Aciertos

21.5.26


Un pesimista es un optimista que nunca se equivoca. Y si lo hace, hay tanto alivio en los demás que no es considerado su error.



Cámbium

20.5.26


Igual que a un árbol añoso le va creciendo la corteza alrededor del tronco, así también a mí se me van pegando las palabras en sucesivas capas hasta volverme viejo de ellas.



Descomposición

19.5.26


El mundo no se descompone solo por sus guerras, sus desigualdades o sus violencias visibles, también lo hace por la pérdida de la armonía. Cuando desaparece una medida interior de las cosas, cuando ya no hay proporción entre lo que sentimos, lo que deseamos y lo que vivimos, la realidad empieza a astillarse. Entonces todo sigue en pie, pero nada parece estar en su sitio. A esa fractura se añade otro mal de esta época como es la sobreabundancia de estímulos. La gente vive sumergida en un oleaje incesante de imágenes, consignas, noticias, miedos, deseos inducidos y distracciones. Ya no sabe bien qué atender, qué pensar, qué recordar ni qué olvidar. No vive, más bien reacciona. Y no elige porque es arrastrada. Y así, desorientada por exceso, confunde movimiento con sentido. Tal vez una parte del desastre contemporáeo consista precisamente en eso, en haber sustituido la armonía por la agitación.


Futilidad

18.5.26


Cuando uno advierte que cambiar las cosas para mejorarlas resulta difícil, o incluso imposible, comprende hasta qué punto esta sociedad padece un pensamiento inane.


La maldición de los números

17.5.26


Un hindú sentado en una piedra frente a un riachuelo pensó en el cero y enloqueció. No fue inmediato. Al principio, el cero le pareció una idea humilde, casi inocente, un símbolo para lo que no está, un hueco con nombre. Lo dibujó en la arena con un dedo, una circunferencia perfecta. Nada. Eso era pero al mirarlo más tiempo, el vacío empezó a crecer porque el cero no solo representaba la nada, la contenía. Era una puerta sin marco, una ausencia con forma. Y si podía escribirse, si podía nombrarse, entonces la nada también ocupaba lugar. El riachuelo seguía corriendo. Él no. Y pensó en los números que lo rodeaban: uno, dos, tres… todos apoyados en algo, todos contando algo. Pero el cero no contaba más bien deshacía, convirtiendo lo que tocaba en menos de lo que era. Y así lo imaginó multiplicándose. Cero por uno. Cero por mil. Cero por todo. Sintió vértigo porque si el cero podía tocarlo todo, entonces todo podía desaparecer sin moverse. Miró sus manos. Las abrió. Temió que entre los dedos no hubiera nada. Entonces comprendió el verdadero problema, el cero no representaba la nada sino que la nada, al ser pensada había empezado a existir.


Pausados

16.5.26


Necesitamos reivindicar la duda, porque solo quien duda se resiste a obedecer del todo. Y necesitamos reivindicar la pausa, porque solo quien se detiene evita ser arrastrado por la velocidad ajena. En una época que premia la reacción instantánea, la opinión precipitada y la ansiedad como forma de vida, dudar y parar empiezan a parecer actos de resistencia. Tal vez una de las urgencias más hondas de nuestro tiempo consista en crear espacios de insonorización, lugares interiores y exteriores donde el ruido del mundo no dicte por completo nuestra conciencia. No para huir de la realidad sino para no quedar absorbidos por su vorágine.


Terminales

15.5.26


Se ama más la vida cuanto mejor se comprenden sus límites efímeros, porque ese conocimiento nos concede la plenitud de vivir cada instante y una cierta serenidad a la hora de afrontar el final.


