No hay que subordinar ni las oraciones

6.3.26


Hay una pedagogía secreta en la gramática. Nos enseñaron a subordinar antes que a pensar, a depender de un verbo principal, a aceptar un sentido que viene de arriba, a vivir en función de otro núcleo. La subordinada es correcta, pero no es libre. Con los años descubrimos que esa sintaxis se vuelve costumbre moral. Hablamos pidiendo permiso, opinamos con prólogo, sentimos con cautela. Nuestra voz aparece enlazada a autoridades, a consensos, a un “porqué” que la legitime, como si la dignidad necesitara una oración principal que la sostenga. La independencia, también en el lenguaje, es una forma de intemperie. La frase breve se queda sola ante el mundo y no explica, no se excusa, no se apoya, tan solo se afirma, por eso incomoda, parece tajante y es rara. Escribir sin subordinadas no es una norma estilística, es un aprendizaje de la conciencia.


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