Patrones de pensamiento

31.1.23



El aforismo no es una frase: es una estructura mental característica. Por ello hay quien piensa en aforismos.



Lectoría

30.1.23



Las lecturas de libros son estimulantes; la lectura del mundo es reveladora. Por eso leer nos significa.




La guerra que viene

29.1.23



Cuando era pequeño siempre tiraba a dar y preferentemente iba con los malos, si bien aquel sueño le convirtió en pacifista de la noche a la mañana. El fantasma de Eduardo, un niño que se ahogó en la acequia donde se bañaban desnudos en verano, se le presentó mojado y pálido en una pesadilla y le contó: la guerra del futuro será la más terrible de todas las batallas. Maléfica porque el efecto destructor de las conflagraciones constantemente ha superado, al menos en un ápice, a la anterior. En un pacto de cordura, las beligerancias deberían hacerse con tirachinas, como las que practicábamos nosotros, por ese poso bélico que alberga el espíritu humano y que de alguna manera tiene que sublimar. Es cierto que la mejor contienda es que no haya ninguna, no obstante, ese ninguna parece conducir a cuando no quede nadie. Probable aseveración para los que han calculado repetidas veces que el tercer conflicto mundial vendrá y sucederá como el más limpio, puesto que, en lo tocante a matar, la muerte aparecerá de la mano de unos átomos respetuosos con el medio ambiente pero letales para la frágil vida humana. Por otra parte, aconseja el viejo dicho «dos no se pelean si uno no quiere» y, sin embargo, no faltará quien azuce y meta baza para sus intereses, hasta llegar al enfrentamiento. Por tanto, la última de las grandes epopeyas bélicas será de risa, aunque muy seria, ya que después de todo lo peor no es perder, sino observar la cara que le queda al perjudicado. Y esa es la esencia de la estrategia: la humillación. En esa conflagración no habrá más fiambres, al conocerse que los muertos dan mala reputación en las noticias del día y, a lo sumo, se morirán de vergüenza, nunca de un balazo letal y traicionero que lo ponga todo salpicado de sangre: bastará que se mueran por el bochorno. Los avances tecnológicos dotarán a los ejércitos de pequeños drones con tal inteligencia que éstos buscarán el cañón del arma enemiga hasta inutilizarla, enviando al enemigo al desempleo. Mediante rayos láser se narcotizará a los soldados contrarios incidiendo en su sistema simpático, lo que les provocará tal entusiasmo que saltarán locos de alegría y desertarán en pos de la fiesta. Generadores de ultrasonidos causarán en los batallones antagonistas, incontenibles descomposiciones, y lanzadores de materia viscosa con cualidades de mucosidad atraparán a la tropa en una bola pegajosa imposible de zafarse. No faltarán tampoco las armas sicológicas con mensajes personalizados al móvil de cada combatiente donde, públicamente, se airearán cuáles son sus defectos, vicios y secretas ruindades siendo reconocidas en todas las redes sociales. Al despertarse se notó aliviado sin saber que había comenzado la guerra que viene.



Contagiosos

28.1.23

 

Hay personas con las que siempre sabemos reír.

Sin dilaciones

27.1.23



Cada vivencia atesora un pulso de la existencia.



Instigaciones

26.1.23



Un aforismo debe ser una invitación a tener pensamientos propios.



Latentes

25.1.23



El verdadero misterio está en lo que se ha perdido porque nadie lo ha sabido encontrar.



Alienígenas

24.1.23



Tengo un amigo que siempre me recuerda que cuando me vio, por primera vez, pensó que era un extraterrestre. Y puede que, en ese momento, tuviera razón, pero uno termina aclimatándose a este planeta.



Imperfectivos

23.1.23



Somos copias imperfectas de quienes nos precedieron.



Clave de sol

22.1.23

 

1

Andrea posó sus lábiles dedos sobre la octava baja del piano vertical y comenzó los ejercicios de quinto curso, como cada tarde entre las seis y las ocho de otoño, cuando la luz tiene ese color sepia invertebrado que se cuela como polvillo de arroz por los ventiladeros de la nariz. Interpretaba distraída el allegro maestroso del concierto número uno en mi bemol mayor de Frank Liszt que era donde solía perder más el ritmo. Sentada junto a su migraña, la rubia melena leonada adornada por hilillos rizados de sol que caían en cascada sobre su espalda, Andrea se interrogaba con desesperación qué combinaría el sábado con su blusa de seda verde limón, sin encontrar en el probador de su cabeza la composición definitiva con que se vestiría entre el voluminoso ajuar que atiborraba su armario. La tarde tenía ribetes de violín en los ángulos cenitales y el piano añoraba la descansada ausencia de las manos frágiles de la niña con pechos de mujer. Sobre las lengüetas azules del cielo sonaba una sinfonía de olores y una anacrusa, escapada del pentagrama, aterrizó sobre el alféizar de la ventana.

 

2

Andrea se levantó del piano molesta de encasquillarse en la ambigua escala de mi bemol mayor, empleándose en la escritura furtiva del diario de su migraña, donde anotaba toda clase de suertes desde que la descubriera en el preludio de su pubertad, el día que sus hormonas sexuales optaron por jugar al diábolo. Lo resolvió por rebeldía a su madre que le apercibió de lo ridículo que a su edad resultaban los juegos con amigas imaginarias y le sermoneó con la necesidad de aplicarse en sus estudios de solfeo y canto coral. El subrepticio dietario lo custodiaba Andrea en un escritorio caoba que se localizaba entre su piano Petrof y la vidriera por donde miraba las pajaritas de papel que regresaban todas las primaveras del África Negra y anidaban en los aleros de los caserones y más recientemente, también en los salientes afilados de los edificios de hormigón. En los últimos días estuvo glosando como amanuensa embelesada, el sobresalto de ideas que le rodaban en la cabeza al suponer la compañía de Ángel Manuel caminando entre ella y su jaqueca por el parque de mordentes florecidos, frondosas bordaduras y semitrinos peciolados. La muchacha apuntaba en el diario todas las conversaciones mantenidas con la migraña, sus sueños locos de amor y de fortuna, cuando ella se veía como una gran actriz enmarcada por la pantalla de un cinema, o como una afamada modelo recorriendo las pasarelas del triunfo y portando exquisitos trajes de modistos con nombres de lujo, mientras los hombres abajo se disputaban su belleza con halagadores piropos, o quizás también como una bailarina esbelta o una cantante reputada que arrastraba a las multitudes tras de sí.

 

3

La tarde marcada de un mágico acento de luz estaba dominada por los grados tonales del aire. La migraña quieta en la cama de Andrea respiraba fusas y corcheas, negras y blancas a la velocidad que el metrónomo marcaba, mientras contemplaba ensayar a la niña las escalas cromáticas y los arpegios melódicos, cuando sus dedos de cristal hacían crucigramas sobre el arlequinado juego de teclas y se acrecentaban los arrebatadores episodios de melancolía que tanto atolondraban a Andrea. Ángel Manuel era el quinto novio en la cuenta corriente afectiva de su radiante juventud, pero con suerte aún llevaba aprehendidos sus cuatro primeros amoríos, que fue descartando de su baraja de cariños por aflicciones que arruinaban su libérrima alma. El amor era para Andrea una bagatela, algo friable que el tiempo convertía pronto en corteza muerta preparada para ser consumida por el fuego de lo rutinario, soñadora joven de apuestos paladines que consumía a sus enamorados con la fiebre de quien devora una ilusión, buscando uno tras otro el príncipe imposible, el galán de quimera que no vendrá, pero para quien hay que estar acicalada y dispuesta. No había para ella causa de anclaje a sus conquistas pues no bebía de un afecto más exquisito que aquel que ella se dispensaba para sí y sólo se asentaba en su conciencia un ligero rumor de culpa cuando, desde su vanidad de intérprete indolente, percibía ahogarse en el dolor a alguno de sus frustrados pretendientes.

 

4

Eduardo Jorge fue el amor del pavo. El galante iniciático que palideció su vida entera y le originó el primer descocido en el corazón cuando aún hervía en ella la sublime ternura de la inocencia. Lo dejó, a pesar de ser la pasión iniciática que la hacía tremolar como un flan chino, porque la atormentaba con sus sentimientos posesivos y sus pretensiones de casamiento, de la empalagosa descarga de regalos que volcaba sobre ella y de las cajas chinas de bombones con licor asiático que le cambiaba el color de sus pupilas de un glauco templado a un opalino meloso y los palitos de sándalo con olor a clementina. La niña solía confesar a su migraña con desgana que nunca se casaría por lo que fue enterrando un prometido tras otro.

 

Gustavo Luis fue la segunda de sus parejas. Se encariñó con él porque le recortaba ocasos de papel de estraza las tardes que la migraña de Andrea se sublimaba más de lo acostumbrado y correteaba como loca por la habitación de paredes pálido rosa. Además, se complacía Gustavo Luis en llevarla a distinguir entre las líneas del mar, cuando el horizonte acuoso se confunde con lo celeste del cielo y hacerle versos que rimaban con los anuncios de modas y perfumes emitidos en televisión. Perdió a Gustavo Luis en un hipermercado un día que las rebajas le plantaron delante de su cara a Víctor Alfredo, un apolíneo deportista que masticaba culturismo, sudaba con los ojos rubios y posaba como las mariposas en época de celo. Pero Víctor Alfredo casi nunca escuchaba lo que Andrea le confesaba, cuando apremiada por sus padecimientos, narraba las veleidades de su migraña a la entrada de los solsticios, algo que le hacía arruinar todos sus sueños de fiesta y sus utopías de nena consentida. Víctor Alfredo sólo vivía para pensar en sí mismo y en sus estirados músculos de goma de mascar americana y sospechaba que Andrea fantaseaba con el sueño de las hemicráneas, inventando dolores imaginarios y pesadumbres ilusorias. Pero a pesar de la esquiva atención a Andrea, boquiabierta, se le caía la baba cuando el gimnasta dúctil se paraba delante de ella moviendo sus bíceps como en una coreografía rusa. Por eso el día que lo conoció se quedó clisada, tonta de amor, ante aquella fachada hercúlea con alma de atleta cibernético. Con él disfrutó de los besos desdeñosos y de las genuflexiones amorosas, y sin embargo Víctor Alfredo nunca atendió a su hermosura de sensible concertista ni a su cariño de cuento de hadas.

 

5

Guillermo Pablo, el último estreno en tecnicolor de su corazón, tenía una sonrisa de motocicleta de gran cilindrada y se ocupaba en pasar modelos de alta costura masculina. Gustaba bromear con Andrea en un francés gutural de bachillerato. Alto, bien hecho, con una pincelada de camionero criado en el seno de una familia acomodada, creyó engatusar a Andrea con ese fingimiento de seductor de segunda fila que tanto le satisfacía practicar. Guillermo Pablo hizo como si comprendiera el mundo interior de la chica pianista, como si aceptara que las migrañas son compañeras de las jóvenes rubias de frente fantasiosa y fisonomía de muñeca. Por eso se entretuvo con ella en los desfiles de moda puntuando los defectos de las rivales de Andrea y en las salas de fiesta donde se bailan los ritmos mecánicos más publicitados en las cadenas de radio. Pero para Andrea aquello fue un entretenimiento porque buscaba a un hombre de carácter fuerte y dominante que la castigara las tardes de jaqueca insoportable, que le respondiera cuando ella con actitud supuestamente sumisa lo engañara desde el fondo de sus ojos claros, tratando de domesticarlo.

 

6

Andrea soñaba entre las líneas sonrientes que las partituras musicales desplegaban ante su mirada, una vida interpretada en clave de sol, en la línea para el registro más agudo del éxito, donde acompañada de su migraña actuaba como admirada solista de los grandes conciertos que hacían llorar al público por la emoción compungida en los conductos milimétricos de la sensibilidad. Se veía colocada en el corazón de la orquesta rodeada de bajos con barba de chivo y tenores sordos, de sopranos gordísimas y contraltos de perfil teutón. Ella, la musa, envuelta en violines hirientes, trompas succionadoras de silencios, cornos ingleses y oboes marchitos, flautas ladinas y trompetas circunspectas, contrabajos atléticos y arpas licenciadas en álgebra. Andrea en el piano tocaba el Preludio número uno en do mayor de Johann Sebastian Bach y palpaba al modelado Guillermo Pablo haciendo filigranas en el anuncio de una valla publicitaria. Ensayaba los compases de la Serenata número trece de Wolfgang Amadeus Mozart y la imagen de Víctor Alfredo corría a sentarse a su lado. Apenas hacía sonar las primeras notas del Sueño de Amor de Franz Liszt y la mirada de Gustavo Luis venía tropezando con las marquesinas de los autobuses hasta posarse en su piano de cola. El sonido de la sonata del Sur le hacía sentir cómo Eduardo Jorge la volvía a tomar de la mano por primera vez para llevarla con sigilo por los rincones perdidos. Y si practicaba el Canon en re mayor de Johann Pachelbel, aparecía el fantasma malhumorado de Ángel Manuel. La mañana, como en los últimos cincuenta años, despertó en clave de la segunda línea pinturera y oronda. Andrea caminaba polifónica en busca de su cita por el parque de los heliotropos y amarantos, de las caléndulas y los lirios, de las flores del aire y de las flores del acorazonadas. Ociosa al mundo que la rodeaba, Andrea contaba entretenida los hombres que asesinó con sus pasiones pueriles e inmaduros mientras esperaba la cita de su último amor. Pero ahora estaba verdaderamente sola desde que su migraña la abandonó un día con la llegada de la menopausia.

Sorteo

21.1.23



La suerte de abrir los ojos cada día es la verdadera fortuna.




Inéditos

20.1.23


Los errores de la Historia siempre son nuevos y por eso no hay memoria que los pueda evitar.



Adagio del caminante

19.1.23


—Dónde vas?

—Donde me lleven los pies.



Husmeos

18.1.23


Hay que buscar la poesía del mundo hasta encontrarla.



Contrasentidos

17.1.23

 

Todo aforismo encuentra su excepción más temprano que tarde.



Testeos

16.1.23



No se quiere lo desconocido solo se desea.




Tos sinfónica

15.1.23

Todo comenzó con un imperceptible picor en la garganta. Sonaban los violines y violas de la orquesta que se animaba con los primeros compases de la novena de Mahler. Respiró hondo y no le dio más importancia, deleitándose con la pletórica dulzura de aquella música que expresaba con profunda emoción, un esplendor de sensaciones y exuberantes sentimientos.

 

Siguió un minúsculo carraspeo a la par que los músicos se ofuscaban con el andante cómodo y los metales y cuerdas parecían estallar; algo que le animó a tragar saliva y aclarar la voz, antes de que los acordes murieran en las últimas resonancias de un clarinete anterior al primer silencio del concierto.

 

Tosió, entonces, de forma sonora y apremiante, amenazando la interpretación y realizando una proclama premonitoria del espectáculo que se avecinaba. Fagotes, trombas y violines acudieron en su ayuda al surgir el segundo de los movimientos y el carácter lúdico de la melodía lo relajó en el asiento, aprovechando la intervención de timbales y bombos para desahogarse y volver a carraspear. Así acompasó cada golpe de tos con la sonoridad grave de los porrazos secos y resonantes de la percusión.

 

Salvo la señora contigua nadie se percató del protagonismo de su tos, en tanto el sonido de los intérpretes se desinflaba al término de In Tempo eines gemächlichen Ländlers, momento en el que buscó con urgencia un pañuelo en su americana, metió la cabeza entre sus piernas y expectoró con todas sus fuerzas. Le favoreció el murmullo de la audiencia y el trasiego de la afinación previo a que el rondo burleske irrumpiera con brío en la sala.

 

El espíritu marchoso del tercer movimiento lo contagió y su tos afinada se integró en la agrupación musical, entretanto los solistas enfrascados en desentrañar las notas mahlerianas se aplicaban con tenacidad en la ejecución.

 

Los espectadores comenzaron a seguir atentos y entusiasmados su actuación de estornudos, desatendiendo el clímax de los metales del cuarto movimiento, hasta conseguir con su doloroso expeler ser el principal instrumento.

 

Paró de toser en la última pausa del recital para arrancar con un adagio en si-be-cof, cof, cof mayor, cuando la batuta del director se lo ordenó. Los músicos, emocionados, dejaron de tocar ante aquel do de pecho sublime de tos mientras él moría, en un adagissimo convulsivo de tosferina.

 

El público del auditorio, puesto en pie, ovacionó durante un intenso y larguísimo rato, su prodigiosa sinfonía tosida.

 


N. del A. Es recomendable poner de fondo la Sinfonía n.º 9 de Mahler 

Embaucados

14.1.23


Tras la inocencia infantil llega esa otra que nos hace fantasear con lo que no somos.



Disturbios

13.1.23



Perturbador es aquello que saca de quicio a la realidad.



Colada

12.1.23



A veces las ideas se amontonan como una pila de ropa sucia que hay que lavar.



Opciones

11.1.23



Si tuviera que elegir sería antes juglar que poeta, cuentista que escritor.



Insoluble

10.1.23



El conflicto humano parece irresoluble.



Desorientaciones

9.1.23



Donde más perdido me siento es entre la gente conocida.




El fin del mundo

8.1.23


 

Y habrá señales en el sol,

en la luna y en las estrellas.

(Lucas 21,25)

 

 1

Al principio no dio mayor importancia a que el ralentí de su automóvil se acelerara de imprevisto sin que existiera una causa razonable que hiciera circular el vehículo a una velocidad superior a la ordenada por su pie derecho. Discurrió, desde su conocimiento de la mecánica, que algún organismo metálico se había indispuesto bajo el capó, como ocurre con el paso de una estación a otra que la atmósfera varía y entonces la humedad del ambiente es distinta y eso influye en las maquinarias, igual que condiciona la rótula de la rodilla de tío José que nota el reuma cada vez que las bajas presiones y la borrasca le advierten de la probable presencia de lluvias y tío José, con la pierna colgándole y la voz cansina de zahorí, dice con acierto que va a cambiar el tiempo. En los últimos años llovía poco, menos de lo acostumbrado en aquellos lares, lo que podía ser razón suficiente para que el metabolismo del motor, arregostado a la situación, se asustara ante un asomo de humedad porque a veces estos artefactos llegan a ser casi humanos en sus dolencias. Entendió también que quizás sólo se debería a un desajuste en el estárter, a lo que él llamaba la palanquita para tirar del aire.

