Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

Lo necesario

28.1.26


La gente necesita pan, cariño y metáforas para afrontar la vida. El pan sostiene el cuerpo; el cariño, la fragilidad cotidiana; las metáforas, aquello que no sabemos nombrar de otro modo. Sin ellas, la realidad se vuelve áspera y literal, demasiado dura para ser habitada sin daño. No son los grandes gestos los que mantienen el mundo en pie, sino los actos mínimos: quien comparte el pan, quien ofrece afecto sin pedirlo, quien dice una palabra que ilumina lo oscuro. Como escribió Jorge Luis Borges, «esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».



Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.


Tardo

21.1.26


Pienso que siempre me retraso para adelantarme al futuro. Llego tarde a lo inmediato, a lo que urge y reclama prisa, pero quizá por eso mismo alcanzo a ver un poco más allá. Mientras otros corren, yo demoro el paso y observo. El retraso no siempre es torpeza, a veces es también resistencia. No todo avance se mide en velocidad. Hay quienes llegan antes porque no se detuvieron a pensar, porque confundieron llegar pronto con llegar bien. Tal vez el futuro no se alcanza corriendo, sino demorándose en comprender.


Marca

20.1.26


Existe un tiempo en que el mundo parece hecho a nuestra medida. Todo encaja, todo responde, como si la realidad hubiese sido pensada para sostenernos. Es un instante breve, casi un espejismo, pero suficiente para hacernos creer que habitamos el centro. Pronto comprendemos que esa armonía era prestada. Lo efímero y lo ilusorio no son defectos del mundo, sino rasgos de nuestra condición. Así se dibuja la ontología humana, creer por un momento que todo nos pertenece y aprender después que nada nos es correspondido. La vida no se ajusta a nosotros sino que somos nosotros quienes pasamos por ella.


Las ideas

17.1.26


La mayor ideología es pensar una idea. Antes de cualquier sistema, partido o doctrina, hay un gesto más profundo como es el de creer que un pensamiento puede ordenar la realidad. En ese acto mínimo ya se ha trazado una frontera entre lo que importa y lo que debe quedar fuera. Una idea no es inocente. Selecciona, excluye, jerarquiza. Incluso la más libre termina por convertirse en un filtro desde el que miramos el mundo. Pensar es empezar a tomar partido, aunque no lo sepamos. No vivimos dentro de ideologías, lo hacemos dentro de ideas que se creen imparciales.


Plutócratas

16.1.26


La dicha nace de cuidar lo que es, no de lamentar lo que falta. Por eso debemos alegrarnos por aquello que poseemos y no entristecernos por lo que deseamos. La gratitud es una forma más sabia de riqueza que el deseo.



Las nubes

15.1.26


¿Has visto las nubes? No tienen otra preocupación que desleírse en el azul del cielo. No guardan forma ni memoria. Nacen, se transforman y se dejan ir. No se aferran a lo que fueron hace un instante. Nosotros, en cambio, acumulamos inquietudes como quien amontona nudos. No sabemos disolvernos en el presente o preferimos cargar con lo que ya pasó o con lo que aún no existe. La mente se vuelve un cielo saturado donde nada termina de pasar. Las nubes son libres porque saben desaparecer. Nosotros seguimos presos de lo que no soltamos.

El ajedrecista

14.1.26


El escritor es un ajedrecista de las palabras. Cada obra es una partida en soledad contra lo imaginado, contra los fantasmas que lo habitan y las derrotas que lo esperan. No escribe para vencer, sino para sostener el juego. Mover una palabra es arriesgar una vida mínima, perder una frase es aprender una forma nueva de avanzar. La estrategia no busca dar jaque mate, es el juego que enamora y es el baile de las piezas.


El espejo

13.1.26


El verdadero riesgo no es equivocarse sobre el otro sino no llegar nunca a verlo. Atrapados en el espejo del ensimismamiento, miramos en los demás aquello que nos representa. No nos acercamos al otro para conocerlo, sino para confirmarnos. Buscamos en sus gestos, en sus palabras, en sus errores y virtudes, una versión de nosotros mismos que nos resulte soportable. Así, el otro deja de ser presencia y se vuelve superficie, igual a una pantalla donde proyectamos deseos, miedos y viejas narraciones del yo, y la relación se convierte en reflejo y no en encuentro.


Lanzamiento

12.1.26


En la botadura de un barco se rompe una botella contra el casco para invocar fortuna. El gesto no garantiza el viaje, pero inaugura la esperanza. Algo parecido ocurre con el pensamiento que cada día arrojo una idea al mar y pronuncio sobre ella un conjuro mínimo, como si bastara nombrarla para salvarla del hundimiento. Pensar es lanzar. No sabemos si habrá puerto ni si la marea será piadosa. Las ideas más felices, a menudo, naufragan sin testigos y las otras flotan a la deriva, tercas, incompletas. El fracaso no desmiente el rito, tan solo lo justifica. Escribir no asegura llegada, solo concede salida.


