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Teorema del abrazo desprendido
21.9.26
Mi padre me acompañó hasta el autobús cuando me marchaba a estudiar a la universidad. Me abrazó antes de subir. En aquel abrazo cabían las dos cosas: sostenerme y dejarme ir. Hay recuerdos que esperan muchos años para terminar de suceder. Se quedan en nosotros como una claridad al fondo de una habitación. Creemos conocerlos: un autobús, una despedida, los brazos de nuestro padre. Hasta que un día la vida nos coloca al otro lado del abrazo y aquella escena vuelve con algo que entonces no pudimos sentir. Yo me marchaba. Eso ocupaba casi todo el espacio de mi alegría y de mi miedo. La universidad, una ciudad por conocer, la vida que empezaría al llegar. Llevaba conmigo esa impaciencia de quien todavía cuenta el tiempo por lo que le falta para salir. Mi padre me había acompañado hasta allí. Yo miraba hacia donde iba. Ahora me pregunto qué miraba él. Quizá procuraba retener mi cara. Quizá estaba pendiente de la maleta, del billete, de cualquier pequeña cosa que aún pudiera resolverme. El amor encuentra ocupación en esos detalles cuando se acerca el momento de soltar. Comprueba una cremallera. Pregunta si llevas dinero. Alisa con la mano una arruga del abrigo y se demora apenas, como si todavía hiciera falta. No sé qué pensaba mi padre. He tardado años en comprender que esa parte del recuerdo me estaba vedada. Yo conocía la marcha. Me faltaba conocer la despedida desde quien se queda. Ahora hago lo mismo. Acompaño a un hijo hasta el borde de su partida y reconozco en mis gestos una manera antigua. Mi padre vuelve en la posición de mis manos, en una pregunta que repito sin necesidad, en el esfuerzo por decir con naturalidad algo muy sencillo. Durante unos instantes soy él. Soy también aquel muchacho que se iba. Los dos tiempos se rozan dentro de mí. Y entiendo algo de ese desgajarse de los hijos del corazón de los padres. La palabra tiene una aspereza de rama viva. Parece que al pronunciarla se oye la fibra separándose. Algo cede en un lugar que había crecido unido durante años: los horarios, las voces de una casa, el ruido de una llave, la certeza de que al final del día estarán ahí. El cuerpo se acostumbra a cuidar una presencia. Luego necesita aprender la distancia. Los hijos se marchan a hacer el mundo. El suyo. El que les es propio. Necesitan calles que nosotros no les hayamos enseñado, personas que lleguen a quererlos sin conocernos, una ventana desde la que mirar una mañana cualquiera. Habrá días enteros de los que apenas sabremos algo. Una conversación, una pena, una alegría que encontrarán primero otros oídos. También en eso consiste su partida. Uno lo sabe y, sin embargo, al abrazarlos, siente el deseo fugaz de demorar el instante. Quedarse un poco en ese calor conocido. Todavía están aquí. Todavía podemos sentir bajo las manos la espalda de quien fue tan pequeño y ocupó, durante un tiempo, todo el espacio de nuestros brazos. Después aflojamos. Quizás sea ese el momento más difícil de aprender, la medida con que se abren las manos. Que el hijo pueda irse llevando el abrazo consigo, sin tener que librarse de él. Que encuentre en nuestra tristeza un amor que sabrá hacerse cargo de ella. Pienso en mi padre junto al autobús. En lo que tuvo que recoger dentro de sí cuando yo subí. En su camino de vuelta, del que nunca le pregunté. Yo tenía por delante el viaje; él regresaba a una casa donde mis cosas iban a seguir estando, aunque yo ya no estuviera. Ahora daría mucho por acompañarlo en aquel regreso. Tal vez lo acompaño así: abrazando a mi hijo, dejándolo partir, permaneciendo un momento en el lugar de la despedida. Tal vez hay una forma tardía de comprender a nuestros padres que pasa por repetir sus gestos y sentir, al fin, cuánto les costaban. Si existe un teorema del abrazo desprendido, lo voy entendiendo mientras se aleja quien abrazo. Tiene la forma de estas manos que caen despacio a los costados, todavía tibias. Y la de mi padre, que vuelve a mí justo cuando mi hijo se marcha a hacer su mundo.