 

 

2

Tampoco prestó atención al hecho de que su reloj analógico, que lucía orgulloso porque marcaba la hora en números romanos y no en dígitos, comenzara a demorarse cada tarde cinco minutos a las cinco en punto, aunque sí consideró la necesidad de acercarlo a un mecánico relojero que, previa apertura de tripas, colocara una nueva pila de litio, no tanto por la importancia de la puntualidad y la precisión que para él siempre significaban un ataque contra los principios de la buena salud, sino porque en su muñeca luciría menos un segundero paralítico que no diera esos pasitos rítmicos que completaban una circunferencia como en un ballet. Por otra parte, esa anomalía la encontraba ventajosa porque le supondría ahorrar cinco minutos diarios que, guardados para su vejez, le proporcionarían unas largas vacaciones. Marta, su mujer, siempre le reprochaba con ese acento tan propio que tienen las reprobaciones de las mujeres, más aún si son de la propia esposa, su falta de exactitud cuando regresaba a deshoras o se retrasaba en una cita y le recordaba la anécdota del reloj de bolsillo que le regaló, cuando él creyó que la cadena de donde colgaba era una herramienta para ahorcar el tiempo y que esas ocurrencias suyas solían exasperarla tanto y entonces discutían, pero que en el fondo estaban de acuerdo en lo esencial y eso era lo importante, y todos los años compartidos que ya iban para doce los habían acercado cada vez más. La experiencia de los años vividos le demostraban el valor ridículo de las comprobaciones horarias y las medidas cronológicas, como cuando desde el gobierno se ordenaba, en aras de la economía, hacer elásticos los horarios de trabajo y retrasar o adelantar los relojes un par de horas para ganar en producción y en ahorro energético. Entonces surgían todas las dudas en su cabeza y comenzaba una retahíla de interrogaciones metafísicas que no llegaban a ningún lado pero que a él le producían una gran desazón, si no entonces dónde iban a parar esas horas, quién las guardaba o quién las destruía para que no tuvieran una consistencia sólida como las demás horas y días de la semana o qué pasaba con los picos horarios de los años que no cuadraban ni cuando eran bisiestos, porque sobraba siempre algunos minutos en los números decimales y que, en definitiva, le demostraban que esa particularidad del tiempo no era más que una tomadura de pelo y de las gordas. Un engaño prodigioso para utilizar las vidas humanas en usufructo y tomar de ellas su máximo provecho sin lugar a ninguna protesta.

 

 

3

A la extraña luminosidad que de vez en cuando irradiaban las bombillas y que eran como borbotones de fuego que ponían los filamentos primero de un rojo subido, para pasar después a un blanco incandescente que extremaba la potencia de la lámpara hasta encandilar la mirada, no la tomó muy en cuenta porque sabido era que la Compañía Eléctrica jugaba con el voltaje de las líneas de alto voltaje para poner aquí y quitar allá según sus intereses que no eran otros que los de ingresar mucho dinero por las tarifas de electricidad doméstica aunque el usuario tuviera que quejarse frecuentemente y poner el grito en el cielo. Imaginaba que en el barrio coincidía el montaje de algún tinglado y para impedir, como sucedía cuando llegaba el verano, un apagón general que provocaba la indignación del vecindario reflejándose luego en los medios de comunicación, habrían aumentado el voltaje para compensar el déficit de fluido de electrones, ocurriendo como en otras ocasiones que al operario de turno se le iba la mano y cuando quería darse cuenta se pasaba con el chorro eléctrico fundiendo media docena de lámparas en cada domicilio. Se le venían a la cabeza entonces palabras que ya carecían de significado para él porque habían quedado muy atrás en el archivo de la memoria, como ohmio, hertzio o faradio, que le llegaban de la época que estudió bachiller, eso sí con buenas notas que siempre fue muy aplicado en los estudios, y rememoraba aquel experimento en el laboratorio de Física cuando don Damián, profesor enjuto con gafas de sol y voz de carraspera aguardentosa, arrimaba una barra de ebonita, a la que previamente frotaba un paño de lana, hasta una esfera de médula de sauco que pendía de un hilo de seda, para demostrar que las cargas de distinto signo se atraen y las que son iguales se repudian, explicando las dos clases de electricidad, la vítrea o positiva y la ambarina o negativa.

 

4

Él era un tipo meticuloso y racional, concreto en sus ambiciones personales, que llevaba desde los dieciocho años fabricando cintas de máquinas de escribir, papeles de calco y últimamente cartuchos para impresoras de ordenador, desde que entró como aprendiz a fundir cera, para mezclarla con aceite, glicerina y tinta, entre molinos, tolvas y rodillos calientes, impregnada su piel con el color de las sustancias más volátiles. Más de veinte años volcando pigmentos, negro, rojo, magenta, para colorear la pasta, un trabajador recto que siempre daba todo por la empresa y que desde la dirección comprendían su ejemplar proceder y por eso sus veintidós años de dedicación a esta tarea le granjearon la estima y el aprecio de los mandamases, sino cómo explicar cuántas veces llamó a la puerta del director de la fábrica para hablarle cara y siempre fue recibido, cuántas veces no salió sonriente de ese despacho ante la mirada de admiración y de envidia de sus compañeros. Aficionado a la lectura se entusiasmaba con los libros de ciencias y las enciclopedias, devoraba los textos mientras su familia consumía televisión, formándose una idea concreta de la realidad que lo rodeaba, un universo euclidiano donde por un punto sólo podía pasar una recta paralela a otra, recordando la lectura de la geometría hiperbólica de Nikolái Lobachevski, donde se postulaba un cosmos parecido a una pecera, donde los habitantes aumentaban de tamaño al acercarse a la superficie, algo insostenible para él que sólo concebía aquello que era palpable y desdeñaba cuantos fenómenos no tuvieran una explicación desarrollada en la práctica, descartando todas esas fantasías imaginables que con tanta avidez acogían las gentes. A pesar de ello las casualidades de los días postreros le hicieron indagar dentro de su mente, buscando en algún cajón del pensamiento donde pudiera encontrar una respuesta adecuada al cúmulo de desórdenes que se sucedían en un contexto que para él se manifestaba en armonía consigo misma.

