Llega
un momento donde la vida parece cerrarse como una puerta que ya no vamos a
empujar. No es la muerte lo que se presiente sino más bien la sensación de
haber llegado tarde a uno mismo. Todo parece irrevocable, como si el tiempo
hubiera fijado su veredicto y, sin embargo, es entonces cuando se vuelve más
urgente la bondad que llevábamos aplazada. Lo bueno que somos —esa reserva
silenciosa de ternura, de comprensión, de palabras no dichas— pide aflorar con
una claridad, no para salvar la vida sino para salvar su sentido, porque lo
irremediable no está en que algo termine sino en que acabe sin haber sido dado,
ya que hay una forma de victoria que sólo aparece al final como es dar lo que
éramos, porque cuando la vida ya no tiene solución todavía contiene el
sentimiento de lo que hemos sido.
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