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Palabras de paz

16.2.26



Se nos ha ido metiendo el belicismo por la rendija de la lengua. Entra sin botas, sin estruendo y llega como muletilla, como chiste, como frase hecha, y se queda a vivir en la conversación y en los párrafos. Decimos que hay que estar al pie del cañón, y la responsabilidad se nos vuelve artillería. Decimos que alguien está en el punto de mira, y la discrepancia adopta forma de mira telescópica. Incluso cuando queremos arreglar el daño decimos hacer las paces, como si la paz fuera un acuerdo firmado al final de una batalla, y no un modo de estar antes de que empiece. Lo inquietante no es la metáfora —la metáfora es una herramienta antigua y hermosa—, sino la costumbre de elegir siempre el mismo glosario. Llamamos lucha la vida, trinchera a la dignidad, disparos a las críticas y ‘estrategia’ a la convivencia. Y sin darnos cuenta, el mundo queda escrito como un campo de maniobras donde todo se conquista, todo se defiende, todo se impone. La lengua, que debería ser casa, acaba siendo cuartel. Y a fuerza de nombrar así terminamos estando tensos y en alerta, como si la calle fuera un frente y el otro el enemigo. Desconfío de esa épica de bolsillo, no porque ignore el dolor real —hay guerras fuera de las frases—, sino porque el lenguaje bélico tiene un vicio y es que necesita adversarios. Donde hay blancos hay puntería, donde objetivos daño colateral, donde victorias derrotados. Y no todo en la vida admite vencedores porque a veces basta con un gesto, un perdona, un gracias o un te escucho. A veces el coraje no es estar al pie del cañón, sino bajar el arma de la boca. Me planteo, entonces, otro vocabulario menos brillante quizá pero más respirable. En lugar de estar en guerra con el mundo estar al lado, en vez de poner a nadie en el punto de mira ponerlo en el centro de la escucha, y no hacer las paces como quien firma la rendición sino como quien riega una planta, diariamente, sin espectáculo, con paciencia. Cambiar ataques por preguntas, defensas por explicaciones, estrategias por cuidados y sustituir el fragor por el tacto, porque la paz también es una palabra y las palabras, si se repiten, educan y por ello, que la lengua no nos entrene para disparar, que nos ejercite para convivir, porque el mundo no se salva a cañonazos sino en voz baja y con las manos abiertas. La paz empieza cuando dejamos de hablar como si fuéramos a ganar.


Calmados

19.7.25


Busca la paz entre las paces.



Placibilidad

8.2.25

 

A veces la muerte es solo eso, el anhelo de descansar, de estar en paz con el mundo y con lo que somos.



Tregua

15.3.22



Acabar el día en paz contigo y con el mundo para poder descansar.



El arte de la paz

8.4.21



Las guerras que siempre se ganan son las que nunca comienzan.




Competencia insana

20.3.21



Señala Pablo Lipnizky: «Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra», o de cualquier disputa que nos enfrenta. Por eso prefiero participar sin competir a competir contra el otro y evitar las consecuencias frustrantes de la derrota. La única competición sana es la superación propia.



Sosiegos

20.1.18



Para alcanzar la paz personal hay que acabar con todos los litigios interiores.



Carencias

8.12.17


Buscamos estar en paz con el mundo y, sobre todo, pacificar a nuestros demonios internos.



Sediciones

16.9.17



No hay nada más subversivo que pedir paz en tiempo de guerra.