Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

Mundo ofuscado

18.2.26


El mundo ahora es confuso. Antes también lo era, pero parecía nítido. No porque fuese más claro, sino porque teníamos menos pantallas para mirarlo y menos ruido para llamarlo verdad. La confusión actual no nace solo de lo que pasa, sino de cómo nos llega a ráfagas, en titulares, con alarmas. Vivimos rodeados de explicaciones instantáneas que se contradicen con la misma seguridad. Y así el mundo no se vuelve más complejo, en todo caso se vuelve más opaco, como un cristal manchado de prisas. Antes la niebla también estaba, pero la distancia la disfrazaba de horizonte. Había menos datos y más relato; menos versiones y más costumbre. Lo nítido era, muchas veces, una forma de ignorancia amable. No es que el mundo se haya roto, es que lo vemos demasiado y lo entendemos menos.


Palabras de paz

16.2.26



Se nos ha ido metiendo el belicismo por la rendija de la lengua. Entra sin botas, sin estruendo y llega como muletilla, como chiste, como frase hecha, y se queda a vivir en la conversación y en los párrafos. Decimos que hay que estar al pie del cañón, y la responsabilidad se nos vuelve artillería. Decimos que alguien está en el punto de mira, y la discrepancia adopta forma de mira telescópica. Incluso cuando queremos arreglar el daño decimos hacer las paces, como si la paz fuera un acuerdo firmado al final de una batalla, y no un modo de estar antes de que empiece. Lo inquietante no es la metáfora —la metáfora es una herramienta antigua y hermosa—, sino la costumbre de elegir siempre el mismo glosario. Llamamos lucha la vida, trinchera a la dignidad, disparos a las críticas y ‘estrategia’ a la convivencia. Y sin darnos cuenta, el mundo queda escrito como un campo de maniobras donde todo se conquista, todo se defiende, todo se impone. La lengua, que debería ser casa, acaba siendo cuartel. Y a fuerza de nombrar así terminamos estando tensos y en alerta, como si la calle fuera un frente y el otro el enemigo. Desconfío de esa épica de bolsillo, no porque ignore el dolor real —hay guerras fuera de las frases—, sino porque el lenguaje bélico tiene un vicio y es que necesita adversarios. Donde hay blancos hay puntería, donde objetivos daño colateral, donde victorias derrotados. Y no todo en la vida admite vencedores porque a veces basta con un gesto, un perdona, un gracias o un te escucho. A veces el coraje no es estar al pie del cañón, sino bajar el arma de la boca. Me planteo, entonces, otro vocabulario menos brillante quizá pero más respirable. En lugar de estar en guerra con el mundo estar al lado, en vez de poner a nadie en el punto de mira ponerlo en el centro de la escucha, y no hacer las paces como quien firma la rendición sino como quien riega una planta, diariamente, sin espectáculo, con paciencia. Cambiar ataques por preguntas, defensas por explicaciones, estrategias por cuidados y sustituir el fragor por el tacto, porque la paz también es una palabra y las palabras, si se repiten, educan y por ello, que la lengua no nos entrene para disparar, que nos ejercite para convivir, porque el mundo no se salva a cañonazos sino en voz baja y con las manos abiertas. La paz empieza cuando dejamos de hablar como si fuéramos a ganar.


Reescritura

13.2.26


Cito a Michel Foucault: «No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo». La frase incomoda porque desarma la cortesía con la que solemos fijarnos en el nombre, el oficio, la etiqueta. Una biografía rápida para que el otro nos archive y nos maneje sin sobresaltos. Preguntar quién eres a veces suena a interés, pero también puede ser un modo suave de exigir estabilidad para que no cambies y así no me obligas a actualizarme. Hay identidades que funcionan como un contrato cuando firmas una versión de ti y, desde entonces, te piden cumplirla. Si te sales del guion parece traición. Si evolucionas parece inconsistencia. Y, sin embargo, la vida rara vez premia la inmovilidad sino que más bien premia a quienes nos prefieren previsibles. El mundo adora lo repetible porque le facilita el juicio, el chiste y el castigo. Por eso me defiendo de esa pregunta cuando pretende clausurarme. No porque niegue lo que he sido, sino porque me niego a obedecerlo como destino. Cada experiencia añade una nota al margen, cada dolor corrige una frase y cada encuentro reordena un párrafo. Ser el mismo todo el tiempo sería, en el fondo, renunciar a aprender. Y más que una firma soy una reescritura.

