Última mirada

15.2.26


Cerró la verja del colegio cuando ya no quedaba nadie. El metal chirrió como cada tarde, puntual, obediente. Miró hacia el patio del recreo, vacío de gritos y carreras, y la vio allí, a la soledad jugando al balón contra un muro desconchado.

El conserje no se sorprendió. La había visto otras veces, siempre cuando el último niño se marchaba y el eco se quedaba sin cuerpo. Daba patadas suaves, sin ganas de marcar, solo para oír el golpe seco y el rebote.

Pensó en abrir de nuevo la verja, pero comprendió que nadie la vendría a recoger. Así que apagó las luces y se fue, dejándola jugar hasta que anocheciera. A la mañana siguiente, el balón seguía en el centro del patio. La soledad no.



0 apostillas: