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La paradoja numérica

8.2.26


Un hindú sentado en una piedra frente a un riachuelo pensó en el número cero y enloqueció. No fue un arrebato repentino, sino una comprensión lenta, como el agua que insiste. Al principio creyó haber encontrado el origen de todo, una cifra que no suma ni resta, pero permite que las demás existan.

Luego entendió que el cero no era un número, sino una frontera que al colocarse delante de cualquier cosa la multiplicaba, y al quedarse solo la anulaba y pensó entonces en sí mismo, en su nombre, en su vida, y se preguntó dónde se colocaba él respecto a ese vacío perfecto.

Cuando comprendió que bastaba un cero a la derecha para convertirlo en algo, y uno a la izquierda para devolverlo a la nada, dejó de pensar o quizá fue el pensamiento el que, por fin, se quedó sin él.


La novela de su vida

1.2.26

Siempre me ha fascinado el tipo de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.

Comenzó La vida posible una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’ al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así, claro.

Al principio, Ángel escribía a ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.

El manuscrito creció despacio, pero creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia impecable de los parásitos educados.

A veces, al releer su historia, tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado, Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien lo guía hacia su narrador».

Una mañana, Ángel encontró un capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.

«Coincidencia», pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma discreta de amenaza.

Aquí debería decirse algo importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta, buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo lo natural entonces que fue intentar corregir.

Desde aquel día escribió con cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y que, simplemente, te sigue.

Y aquí ocurre lo que siempre ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes. Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al margen.

En otro libro inexistente, el Tratado breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó esa frase con violencia.

Dejó de dormir con descanso y se acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron los años, y los años, cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio, más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz donde alguien seguía despierto.

Esa noche soñó que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos, lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas. Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo. Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió, con una claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.



El lazarillo

25.1.26


La ceguera le llegó al escritor sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes. Para no dejar su historia a medias buscó un lazarillo que le prestara los ojos y la paciencia. Al principio tropezaban pero con el tiempo aprendieron a caminar al mismo paso. El escritor seguía narrando y el lazarillo escribía, pero a veces añadía una palabra que no estaba dictada, una frase que parecía suya. El escritor no protestaba: también sus personajes empezaban a desviarse. Así fueron creciendo dos historias. En una, un hombre perdía la vista y encontraba compañía. En la otra, un muchacho descubría que escribir era otra forma de mirar. Y como vivían juntos, las palabras se mezclaban y los personajes cruzaban de un cuento a otro sin pedir permiso. Cuando el libro terminó, ninguno supo decir quién lo había escrito del todo ni quien sabría leerlo.


Al detal

18.1.26


—Te compro ese pensamiento. ¿Cuánto vale?
—¿Te gusta? No tiene precio.
—Sí, me gusta cuando piensas en mí.
Pagó con silencio y se quedó con el pensamiento… aunque ya no era suyo.



Sobre gustos

11.1.26


—¿A ti te gusta gustar?

—A mí mejor que me degusten.



Desencuentros

4.1.26


Vivimos en la misma ciudad, pero no en el mismo planeta, por eso no coincidimos ni siquiera en este ahora. La verdad es que tampoco lo hicimos cuando aún éramos la misma persona.


Vendedor

28.12.25


Abrió un puesto de golosinas. Vendía narcisismo, autocompasión y vanidad. Si has sonreído al leerlo es porque compraste allí.


Hipnosis

21.12.25


Me dijo «relájate y deja la mente en blanco. No pienses en nada». Y un gramo de nada ocupó mi mente. Pesaba lo justo para hundirse. Primero desplazó un recuerdo, luego una duda, y al final toda la conciencia quedó comprimida en un rincón de mí mismo. El hipnotizador sonrió porque la dosis había sido exacta. Desde entonces pienso menos, pero cada vez que intento recordar quién era, noto cómo la nada sigue creciendo, lenta y metódica, como una sustancia con voluntad propia.


Tinieblas

14.12.25


«Para qué quiero la luz. Me sé la casa de memoria». Me dijo antes de desaparecer en la oscuridad. Lo escuché avanzar con la seguridad de quien camina por un mapa íntimo, pero pronto el silencio se volvió tan denso que ya no pude distinguir si seguía allí o si la negrura se lo había tragado entero. Lo llamé por su nombre y la oscuridad respondió con un eco extraño, como si repitiera mis palabras desde un lugar que no pertenecía a la casa sino a algo más profundo, un sótano sin paredes ni suelo donde solo cabía la certeza de que, al apagar la luz, uno también apaga una parte de sí mismo.


