Pasar del tiempo
24.2.26
Lo peor no es envejecer: lo peor es desmemoriarse de lo sensible. Olvidar aquello que nos fue construyendo, esas minucias decisivas que nos hicieron: la tierna infancia inocente; la adolescencia briosa, hecha de hambre y vergüenza; la juventud indolente y atrevida, cuando el futuro parecía un animal dócil. Olvidar el amor a flor de piel, la vida sin ambages, esa manera antigua de sentirlo todo sin negociar con el miedo. Envejecer es sumar años, olvidar es perderse porque la memoria no es un álbum. Sin ella nos volvemos correctos pero vacíos, eficaces pero ajenos. Y entonces ya no recordamos qué nos emocionaba, qué nos dolía, qué pensamos no traicionar. A veces el olvido llega con buena educación y lo llamamos madurez, prudencia, realismo. Y sí, hay que aprender a vivir aunque no al precio de borrar la casa donde aprendimos a ser. Guardar la infancia no es infantilismo: es fidelidad. Guardar la adolescencia no es nostalgia: es reconocer el barrio del que venimos. Guardar la juventud no es vanidad: es rescatar el coraje que nos hizo ser atrevidos. Los años no nos quitan la vida, nos la quita olvidar lo que sentimos.
Etiquetas: análisis, comentario, envejecer
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