Desdoblamientos

14.5.26


A veces me pregunto por qué vivimos de un modo tan restrictivo, como si las cosas, los actos y las experiencias solo admitieran un sentido. Hay en esa inclinación una pobreza de la conciencia que no es otra que la necesidad de reducir el mundo a una lectura única, de clausurar demasiado pronto sus posibilidades, de someter lo real a una interpretación utilitaria y fija. Pero casi nada es solo lo que parece. Amar un texto es también, de algún modo, amar a quien lo escribió; escuchar una canción puede ser entrar otra vez en una edad perdida; contemplar una fotografía no equivale solo a mirar una imagen, sino a rozar una ausencia; volver a una casa, a un olor o a una voz significa a menudo penetrar en estratos superpuestos de tiempo, memoria y deseo. La experiencia no se agota en su superficie. Se desdobla. Lo que llamamos realidad quizá no sea una materia compacta, sino una red de proyecciones sucesivas. Cada acto verdadero abre una derivación, cada pensamiento desplaza lo visible hacia otra zona, cada emoción modifica el alcance de lo que creíamos percibir. La conciencia no recibe simplemente el mundo, también lo prolonga, lo repliega o lo multiplica y, por eso, nada es del todo literal cuando pasa por el interior de una vida. Y por ello, tal vez una de las tareas más altas del pensamiento consista en resistirse a la lectura única, en aceptar que vivir es también habitar esos desdoblamientos. No para confundir la realidad sino para reconocer que solo se vuelve honda cuando deja de ser plana, ya que la conciencia no refleja el mundo pero lo desdobla.


Frondosidad

13.5.26


Como los árboles de hojas, estamos llenos de ideas, solo hay que hacerlas florecer para que den fruto.



A todo volumen

12.5.26


Paso por una barriada de esas que la sociedad llama marginales, como si al nombrarlas ya hubiera decidido también su destino. Hay en sus calles un desorden visible, una forma de caos que incomoda a las conciencias educadas en la pulcritud, en la simetría, en esa higiene que suele confundirse con virtud. A primera vista, todo parece sobrante, irregular, fuera del marco de lo que los otros llaman normalidad. Pero entre todas las cosas que llaman la atención, una se impone sobre las demás: la música alta. Esa música que irrumpe en el aire sin pedir permiso, que ocupa el espacio con una insolencia casi festiva, como si todavía quedara algo invicto en medio de la precariedad. Y entonces pienso que, a fin de cuentas, ese placer no se lo puede quitar nadie a quien lo posee: escuchar música, dejarse tomar por ella, alzarla contra la tristeza del mundo. Tal vez cuando casi todo falta, el sonido se vuelve una forma de potencia. Una manera de decir aquí estamos, todavía vivos, todavía capaces de gozar, todavía dueños —aunque sea por unos minutos— de una alegría sin reglamento. La música no remedia la pobreza, pero desmiente por un instante su dominio. A veces, los derrotados defienden su última libertad llenando de música el aire que les queda.


Mundos nuevos

11.5.26


Bajo la mirada inocente de la infancia, el mundo se renombra.



Recortable

10.5.26


Xiuxiu, una delicada mujer china, exoneró a su amante: «te dije que no me quisieras. Mi corazón es de papel y en cada experiencia he recortado trozos que dejé en cualquier parte. Si hubiera de recomponerlo debería desandar el camino andado y volver a pegarlo. Una tarea inútil». Él no respondió. Miraba sus manos, como si buscara en ellas alguna forma de adhesivo.
—No hace falta recomponerlo —dijo al fin—. Solo… dibuja otro. Xiuxiu sonrió con una tristeza leve.
—No sé dibujar sin repetir. Entonces él salió.
Durante semanas recorrió los lugares donde ella había amado: una esquina con viento, una habitación sin cortinas, un banco donde alguien olvidó un nombre. En cada sitio recogió un fragmento invisible, algo apenas más ligero que el polvo. Cuando volvió, dejó sobre la mesa un puñado de nada.
—No es tu corazón —admitió—. Pero es el camino. Xiuxiu lo observó en silencio. Luego tomó las tijeras. Y, por primera vez, recortó sin perder nada.


Ridiculeces

9.5.26


Las ideas de escasa estatura son las que no alcanzan a ver la solidaridad o la empatía.


Colonización interior

8.5.26

Hubo un tiempo en que el poder se conformaba con vigilar los actos, corregir las conductas, castigar las desobediencias visibles. Hoy su ambición parece más honda y más inquietante: ya no le basta con ordenar lo que hacemos, sino que avanza hacia el territorio invisible donde se forman la duda, el deseo, el miedo y la decisión. El riesgo de nuestro tiempo no es solo la vigilancia exterior, sino la colonización de la vida interior.

Como en una silenciosa invasión, ciertas tecnologías ya no se limitan a registrar lo que somos, sino que aspiran a anticiparlo. Reúnen datos, trazan patrones, infieren afinidades, calculan temores y construyen perfiles capaces de predecir comportamientos. No se trata únicamente de saber qué hacemos, sino de acercarse cada vez más a lo que podríamos pensar, elegir o rechazar. El poder, de este modo, se vuelve menos visible para quien lo padece y más eficaz para quien lo ejerce.