Kamikaze

7.12.25


Tropezó mil veces sobre la misma piedra, pero no era un error. Quería suicidarse. La piedra estaba en el umbral, una losa suelta que él mismo había puesto. Durante años, cada mañana, el mismo golpe exacto. Las rodillas primero sangraron, luego se hicieron de cuero. La piedra se fue puliendo: los bordes se redondearon, la superficie se volvió lisa. Al final, la piedra se desgastó más que sus rodillas. Y aún seguía tropezando.


Ejemplar único

30.11.25


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no ya que el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos, que quizá no hay ejemplares sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece sino que simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


Metido en el charco

23.11.25


Hay un charco en la noche que, en sus bordes, refleja la luz de la luna. Su silueta asemeja el bocadillo de un tebeo con la superficie oscura. Qué escribir dentro: la noche misma, el pensamiento del día que se va o el sueño que espera. La larga meditación del cuento que es la vida. Al final me doy cuenta que dentro de ese negro espacio estoy yo. Y entonces el charco trepida, no por ningún viento ni por mis pasos sino porque la figura que veo allí no coincide del todo conmigo. Me observo desde abajo, como si fuese una versión más sincera y menos contenida de mi propia sombra. Esa otra presencia me mira, paciente, esperando que descifre el mensaje que no sé formular. Me acerco más y más, hasta que el reflejo extiende un gesto que no recuerdo haber hecho jamás, hasta hacerme comprender que no es mi imagen lo que se oculta en ese fondo oscuro, sino mi futuro, una historia aún sin escribir que me mira desde el agua y aguarda a que decida qué poner en su bocadillo de tinta.


El espectador

16.11.25


Me contó que su gran sueño, su única ilusión, era participar como público en un programa de televisión. Ser un obediente espectador que aplaude y se ríe cuando lo indica el regidor. Sería el súmmum de su existencia extasiarse ante presentadores y famosos. Sería feliz siendo público de televisión.

Y un día lo consiguió. Lo vi en la pantalla, en la segunda fila, sonriendo con devoción y aplaudiendo con fervor cada vez que la luz roja se encendía. Desde entonces no ha vuelto a salir de allí: cambia de programa, de canal, de época, pero siempre está sentado, mirando hacia un escenario que no termina nunca.

Dicen que, si haces zapping con atención, todavía se le puede ver, feliz, esperando la próxima orden del regidor.


Invasiones

9.11.25



Durante muchos siglos la Gran Muralla China aguantó innumerables arremetidas mongolas pero con el paso del tiempo no ha podido contener las incursiones bárbaras de los turistas. Ahora llegan en oleadas, armados con cámaras, teléfonos y palos de selfi. No buscan conquistar territorios, sino encuadres. Allí donde antes resonaban ecos de guerra, hoy se escuchan clics y risas en todos los idiomas. Media guardia ha desertado y el resto de guardianes ha dejado de vigilar el horizonte y se dedica a controlar el acceso del wifi.


El charco

2.11.25


El niño chapotea con sus botas de agua en un charco formado por la lluvia. Aparentemente sin ningún peligro da saltos de alegría, hasta que en un momento el charco se hace profundo y el chaval se sumerge en él. Después la superficie del agua como un espejo queda aquietada y refleja un cielo. Nadie lo vio desaparecer, pero a veces, cuando llueve, se oye una risa lejana que brota desde los charcos, como si el niño siguiera saltando al otro lado del mundo.


Llegadas

26.10.25


La mujer que viene a verme todos los atardeceres no tiene nombre o quizás lo tenga pero es impronunciable. Es muy atenta conmigo y me habla de cosas imposibles, no porque no puedan ocurrir sino porque cuando pasan todo se detiene y no puedes respirar y se va la luz.

A veces entra sin hacer ruido, como si atravesara las paredes. Se sienta a mi lado y me toma la mano. Sus dedos están fríos, pero no me incomoda. Dice que el tiempo no es una línea, sino una cuerda que se puede tensar o soltar, y que a veces ella viene de un nudo de esa cuerda. No sé si entiendo lo que dice, pero su voz me calma, como si me hablara desde dentro de mi propio sueño.