 

 

5

Aquel fin de semana Marta y los niños, Sabina y Abel, se ausentaron del apartamento para pasar unos días junto a Enriqueta, la madre de Marta, y a tío José que volvía a estar achacoso de su reumatismo porque ya se sabía que, era aparecer una nubecilla en lontananza, y le cambiaban los humores como de la noche al día. Allí los niños gastarían su vitalidad entre juegos y correrías y ver que la naturaleza tenía otros colores y olores para sus sentidos que no los establecidos por los límites de las paredes del piso que habitaban, donde aire más puro y vegetación exuberante estimularan la viciada vida de sus células urbanas. Para él era la ocasión de hacer de hombre de la casa y comprobar desde la soledad, cuánto se echa de menos a los demás cuando no suelen estar, relajarse y pensar en todos esos fenómenos que con frecuencia discontinua habían estado demostrándose en los últimos días. Una noche que dormitaba en el sofá frente al televisor le extrañó percibir súbitamente una claridad prodigiosa que despedía la pantalla y percibir como palpables la secuencia de imágenes de un intermedio publicitario. Se frotó los ojos para despabilar de su somnolencia porque aquellas siluetas parecían salirse de la tele como en un holograma y comenzó a sentir un sudor frío que, especuló, pudiera ser por una mala digestión o por haberse pasado con el vino, hasta que vio salir de aquel cuadrado de luz una sirena con el cabello pelirrojo que mientras le ofrecía unos pantalones vaqueros, sentenciaba la frase 'sentirás no llevarlos'. Luego fue un señor bien trajeado que, sentándose con educación a su lado, le convenció de que los tipos de interés del banco que representaba eran los más ventajosos del mercado, haciéndole firmar un contrato para un seguro de vida. Apenas se marchó el señor con cara de presentador, salió una rubia despampanante que sugerente le susurró al oído: ‘¿Adivinas quién sale de fin de semana? Tiene un gran coche y no se priva de nada. Sin agobios para pagarlo y poder disfrutarlo. Cambia de coche. No de vida’. Aquella frase hiriente le arañó en su subconsciente de varón abandonado en el hogar y desconectó el aparato casi por instinto y, a pesar de no ser muy adicto a la bebida, corrió hasta donde guardaba una botella de güisqui. Necesitaba un trago para pasar el sobresalto y dormir para ver si el día terminaba y con él todos los desvaríos, amaneciendo con sus biorritmos mejorados.

 

6

Al día siguiente, mañana de domingo, comenzó a mostrarse un rosario de pequeños desastres en el hogar, como que el agua que ponía a hervir para tomarse una taza de té tardaba la mitad, de lo cual dedujo que o bien el punto de ebullición se alcanzaba con menos temperatura o que la presión de la atmósfera disminuyó. Cuando fue al cuarto de baño a lavarse la cara descubrió como el agua que escapaba por el desagüe del lavabo giraba en sentido contrario al de todas las mañanas. En ese instante sonó el teléfono y pensó que era Marta que lo llamaba para saber que todo iba bien, pensando aliviado que por fin se podría librar de esa cadena de desastres que lo estaban atosigando y dudó si sería conveniente contarle lo ocurrido o esperar a su vuelta para no alarmarla. Descolgó el receptor y se lo acercó al oído, pero del audífono no salieron palabras lógicas sino sílabas como sorteadas entre sí en una jerga de varios idiomas, y sobrecogido supuso que los enlaces telefónicos habían enloquecido, estableciendo la conexión entre miles de frases incompletas. Comenzó en ese momento un concierto de las máquinas que se encontraban en la vivienda. Parecía como si los electrodomésticos hubieran adquirido vida propia.

 

7

Sentado en la taza del retrete, lugar donde suelen acudir las ideas más aclaratorias, recordó que en cierta ocasión leyendo una enciclopedia que narraba los grandes hitos de la creación, aprendió que el Universo se sustentaba sobre dos principios fundamentales como eran la energía y otro concepto algo abstracto que no llegó a comprender muy bien, llamado entropía, y que cualquier desarreglo de ellos produciría el término de la vida conocida y por ende la finalización del mundo. Esto unido a una vaga referencia bíblica que rondaba en su cabeza y creía del Apocalipsis, aunque no sabía bien si andaba en lo cierto, sobre que al final de los tiempos habría señales y signos que anunciarían la consumación de todo, le hicieron cerrar el círculo de las hipótesis y concluir que el final de todo había llegado y él era el único en percatarse. Feliz con la iluminación acontecida tiró de la cisterna en un gesto definitivo y concluyente para avisar al resto de los mortales del descubrimiento y, en ese instante, fue engullido por un torbellino de agua azulada en el día del arcángel san Rafael, mientras un querubín trompetista, algo blusero, anunciaba sin remordimiento el final oclusivo de este cuento.

Todo en su orden

7.1.23



Mi ser, mi vida, la estancia de mi conciencia, los átomos del pensamiento apilados en mí.




Terquedades

6.1.23



La verdad es más tenaz que la mentira y por eso sobrevivimos.



Trechos

5.1.23



Hasta llegar a la luz hay un camino de sombras.



Malabares

4.1.23



Mientras que sea eficaz, el lenguaje hay que retorcerlo, estrujarlo, romperlo y hasta jugar con él.




Cronistas

3.1.23



Somos las narraciones de nuestra propia voz.



Adiestrados

2.1.23



Observé como aquel soldado al final del pelotón marchaba irregularmente respecto al resto. Me interesé por el hecho y me aclararon que lo habían intentado hasta la extenuación sin obtener ningún resultado satisfactorio, así que decidieron relegarlo al último lugar el día del desfile. Desde entonces esa imagen no me ha abandonado nunca porque sigo caminando por la vida con el paso cambiado.




Cuentos de cada día

1.1.23

1

El sol había descendido hasta los altozanos del oeste y era la hora más fresca para la contienda. Millares de saetas caían del cielo y sembraban los corazones de los soldados, mientras los arcos se doblaban entre gritos y chillidos que los guerreros lanzaban para concentrar su puntería en un disparo certero que deslumbrara de muerte al enemigo. Décimo Valerio Caleno cabalgaba desconcertado ante la iracundia que aquellos bárbaros ponían en la disputa, sudoroso su rostro chorreándole sobre el peto que reverberaba la luz crepuscular.