La colonización interior no consiste en una irrupción literal en la conciencia, sino en algo más sutil: la ocupación progresiva del espacio psicológico por mecanismos que convierten la subjetividad en materia de cálculo, administración y control. Allí donde debería nacer una libertad irreductible, se instala una lógica preventiva que condiciona decisiones, estrecha márgenes de acción y favorece la autocensura. El sujeto cree actuar desde sí mismo, sin advertir hasta qué punto ha empezado a ser guiado desde fuera.

Tal vez la forma más extrema del dominio no sea prohibirnos pensar, sino habituarnos a pensar dentro de un cerco que ya no percibimos.

La libertad comienza a extinguirse cuando el poder aprende a habitar nuestro interior.


Pasares

7.5.26


Vivir sin comprender la vida: no hay mayor angustia.



Clonaciones

6.5.26


Vivimos momentos en que hasta los sueños cambian de materia. Ya no acompañan la promesa de un mañana distinto sino la sospecha de una repetición sin fisuras. Uno se acuesta y no siente que vaya a amanecer un día nuevo sino el mismo día de ayer apenas ya rehecho por la costumbre. La mañana pierde entonces su antigua condición de comienzo y se vuelve una prórroga, quizá una de las formas más sutiles del agotamiento consista en eso, en descubrir que incluso la libertad puede volverse un recinto, una amplitud clausurada, un espacio del que no sabemos salir aunque no tenga muros visibles. La peor rutina no repite los días, repite la esperanza de que cambien.


Pórticos

5.5.26


Hay puertas invisibles que permiten salir de la realidad sin moverse del sitio. Nadie sabe de ellas salvo quien las cruza. Conducen a mundos personales, a regiones íntimas que no admiten testigos ni traducción. Uno entra y sale por esos umbrales secretos como quien cambia de luz, de respiración o de tiempo. No toda fuga es cobardía. A veces, retirarse a esos mundos invisibles es la única manera de preservar algo esencial de uno mismo. Cada conciencia guarda sus puertas secretas para no quedar del todo a merced de la realidad.


Sesgos

4.5.26


Las mentiras hoy contadas suenan a la verdad que muchos desean escuchar.




Mutismo

3.5.26


Le dio su palabra y desde entonces no ha vuelto a hablar con nadie. Al principio, fue un gesto. Una promesa pequeña, casi cortesía: te doy mi palabra. Pero al pronunciarla sintió algo físico, como si realmente se desprendiera de ella, como si la palabra —esa, la suya— hubiera cambiado de dueño. Intentó recuperarla. No pudo. Cada vez que abría la boca, no salía nada. Ni aire, ni sonido, ni intención. Como si el lenguaje necesitara aquella palabra inicial para empezar a existir. Aprendió a escribir pero escribir no era lo mismo. Las frases le nacían incompletas, cojas, incapaces de sostenerse. Le faltaba algo invisible, una raíz y con el tiempo dejó también de intentarlo. La gente lo llamó mudo y él no corrigió a nadie porque en el fondo sabía que no era silencio lo que le habitaba sino una deuda.


A la deriva

2.5.26


La soledad es un pecio hundido en la marea humana: restos de ausencias y abandonos.


Vivificante

1.5.26


Alguien me dijo una vez: «Tú amas la vida». Y entendí que sí, que la amo, pero no de un modo ingenuo ni indiscriminado. No amo en ella lo que destruye, lo que envilece, lo que arruina por dentro. Amo, más bien, aquello que la justifica como los afectos, la cercanía, la mirada compartida, el abrazo, el beso, la palabra ofrecida sin cálculo, el tiempo entregado a quien amamos. Amar la vida no consiste en aceptarlo todo sino en reconocer aquello que la vuelve digna de ser vivida. No se ama la herida por sí misma sino la posibilidad de que todavía exista ternura frente a ella. No se ama el daño sino lo que resiste al daño y lo desmiente. Por eso, cuando digo que amo la vida, hablo de sus cosas más elementales y elevadas: una presencia, una caricia, una conversación verdadera, el don frágil de compartir el tiempo. Amar la vida es elegir, dentro de ella, aquello que merece ser salvado.