Contrariedad

8.3.26


Tras su vuelta, el primer deseo de Lázaro fue que al morir fuera incinerado. No lo dijo con miedo, sino con pudor como quien ha visto algo que no debe ser visto dos veces. Desde que regresó, todos le tocaban los brazos, le hablaban alto, reían como si el ruido pudiera fijarlo al mundo pero Lázaro caminaba con cuidado, como un huésped que no quiere romper nada. El aire le parecía pesado y respirar era una obligación que había olvidado. Por las noches, permanecía despierto, no por insomnio, sino por precaución. Temía cerrar los ojos y encontrarse otra vez allí, en ese lugar sin tiempo donde nada duele, donde no se pasa hambre, ni se tiene sed ni se tiene nombre. Aquí, en cambio, todo tiraba de él: el peso del cuerpo, el ardor de la sangre, la fatiga de estar vivo. Incluso el cariño le resultaba exigente.
Una mañana, Marta lo encontró mirando el fuego.
—Hermano —dijo—, ¿qué buscas?
Lázaro tardó en responder.
—El final verdadero.
Ella lloró. Él no porque había comprendido algo que los demás ignoraban y es que la muerte no era lo terrible. Lo terrible era regresar.


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