años, cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio, más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz donde alguien seguía despierto.
Esa noche soñó que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos, lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas. Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.
Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo. Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de alguien.
Y entonces comprendió, con una claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
De frente
30.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, inteligencia artificial, reflexión
Lo necesario
28.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, necesario, reflexión
Sin justificación
27.1.26
Etiquetas: análisis, Bruce Lee, comentario, justicia, reflexión
Resurgires
26.1.26
El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.
Etiquetas: análisis, comentario, dolor, reflexión
El lazarillo
25.1.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Propiedad enajenada
24.1.26
Tener un mundo propio es tener la garantía de que algo nos pertenece.
Etiquetas: aforismo, mundo propio, pertenencias
Héroes cercanos
23.1.26
Microcosmos
22.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, microcosmos, personas, reflexión
Tardo
21.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, futuro, reflexión, retraso
Marca
20.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión, tiempo
Ágrafos
19.1.26
Etiquetas: ágrafo, análisis, comentario, escritura, oral
Al detal
18.1.26
—Te compro ese pensamiento. ¿Cuánto vale?
—¿Te gusta? No tiene precio.
—Sí, me gusta cuando piensas en mí.
Pagó con silencio y se quedó con el pensamiento… aunque ya no era suyo.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Las ideas
17.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, ideas, reflexión
Plutócratas
16.1.26
Etiquetas: alegrar, análisis, comentario, reflexión
Las nubes
15.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, nube, reflexión
El ajedrecista
14.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, escribir, reflexión
El espejo
13.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, equivocarse, reflexión
Lanzamiento
12.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, ideas, reflexión
Sobre gustos
11.1.26
—¿A ti te gusta gustar?
—A mí mejor que me degusten.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Nuevos mecanismos
9.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, espera, reflexión
Vigilancia gramatical
8.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, gramática, reflexión
Irretornables
6.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, irrepetible, reflexión
Restos
5.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, palabra, reflexión
Desencuentros
4.1.26
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Globos
3.1.26
Destinatarios
2.1.26
Etiquetas: análisis, comentario, escribir, reflexión
Subrayados
1.1.26
Etiquetas: amor, análisis, comentario, reflexión
Tránsito
31.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión, tiempo
Duda
30.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, duda, reflexión
Anhelos
29.12.25
Etiquetas: análisis, anhelo, comentario, reflexión
Vendedor
28.12.25
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Limpieza bucal
27.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, dentista, reflexión
Lectores vitales
26.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, leer, reflexión
Desprejuiciados
25.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, desaliento, ideas, reflexión
Autoinjusticia
24.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, injusticia, reflexión
Propiedad temporal
23.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, mundo, reflexión
Confesiones de un cyborescritor
22.12.25
Etiquetas: análisis, ciborescritor, comentario, reflexión
Hipnosis
21.12.25
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Abrazos
20.12.25
Etiquetas: abrazo, análisis, comentario, reflexión
Autoindulto
19.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, razón, reflexión
La emoción de vivir
18.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, generación, reflexión
Momentaneidades
17.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, existencia, reflexión
Autoría
16.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, escritura, IA, reflexión
Caja de cartón
15.12.25
Tratamos de aplazar lo inaplazable para prorrogar lo definitivo. Al ser humano le cuesta tanto entender el cubicaje de la friabilidad de su naturaleza.
Tinieblas
14.12.25
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
Páginas en blanco
13.12.25
Etiquetas: análisis, comentario, libro, reflexión, vida
Posibles
12.12.25
Etiquetas: amar, análisis, comentario, reflexión, vivir
En estado de espera
11.12.25
Hay despedidas que no clausuran nada, tan solo ensanchan el silencio. Recordar a quien se fue es un modo de sostenerlo un instante más, de rescatar su voz del vacío y devolverla a la conversación que el tiempo interrumpió. La memoria actúa como un escenario provisional donde seguimos hablando con los que ya no pueden responder.
La música y la poesía permiten esa resurrección mínima. No salvan el mundo, quizá nunca lo pretendieron, pero lo alivian porque afinan una grieta y ponen luz donde solo había ruido. Cuando alguien transforma un poema en canción, o una canción en refugio, ocurre un pacto secreto, que lo vivido deja de ser pasado y empieza a ser compañía.
Tal vez toda ausencia sea solo eso, un standby, una espera sin reloj en la que seguimos escuchando lo que ya no está, porque a veces basta un eco para sostener la vida mientras el mundo gira.