 

Dos órdenes

12.2.26


«El orden del egoísmo genera una atmósfera de desconfianza y suspicacia. El orden de la igualdad inspira confianza y solidaridad», escribe Zygmunt Bauman. Dos climas morales, dos respiraciones sociales. En el primero, cada gesto se interpreta como amenaza, en el segundo, como posibilidad de cuidado. El orden del egoísmo suele ir apadrinado por las estructuras de poder y premia la competencia, normaliza la sospecha, convierte al otro en obstáculo o instrumento. Tiene una eficacia fría ya que funciona incluso cuando nos daña, porque se alimenta de miedo y de necesidad. El orden de la igualdad, en cambio, nace del anhelo del altruismo y no es ingenuidad, sino una apuesta por lo común. No elimina el conflicto, pero lo civiliza, tampoco suprime el interés, pero lo encuadra en límites compartidos. Un orden se sostiene por la desconfianza, el otro por la dignidad del nosotros.


Atestación

10.2.26


Si el mundo es como es, es porque sobre él pesan todos los conocimientos y todos los avances como la ciencia acumulada, la técnica o las conquistas de la razón. Pero pesan también, con igual terquedad, todas las necedades. La historia no progresa por sustitución, sino por superposición. Nada se borra del todo: lo nuevo se edifica sobre lo anterior y arrastra sus residuos. Por eso convivimos con logros prodigiosos y con torpezas primitivas, con lucidez y con superstición, con precisión y con ruido. El mundo no es solo lo que sabemos, es también lo que seguimos sin aprender.


Basurales

9.2.26


En la órbita terrestre gira una basura que no huele, pero amenaza con decenas de miles de objetos rastreados, con fragmentos que viajan tan rápido que un choque mínimo puede volverse catástrofe. La contaminación de arriba tiene nombre de presagio porque cuanto más se fragmenta, más probable es que se divida de nuevo. Abajo, en la Tierra, en cambio, los vertederos crecen con una paciencia monstruosa. El planeta genera millones de toneladas de residuos sólidos a diario. Pero existe otra basura —más insidiosa— propia del mundo actual y es la que se vierte en las redes. No ocupa espacio físico y, sin embargo, lo obstruye todo: la atención, la conversación, el criterio. Es un residuo de frases sin lectura, certezas sin prueba, indignaciones de usar y tirar. Y como todo vertedero, termina filtrándose, contaminando el conocimiento y empobreciendo el pensamiento crítico, poque si hay basuras que arruinan el paisaje, esta está arruinando la mente.


Despilfarro

7.2.26


Cuando todo está al alcance de la mano, el gesto de cuidar se vuelve innecesario y el de desperdiciar, automático. Acumulamos por si acaso, usamos sin mirar, tiramos sin culpa. La abundancia convierte los recursos en un paisaje de fondo y ahí aparecen inagotables y no exigen gratitud. Pero nada que se da por eterno lo es. Lo que sobra hoy es la escasez de mañana y el despilfarro es la forma que adopta la abundancia cuando ha olvidado el límite y por ello en la abundancia nos anestesiamos.


Patología temporal

6.2.26


Somos enfermos terminales del tiempo presente.



Cara B

5.2.26


¿Qué parte del progreso humano no tiene cara A y cara B? Como aquellos vinilos de 45 rpm donde por un lado sonaba la canción que queríamos repetir, mientras por el otro estaba ese otro tema que nada nos gustaba. Y con el progreso hacemos lo mismo ya que celebramos la melodía de lo nuevo y dejamos para después el ruido —inevitable, diferido— de sus consecuencias. Volvemos el disco solo cuando ya no nos queda otro remedio. Cada avance trae su entusiasmo y su factura. La velocidad promete libertad y nos roba paciencia; la comodidad alivia y adormece; la conexión acerca y dispersa. La cara A es luminosa y publicitaria: cura, acelera, conecta, simplifica. La cara B llega después, sin estribillo: dependencia, prisa, residuo, desigualdad, ruido. Nadie la pone en la radio, pero acaba sonando en la vida diaria. No hay progreso sin reverso. El problema no es que exista una cara B, sino creer que el progreso puede evitarla.