 

Más de tres meses hace que partimos de Roma una mañana gélida y lluviosa. Desafiantes desfilamos diez legiones atravesando la Vía Flaminia hacia las Galias. Desde entonces me acompaña este maldito enfriamiento y el recuerdo de Lucilia. Mamá, con su actitud de matrona, se despidió tratándome como un niño, recordándome que me arropara por las noches, no descuidara las comidas y tomara la infusión diaria de yerbas. Papá Cornelio desde su áspera voz de tribuno me alentó para llegar lejos y ser orgullo del Imperio ¡Ave Augusto! Y que un día, a mi vuelta, me esperaría con los brazos abiertos, rendida ante mí la muchedumbre, en honor de héroes. Y Lucilia que, entre lágrimas invisibles, fue a decirme adiós con sus labios rojos. El tiempo desde que fue llegando el verano, sin embargo, ha mejorado bastante pero este maldito catarro no me ha abandonado un solo instante. Cuando volvamos a Roma, y falta poco, tomaré unos baños de vapor que tanto bien me hacen.

 

 

2

Tampoco prestó atención al hecho de que su reloj analógico, que lucía orgulloso porque marcaba la hora en números romanos y no en dígitos, comenzó a demorarse cada tarde cinco minutos a las cinco exactas, aunque sí consideró la necesidad de acercarlo a un mecánico relojero que, previa apertura de tripas, colocara una nueva pila de litio, no tanto por la importancia de la puntualidad y la exactitud del tiempo que para él siempre habían significado un ataque contra los principios de la buena salud, sino porque en su muñeca luciría menos un segundero paralítico que no diera esos pasitos rítmicos que completaban una circunferencia como en un ballet. Por otra parte, esa anomalía la encontraba ventajosa porque le supondría ahorrar cinco minutos diarios que, guardados para su vejez, le proporcionarían unas largas vacaciones. Marta, su mujer, siempre le reprochaba con ese acento tan propio que tienen las reprobaciones de las mujeres, más aún si son de la propia esposa, su falta de puntualidad cuando regresaba a deshoras o se retrasaba en una cita y le recordaba la anécdota del reloj de bolsillo que le regaló, cuando él creyó que la cadena de donde colgaba era una herramienta para ahorcar el tiempo y que esas ocurrencias suyas solían exasperarla tanto y entonces discutían, pero que en el fondo estaban de acuerdo en lo esencial y eso era lo importante, y todos los años compartidos que ya iban para doce los habían acercado cada vez más. La experiencia le había demostrado el valor ridículo de las comprobaciones horarias y las medidas cronológicas, como cuando desde el gobierno se ordenaba, en aras de la economía, hacer elásticos los horarios de trabajo y retrasar o adelantar los relojes un par de horas para ganar en producción y en ahorro energético. Entonces surgían todas las dudas en su cabeza y comenzaba un rosario de interrogaciones metafísicas que no llegaban a ningún lado pero que a él le producían una gran desazón, si no entonces dónde iban a parar esas horas, quién las guardaba o quién las destruía para que no tuvieran una consistencia sólida como las demás horas y días de la semana o qué pasaba con los picos horarios de los años que no cuadraban ni cuando eran bisiestos, porque sobraban siempre algunos minutos en los números decimales y que, en definitiva, le demostraban que esa naturaleza del tiempo no era más que una tomadura de pelo y de las gordas. Un engaño prodigioso para utilizar las vidas humanas en usufructo y tomar de ellas su máximo provecho sin lugar a ninguna protesta.

 

3

Las tropas cargaban una y otra vez contra los bárbaros, los soldados se encolerizaban más y más, y el campo de batalla se marcaba con charcos de sangre. Se formó una triple línea de combate, la primera de las cuales la componían las cohortes más veteranas. Se guerreaba por inercia siempre hacia el adversario. La fiebre continuaba subiéndole a Décimo Valerio que se desprendió de la coraza y galopó en dirección al sol.

 

Lucilia me estará esperando sentada en el porche de su residencia, envuelta entre el aroma de las rosas, con su brillante túnica de seda. Pasearemos callados por el pequeño jardín mientras el surtidor de la fontana central cascabelea con sus chorritos de agua que saltan desde la estatuilla de un fauno. Yo la acariciaré rozando su rubicunda cabellera, besando el pálido rosado de sus mejillas, sus húmedos labios ardientes. Nos sentaremos a conversar y me dirá que soy un tonto que no tiene pretensiones y que debo de ser ambicioso para llegar a general. Yo no querré hablar de ese tema y le cogeré sus finas manos, ella se levantará y deambulará por el jardín y a mí me complacerá verla caminando al contraluz del follaje, y me levantaré a andar con Lucilia. Entonces ella se preocupará, se enojará incluso un poco, fingirá estar molesta conmigo como si fuera verdad, y la tendré que persuadir de su disgusto, y le hablaré de una excursión a la cima del Etna para ver nacer el sol, le contaré cómo van los trabajos en la villa que nos están edificando a los Caleno en las afueras de la metrópoli, semejante a la de su amiga Volumnia Citérida. Le mencionará que en nuestros desposorios haremos allí un gran festejo con todos nuestros amigos, y Lucilia replicará que le disgusta que mis amigotes se emborrachen siempre, como si celebraran las saturnales, y que cuando estemos casados no consentirá que me marche todas las noches a jugar a los dados, al circo o al teatro y nos dedicaremos a pasear cogidos del brazo por el Pórtico de Pompeyo o por la Vía Sacra. Yo la estrecharé en mis brazos vigorosamente y la volveré a besar, desordenado y loco de amor, y ella casquivana me mirará dejándose besar.

 

Cabalgó herido por la calentura, corrió descubierto con ojos atónitos y se detuvo a vomitar. El miedo lo sacudió en forma de escalofrío: el temor a las flechas que llegaban siseantes, el pánico a tener que desafiar otra vez al adversario y mirándolo a los ojos, sin explicar nada, rebanar de un tajo su cuello. Miedo al mapa que dibujaba la sangre y a los cuerpos mutilados en el preciso instante en que un cristal de escarcha brilló atravesándole y todo enmudeció.