Le pregunto si volverá mañana. Sonríe sin mover los labios. Luego, todo se apaga. Cuando despierto, la habitación huele a frangipani y hay una silla vacía junto a mi cama.


Un sueño recurrente

19.10.25


Acudía siempre a ella la misma pesadilla. Algún episodio de su vida ya superado, pero que resultó estresante, volvía a aparecer y ella estaba atrapada en mitad de aquel escenario, angustiada porque no podía estar volviendo a suceder.

Laura Méndez, era una profesora cuarentona de Lengua y Literatura que trabajaba en un instituto público y compartía su vida con Iván, un músico que solía componer de madrugada. Aquellas noches en que los acordes del piano la despertaban, Laura se quedaba inmóvil, intentando distinguir si lo que la había sobresaltado era el sonido del instrumento o el eco del sueño.

El escenario onírico variaba poco. Un aula vacía, un examen olvidado, un amor juvenil que la miraba desde el pasado con reproche. Todo parecía un bucle sin salida, una repetición absurda de lo que creía enterrado. Sin embargo, cada mañana, al despertar, sentía que algo del sueño se había filtrado en la vigilia, como una mancha de tinta en las páginas de su presente. Iván decía que los sueños eran solo ruido del cerebro y ella sospechaba que eran mensajes del tiempo, recordatorios de lo que aún no se había perdonado.

Otra noche más, Laura volvió a soñar. El aula estaba vacía como siempre, pero sobre la pizarra alguien había escrito con tiza la palabra ‘Despierta’. Avanzó entre los pupitres, notando que el suelo se ondulaba como agua bajo sus pies. Afuera, por las ventanas, no se veía el patio del instituto, sino un paisaje que no conocía. Era un campo cubierto de partituras flotando al viento. Reconoció una melodía. Era la que Iván solía tocar en la habitación contigua. Se acercó a una de las hojas y la tomó entre las manos. Las notas comenzaron a brillar, y de pronto, el aula se transformó en una vasta laguna iluminada por lunas.

Laura se vio a sí misma en la superficie del agua, pero no era la mujer de ahora sino aquella niña que había sido, la que temía fallar, la que aún no sabía perdonarse. La pequeña le sonrió y susurró que aquello no estaba pasando, que era un recuerdo enquistado. Entonces todo se disolvió en una claridad sin bordes. Cuando despertó, Iván dormía a su lado y el piano mudo. En el silencio, Laura comprendió que la pesadilla había terminado: el sueño la había devuelto al origen para dejarla, por fin, en paz o no.


Primer amor

12.10.25


En un corro improvisado los quinceañeros se abrazan. Lloran en llanto solidario tratando de empatizar con el sentimiento de uno de ellos a quien abandonó su chica. El dolor del amigo es un drama en sus vidas. Por eso deciden ir a jugar al fútbol. La mancha de una mora con otra verde se quita.


La borrasca

5.10.25

 

Aquella mañana vio cómo por el ojo del huracán subían al cielo las vacas que pastaban junto al arrozal. Al atardecer comenzó a llover arroz con leche. Los niños corrían con cuencos en las manos, celebrando el milagro. Los mayores, en cambio, temblaban: sabían que cada prodigio lleva escondido un precio. Esa noche, mientras las estrellas parecían espolvoreadas de azúcar, alguien preguntó en voz baja qué pasaría cuando el cielo decidiera devolver las vacas.



La biblioteca anónima

28.9.25


De repente se borraron los nombres de todos los autores, pero ninguno de aquellos libros mermó en el placer de su lectura. Un maleficio había caído sobre la biblioteca, decían que un castigo por la vanidad de quienes los escribían y ambicionaban más el esplendor de su firma que la profundidad de sus palabras.

Las letras persistieron, las narrativas reposaron sin daño, pero la altanería fue tachada de cada portada sin dejar rastro. Desde entonces, leer allí era un acto inocente: nadie podía presumir de autoría, nadie podía reclamar méritos. Solo la voz ignota y desvestida, que hablaba al corazón de quien se enfrentaba a los textos, permanecía.

Cuentan que, todavía hoy, aquella maldición permanece y cualquier libro al entrar en ese edificio disipa de inmediato la autoría de su lomo. Es por ello que cada persona sale de allí con la sensación de haber conversado, por fin, con la literatura misma.