Pestañeo

2.2.26


En un texto védico no revelado se dice que con cada parpadeo pasamos una página del libro de la memoria. No leemos, más bien somos leídos por el tiempo. Cada instante cae sin ruido y se archiva en un lugar al que rara vez regresamos conscientes de su pérdida. Por eso la fenomenología poética no explica el mundo, tan solo lo atiende. Observa cómo la experiencia se disuelve mientras sucede, cómo la conciencia se ensancha cuando acepta que nada permanece idéntico tras ser mirado. Ver es ya perder un poco y por ello vivimos pasando páginas sin saber el título del libro. Parpadear es recordar que estamos leyendo al revés.


De frente

30.1.26


A las cosas nuevas hay que enfrentarse con curiosidad y amor al conocimiento. No desde el prejuicio ni desde el miedo, sino desde la disposición a aprender. Así ocurre también con la inteligencia artificial que no conviene abordarla con complejos ni con alarmas heredadas. Toda novedad incomoda porque obliga a pensar de nuevo. Pero rechazar lo que no entendemos no nos protege sino que nos empobrece. La pregunta es siempre más fértil que la negación. Más que temer, al futuro hay que estudiarlo.


Lo necesario

28.1.26


La gente necesita pan, cariño y metáforas para afrontar la vida. El pan sostiene el cuerpo; el cariño, la fragilidad cotidiana; las metáforas, aquello que no sabemos nombrar de otro modo. Sin ellas, la realidad se vuelve áspera y literal, demasiado dura para ser habitada sin daño. No son los grandes gestos los que mantienen el mundo en pie, sino los actos mínimos: quien comparte el pan, quien ofrece afecto sin pedirlo, quien dice una palabra que ilumina lo oscuro. Como escribió Jorge Luis Borges, «esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».



Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.


Tardo

21.1.26


Pienso que siempre me retraso para adelantarme al futuro. Llego tarde a lo inmediato, a lo que urge y reclama prisa, pero quizá por eso mismo alcanzo a ver un poco más allá. Mientras otros corren, yo demoro el paso y observo. El retraso no siempre es torpeza, a veces es también resistencia. No todo avance se mide en velocidad. Hay quienes llegan antes porque no se detuvieron a pensar, porque confundieron llegar pronto con llegar bien. Tal vez el futuro no se alcanza corriendo, sino demorándose en comprender.


Marca

20.1.26


Existe un tiempo en que el mundo parece hecho a nuestra medida. Todo encaja, todo responde, como si la realidad hubiese sido pensada para sostenernos. Es un instante breve, casi un espejismo, pero suficiente para hacernos creer que habitamos el centro. Pronto comprendemos que esa armonía era prestada. Lo efímero y lo ilusorio no son defectos del mundo, sino rasgos de nuestra condición. Así se dibuja la ontología humana, creer por un momento que todo nos pertenece y aprender después que nada nos es correspondido. La vida no se ajusta a nosotros sino que somos nosotros quienes pasamos por ella.


Las ideas

17.1.26


La mayor ideología es pensar una idea. Antes de cualquier sistema, partido o doctrina, hay un gesto más profundo como es el de creer que un pensamiento puede ordenar la realidad. En ese acto mínimo ya se ha trazado una frontera entre lo que importa y lo que debe quedar fuera. Una idea no es inocente. Selecciona, excluye, jerarquiza. Incluso la más libre termina por convertirse en un filtro desde el que miramos el mundo. Pensar es empezar a tomar partido, aunque no lo sepamos. No vivimos dentro de ideologías, lo hacemos dentro de ideas que se creen imparciales.


Plutócratas

16.1.26


La dicha nace de cuidar lo que es, no de lamentar lo que falta. Por eso debemos alegrarnos por aquello que poseemos y no entristecernos por lo que deseamos. La gratitud es una forma más sabia de riqueza que el deseo.