 

4

Juan desde el comedor resbala el cubilete sobre la mesa: ¡Full de ases-damas! Hace una pantomima con la mano, un dibujo en la atmósfera cargada de humo y vuelve a jugar. Antonio llega de lejos, desde su morada al final del pasillo, viene de convencer a su estudiante que mañana será un buen día para enfrentarse a los libros. Fanfarronea, se ríe con Juan, juega a hacerse el importante y el Guti se sienta a su lado mientras engulle media barra de pan con mortadela. Otra llamada hacia el interior, pero esta vez con el enfado de Juan: ¡Venga ya que te estamos esperando! Ya, ya voy, coño. Pero es que en realidad no tienes ganas de salir para aceptar la situación y dejar amontonados los problemas amorosos y otras contrariedades, y vuelves a la isla: un muro de piedra y la luz del neón reflejándose blanquecina en las comisuras de tus labios tristes y mudos como un pájaro en la noche. Mis manos jadeando en tu cuerpo bajo el mirar pétreo de la iglesia mora y la luna estacionada en tu pupila izquierda. Mi voz hablándote de cosas insolentes. Mis labios expirando. Tomando lentamente el borde de tus labios. Amando el cielo de tu boca, hundiéndose hasta ahogarse en el lago de tu saliva. Tus ojos cerrándose hasta que sucumbimos en una noche oscura donde nuestras bocas se hicieron de silencio en un instante largo. Mi lengua trazando un dibujo en tu boca. Tu boca trémula amparando mi exiliado labio y tu lengua parpadeando despacio. Mis brazos estrechando con firmeza tu cuerpo. Y en lo profundo de tu boca estabas tú y mi vida se detuvo un segundo en ese beso lábil, en el sabor a tabaco de tu boca, en la respiración de tus pechos flotantes. Resbalé mi mano por tu espalda y la acerqué a tu seno. Levantaste, entonces, tus párpados y me miraste como en un sueño.

 

5

Se sienta en el tocador y deja caer su rubia melena con reflejos de cobalto sobre la espalda desnuda para alisarla con el cepillo. Inquieta se levanta del asiento y va a mirar por la balconada, ve a unos chiquillos que corretean en el jardín alrededor de la fuente del Fauno, llama a su hermano Juvencio y le indica que vaya a otro sitio a jugar con sus compañeros, y el chaval asiente como diciendo sí Luci, lo haremos. Se siente desazonada pero no sabe por qué y vuelve a sentarse frente al tocador, carda su larga cabellera, se acicala, con la punta de los dedos haciendo círculos sobre su cara, reparte suavemente un cosmético hecho con harina de trigo toscano, goma, bulbos de narciso y miel. Piensa otra vez en el regreso de Valerio que coincidirá con las fiestas de verano, las carreras de cuadrigas, el teatro. Volverá victorioso y cargado de distinciones, y cuando nos encuentren por la calle nos felicitarán. Iremos hasta el templo de la Bona Dea y haremos un sacrificio. Se observa las manos y vuelve a estar soliviantada. Falta poco para su regreso y tendré que preparar una celebración en su honor. Un banquete con abundante vino, donde sus camaradas, sobre todo Craso Licinio al que tanto le gusta empinar el codo, se emborracharán, y donde no ha de faltar el lechón relleno con trufas y castañas, la tortilla de huevos de avestruz y los pastelillos de lengua de alondra. Mamá Porcia vendrá esta tarde a contarme, como siempre, que su Valerio está a punto de regresar y que sigue preocupada porque su pequeño comerá poco, y no se abrigará en las noches con ese resfriado que marchó y andará tosiendo todo el día hasta que le dé fiebre. Y estoy segura de que volverá más delgado porque tú no sabes cómo es de descuidado este hijo mío, y cuando te cases te ocurrirá a ti igual que deberás estar todo el día encima de él, porque si no... Y si papá Cornelio llega con ella me echará un piropo, porque cada día estás más guapa; no sabe bien mi hijo el tesoro que ha encontrado en ti Lucilia Clodia. Su regreso será una gran conmemoración y anunciaremos el día de nuestros esponsales, pero no sé qué me ocurre hoy que estoy tan nerviosa por este leve dolor que me oprime en el pecho. Será la llegada de Valerio o que va a cambiar el tiempo.

 

6

Granada es fría en invierno. Tiene los ojos febriles de buscar ocasos en el mar, hacia el sur. Trío de reyes al as. Se sonroja, hace una mueca, carraspea Agustín. Se ríe, se sube las gafas, se retrepa en el sillón y dice eso no te lo crees ni tú, Juan. Full de ases-reyes. Mira fugazmente el Guti, los mira a todos como si en ese momento lo acusaran de no limpiar el piso, de dejar los platos apilados en el fregadero para que las cucarachas practiquen alpinismo. Seguro que está. Apuéstate lo que quieras. El Guti hace una pausa: ¡Me cago en la vística! Todos ríen, pero Agustín más lejos: porque vuelvo ufano después del tres a cero, que nunca había jugado tan bien y en esas condiciones, y se despoja de la camiseta con el nueve, borracha de sudor y de sol, dejando su torso desnudo y la deja caer en un rincón. Se mantiene de pie mientras piensa que debe ducharse con los ojos encendidos por la victoria, noventa minutos jugados excepcionalmente, pateando el cuero de arriba abajo como mejor sabe hacer. Amontona la ropa en una esquina del cuarto y a eso llega la madre pisándole las ilusiones porque una tiene que estar todo el día como una mona, quitando y poniendo, que esta es la tercera lavadora que hoy pongo y que reviente una con vuestras cosas que sólo me dais trabajo, y que no te salga una novia y te cases ya. Pero la retahíla de su madre ya no importa porque todavía está justo en el segundo regate cuando chutó a la cepa del poste con aquel obelisco gritándole cabrón, pero como la pelota coló... Se le enciende la cara y suda de nuevo en el salón cuadrado, celeste, luminosa, con la alegría de un niño mientras en la radio suenan las últimas notas de ‘Escuela de calor’ que canturrea desafinando. Piensa de nuevo en la ducha fría y siente un frescor en la nuca, sale de la alcoba y baja hasta donde le espera el agua fresca y clorada. Y se ducha gratamente, veinte, treinta minutos, mientras otra vez le centran por la banda izquierda y salta para poder picarla hacia abajo con la testa... Y ya está ahí su hermano golpeando en la puerta del baño porque llevas ahí más de una hora y cuándo vas a salir que siempre te pasa igual. Otra vez en el dormitorio secándose, recostado desvestido sobre la cama para poder pensar que cuando llegó el esférico por la parte derecha y aguantó la entrada del defensa y le hizo una finta y cambió el sentido del juego mandando la bola hacia el extremo opuesto y como el defensor, al que había burlado, le dio una patada sin balón y a esto llega su hermano menor mientras se viste y déjame mil pelas que no llevo nada encima y me hace falta comprar cigarrillos que después te las devuelvo, en serio. Y le da el dinero y lárgate ya y no me des más el latazo y mientras se peina descascara la última jugada del encuentro en la que él estaba muy atrás y vio el centro que le hizo el siete y cómo despejó el cancerbero con los puños y se armó el barullo delante de la portería y llevándose la pelota con habilidad, fintando a un lado y a otro chutó con la zurda y goooool. Se pone un poco de perfume y se va caminando mientras escucha a su madre decir algo como que no vuelvas tarde a casa que tu padre se enfada y te comes fría la cena, que hoy hay algo especial... Se aleja pensando en lo de los goles y aquel señor amable que, al terminar el partido, le dijo chico eres un fenómeno, sigue así y llegarás a ser alguien en el fútbol el día de mañana...