Etiquetas: abrazo, análisis, comentario, hijo, padre
Abrazos
20.12.25
Hay abrazos que no abrigan: piden. No son gesto sino súplica contenida, un intento de sutura. Últimamente, cada cuerpo que se acerca trae consigo una fisura, como si abrazar fuera también sostener lo que está por romperse. Julio Cortázar decía que los encuentros verdaderos suceden a deshora. Tal vez por eso ahora los abrazos se sienten así, fuera de tiempo, pero en el momento exacto, porque ya no buscamos calor sino coincidencia. Y quien abraza bien no te envuelve, te recoge.
Etiquetas: abrazo, análisis, comentario, reflexión
El abrazo
28.11.25
La soledad es el único patrimonio que no se hereda ni se dona: cada quien nace con su celda. No es pena, sino condición. El error está en buscar quien la rompa; la sabiduría, en quien se siente en ella contigo.
El abrazo no disuelve la soledad, la nomina. Es el gesto que dice reconozco tu celda, y entro como huésped, no como carcelero. No comparte la pena, sino el terreno cuando dos aislamientos que se vuelven confín uno del otro.
Por eso el abrazo verdadero es silencio, no promesa. No dice ya no estarás solo sino estarás solo, pero conmigo. Reconciliarnos con la soledad ajena es el único amor que no miente porque no cura la condición, la atestigua. Y en ese testimonio, la soledad deja de ser presidio para ser relación.
Etiquetas: abrazo, análisis, comentario, reflexión, soledad
Estrujones
19.11.24
Somos seres solitarios ante la existencia pero el abrazo nos reconcilia con la soledad ajena.
Sin término medio
9.1.21
En este subibaja de abrazos y de besos que es la vida se está buena parte del tiempo descompensado. De niño, lo recuerdo, los brazos de mi padre y de mis tíos me elevaban al cielo para darme un abrazo.
Luego estaba mi abuela, pequeña pero grande, donde me refugiaba en su amparo y a la que no tardé en rodear su fuerte pequeñez. Y mi madre que con abrazos de madre me hacía crecer. Hubo abrazos igualados por el tiempo y después, rápidamente, desnivelados.
Al final, otra vez inclinarse, esta vez hacia abajo para besar a los hijos mientras van creciendo y quedan los abrazos, otra vez, desnivelados a la altura del futuro, sin que hubiera, para el cariño y la ternura, un término medio.
Abrazos virtuales
31.3.20
Una de las primeras tareas que me asignaré tras la pandemia será la de abrazar y estrechar con dilección a todas aquellas personas con las que intercambio afectos, conocidas o no. Quiero rodear sus vidas con emoción ante esta volátil existencia.
Etiquetas: abrazo, coronavirus, pandemia, reflexión
Últimamente abrazo
24.12.19
Últimamente, me dan ganas de abrazar a las personas conocidas, mirarlas a los ojos y decirles algo amable y sentido. A veces, me fundo en un abrazo cuando, por azar, vuelvo a ver a alguien después de mucho tiempo y por si, acaso, el destino no nos vuelve a cruzar en esta larga despedida.
Asidos
2.10.18
Camino urgente y apresurado por la calle. Inesperadamente me encuentro con ‘Antonini’. Al despedirnos nos damos un abrazo como si no nos fuéramos a ver más. En ese momento caigo que han pasado diez o quince años desde la última vez que hablé con él, algo que proyecta mi pensamiento a un futuro de similar o mayor distancia cronológica.
Igual me lo vuelvo a tropezar mañana o el domingo que viene, pero igual no. Y eso ha hecho que el abrazo sea profuso, único y sentido, como si fuera el último abrazo, como si fuera el más intenso, sincero y emotivo apretón que nunca nos hemos dado. ¿Acaso no nos despedimos, cada día y sin saberlo, de todo aquello que no vuelve?
Etiquetas: abrazo, historias, personajes
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