Irretornables
6.1.26
Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.
Etiquetas: análisis, comentario, irrepetible, reflexión
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El texto que propone se sitúa, en su tono y en su ética, muy lejos del eterno retorno de Nietzsche, aunque es posible establecer un diálogo fecundo entre ambos.
El fragmento parte de una visión lineal del tiempo: la vida se concibe como un tránsito único —“solo pasaré por este mundo una vez”—, y esa fugacidad convierte cada encuentro y cada gesto en algo irrepetible que, una vez perdido, no puede recuperarse. De ahí la urgencia moral: ser atento, amable, tierno “ahora”, porque no habrá un segundo paso ni una corrección posible. Es una ética del instante desde la fragilidad y la pérdida: la conciencia de lo efímero se transforma en compasión.
Desde la perspectiva del eterno retorno, sin embargo, el acento se desplaza. Nietzsche plantea una experiencia del tiempo radicalmente distinta, circular, no lineal. Todo lo vivido —cada encuentro, cada emoción, incluso cada error o dureza— se repetirá infinitamente, sin posibilidad de cambio ni redención. Frente a la melancolía del texto, que lamenta la imposibilidad del regreso, Nietzsche pregunta: ¿aceptarías vivir esta misma vida una y otra vez, eternamente, sin nada diferente? Su propuesta no es sentimental, sino ontológica y afirmativa: asumir la vida con tal plenitud que se desearía su repetición infinita.
Si el texto que comenta dice “soy paso y no regreso”, Nietzsche diría: “soy regreso y afirmo el paso”. En vez de lamentar la pérdida, el eterno retorno exige decir sí al instante porque es y será para siempre. La amabilidad o la ternura, entonces, no serán deberes por la fugacidad del tiempo, sino expresiones del amor fati, del amor al destino tal como se da, eternamente.
En suma, el texto propone una ética del instante finito; el eterno retorno, una metafísica del instante infinito. Ambos valorizan el presente, pero uno lo hace para salvarlo de la pérdida; el otro, para celebrarlo como forma eterna del ser.
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