 

7

Debía levantarse, continuar la lucha antes de que todo estuviera más oscuro, antes de que se hiciera más tarde. Aunque ya era tarde y, sin embargo, continuaba de bruces en el suelo con el relente que estaba cayendo y podía coger frío, ahora que el catarro ya estaba curado. Anochecía de forma remisa y Venus lucía al Este, con las últimas lumbres del ocaso que tintaban el horizonte de añil. No entiendo cómo no han venido a ayudarme, no me habrán visto. Si no fuera por esta maldita flecha que me atraviesa el pecho caminaría hasta el campamento. Silbaré para que vuelva mi caballo. Es extraño, pero nunca había visto un fulgor igual en las estrellas... Lucilia debería estar ahora conmigo. Todo permanecía en quietud y sólo los grillos rompían el manto sigiloso. La Osa Mayor comenzó a tomar posiciones en el alto cielo y la última luz se esfumó, pero pronto estaremos en Roma, sino fuera por esta flecha fastidiosa. Ya puedo ver las techumbres relucientes de la ciudad y se aprecia el eco de las voces, allí están los ciudadanos romanos, las matronas y las cortesanas, las calles llenas de muchedumbre, el saludo a los soldados heroicos que defienden el imperio. El pueblo vocifera jubiloso mientras nos acercamos por la vía Sacra hasta el Capitolio para agradecer a Júpiter por su poder, a Marte por su protección, ¡Ave César! ¡Viva Roma! César Augusto nos aguardará erguido y saludará brazo en alto: ¡Viva el Imperio! ¡Arriba Roma, valerosos guerreros! En una tribuna me aguardarán impacientes, mientras termina la ceremonia, mis padres, mi hermano, el senador Juliano Caleno y Lucilia con sus padres y su hermano. Anco Marcio me estará señalando con el dedo ante sus conocidos y les dirá, orgulloso, ese coronel es mi yerno, ese enhiesto jinete y valeroso soldado. Mamá estará intranquila hablando todo el rato sin parar y al verme me dirá que estoy más delgado, que ahora lo que tengo que hacer es comer y reposar algún tiempo en nuestra villa de las afueras para reponer fuerzas. Papá Cornelio, con su voz ronca, me referirá lo contento que está de mí y me abrazará fuertemente. Todos querrán estrecharme entre sus brazos y besarme. Juvencio pedirá que rápidamente le relate, con todo lujo de detalles, como ha transcurrido mi estancia en tierras bárbaras. Lucilia solo me mirará. Me observará sonriente y yo veré en sus ojos toda la luz de la mañana. No dirá nada con sus labios rojos, pero me hablarán sus pupilas y me sentiré cansado, cansado... como ahora.

 

8

Llega Pepe y son cinco a la mesa. Trae el frío de la calle tras de sí y un chorro de aire glacial inunda la habitación. Pepe investiga, ausculta el ambiente, se siente ufano y deja entrever que ni le van mal los asuntos con su novia, porque últimamente pasa algunas noches con ella. Se mete en su dormitorio y vuelve comiendo un bocadillo de chorizo o longaniza, embutidos que suele traer cuando baja al pueblo, y ya no dejará de roer hasta la hora de acostarse. La noche es invariable para el quinteto mientras fuera crece el silencio y el ronroneo de la ciudad se hace un mustio ronquido. Pasan las horas jugando al Mentiroso y también pasa la vida de puntillas.

 

Carmelo aparece como un fantasma, casi nunca está en el piso y pocas noches juega. El resto, Juan, el Guti, Antonio, Agustín, Pepe, cierran el círculo, y ríen y ríen aislados del mundo. Juan fuma hundido en su sillón y habla impostando la voz para decir este Mentiroso lo gano yo. Antonio se sonríe mientras ojea una revista y refiere que este tío la tiene más grande que tú, apuntando con la vista hacia Pepe que mordisquea su bocadillo. Carmelo mete prisa porque quiere acostarse temprano, aunque sean las cuatro de la madrugada. Agustín vuelca el cubilete sobre la mesa y vuelve a decir ¡Doble pareja de ases-damas! Están pegados a la realidad, como una estampilla a un álbum de cromos.

 

Y pensar en decir pocas cosas, pero con acierto, lo de siempre, vamos, el llanto y la risa, un proceso idílico de narración infinita, la intersección de diferentes planos que coinciden en un punto único, los cuentos cotidianos del día a día. Y partiendo de todas esas cuestiones que ocurren en mi cuento, de todos los cuentos que se dan en el cuento, yo soy el cuento.