El aire que nos habita

26.2.26


Respirar: llenarte del aire de los días como quien vuelve a habitar. Volver a sonreír a pesar de los pesares, no por negar el golpe, sino por no entregarle la casa. Reconocerte en el gesto sencillo de una caricia, en la alegría sin explicación, en esa luz breve que se enciende cuando alguien te mira con ternura. Palparte en tu sentir: comprobar que aún duele, que aún late, que aún te importa porque estar vivo no es solo seguir, es sentir. Sentir incluso cuando cansa. Sentir incluso cuando asusta. Saber que la vida no siempre tiene brillo pero siempre tiene aire. Y entonces, sin épica, sin ruido, ocurre lo esencial, que es saberse vivo, no porque todo vaya bien, sino porque todavía eres capaz de agradecer un segundo, de nombrar un afecto, de cuidar un instante como si fuera la única moneda real. Vivir es respirar y, aun así, elegir la alegría.


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