Vivificante
1.5.26
Alguien me dijo una vez: «Tú amas la vida». Y entendí que sí, que la amo, pero no de un modo ingenuo ni indiscriminado. No amo en ella lo que destruye, lo que envilece, lo que arruina por dentro. Amo, más bien, aquello que la justifica como los afectos, la cercanía, la mirada compartida, el abrazo, el beso, la palabra ofrecida sin cálculo, el tiempo entregado a quien amamos. Amar la vida no consiste en aceptarlo todo sino en reconocer aquello que la vuelve digna de ser vivida. No se ama la herida por sí misma sino la posibilidad de que todavía exista ternura frente a ella. No se ama el daño sino lo que resiste al daño y lo desmiente. Por eso, cuando digo que amo la vida, hablo de sus cosas más elementales y elevadas: una presencia, una caricia, una conversación verdadera, el don frágil de compartir el tiempo. Amar la vida es elegir, dentro de ella, aquello que merece ser salvado.
Etiquetas: amar, análisis, comentario, reflexión, vida
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