Nuevos mecanismos

9.1.26


Antes, entre una carta y su respuesta, existía un vacío fértil. La demora no era un fallo del sistema, sino una condición del vínculo porque permitía pensar, imaginar y sostener una esperanza sin urgencia ya que el tiempo mediaba. Hoy, en cambio, la comunicación instantánea ha activado un mecanismo nuevo en el ser humano como es la expectativa de respuesta inmediata. No contestar al instante ya no se vive como demora, sino como fallo. Reaccionamos con inquietud o enfado, como si el silencio fuera una agresión. Es un reflejo que antes no estaba y que hemos aprendido. La técnica ha reprogramado nuestra paciencia y ha convertido la espera en sospecha. Al desaparecer el intervalo, el afecto queda sometido a la velocidad. La prisa no nos hace más cercanos, sino más anhelantes. Debemos recordar que esperar es un acto de resistencia.


Vigilancia gramatical

8.1.26


Los signos de puntuación son los policías gramaticales del lenguaje. Ordenan el tráfico de las palabras, imponen pausas, levantan barreras invisibles para que el sentido no se desborde. Sin ellos, el discurso se convierte en una multitud sin semáforos donde predomina el ruido, los choques y la confusión. La coma modera, el punto detiene, los dos puntos anuncian. El punto y coma duda entre continuar o terminar, como quien no sabe si dejar pasar o pedir documentación. Pero también hay una rebeldía silenciosa en el lenguaje y es cuando una frase se salta el control, cuando quien escribe decide correr sin permiso y dejar que el sentido huya sin papeles. Quizá la puntuación no esté para vigilar, sino para recordarnos que incluso el pensamiento necesita respirar, porque escribir no es obedecer reglas, sino saber cuándo romperlas sin perder el rumbo.


Irretornables

6.1.26


Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.


Restos

5.1.26


Ya náufragos de la vida, aprendemos a recoger los restos de nuestros naufragios. No lo hacemos con urgencia, sino con una calma tardía, casi agradecida. Son fragmentos, gestos, palabras, instantes que sobrevivieron al hundimiento. Hay momentos, como estos, en los que la mirada del corazón se inclina hacia lo vivido con una dulzura inesperada. No es nostalgia, solo reconocimiento, al entender que no todo se perdió y que algo quedó flotando para sostenernos. Quizá vivir consista en eso, rescatar, tras cada tormenta, aquello que aún puede ser amado.


Destinatarios

2.1.26


Últimamente escucho decir con insistencia eso de «escribo para mí mismo», como si el yo bastara para justificar la palabra. Yo no sé para quién escribo. No lo he sabido nunca. Escribo y, mientras lo hago, el destinatario se disuelve, desaparece, deja de importar. Escribir no siempre es un acto de intimidad, porque a veces lo es de una necesidad sin rostro, una forma de ordenar el ruido, de dejar constancia de que algo pensó, sintió o dudó antes de borrarse. El texto no busca dueño, tan solo se ofrece y, por eso, quizá escribir para uno mismo sea la coartada más cómoda, ya que escribir, sin más, es un riesgo mayor. La palabra que merece ser escrita no pregunta quién la leerá.


Subrayados

1.1.26


El amor no nos borra, nos subraya. No elimina lo que somos ni corrige nuestros márgenes, los vuelve visibles. Y por eso amar no es desaparecer en el otro, sino quedar más expuestos, con las líneas propias marcadas en tinta más oscura. Así quien ama no se diluye, se lee mejor. El amor actúa como un gesto atento sobre el texto de la vida para señalar lo esencial, insistir en lo que importa, dejar huella allí donde antes pasábamos de largo y subrayar las faltas, las incoherencias, los temblores. No todo subrayado embellece, pero sí nos revela dejándonos escritos con mayor claridad.


Tránsito

31.12.25


Decimos que el tiempo pasa, pero quizá sea al revés. El tiempo permanece, inmóvil y ajeno, como un fondo fijo sobre el que nos desplazamos. Lo que cambia es el espacio que atravesamos, los lugares, los cuerpos, las edades, los nombres, porque nosotros somos el movimiento. Por eso la vida no avanza en minutos sino en trayectos. No envejecemos por el paso del tiempo sino por el camino recorrido y, así, cada paso nos aleja de lo que fuimos y nos aproxima a algo que todavía no sabemos ni nombrar. Tal vez por eso sentimos vértigo, no porque el tiempo corra sino porque no sabemos dónde nos dejará el viaje. No es el tiempo quien pasa, somos nosotros quienes nos movemos en su vientre.