Actoral
20.2.26
Subir al escenario de la vida a interpretar tu papel y entrar sin anunciarte, decir tu texto como puedas, sostener la mirada aunque tiemble la voz. Aparecer y desaparecer. No hay bises, no hay aplausos garantizados, y el telón cae incluso cuando todavía crees estar en el primer acto. Lo raro es que, aun sabiéndolo, seguimos buscando público, alguna aprobación que nos confirme, una ovación que nos absuelva del miedo. Pero la vida más que teatro, es un ensayo único. Nadie repite la escena del perdón, ni la del «te quiero» dicho a tiempo, ni la del abrazo que llega cuando hace falta. Todo ocurre una sola vez, y esa es su belleza y su herida. Quizá por eso conviene actuar con humildad, no para gustar, sino para ser auténtico. Hacer bien lo pequeño, cuidar el tono, no convertir al otro en figurante y cuando toque salir, salir sin rencor, como quien deja el escenario limpio para que otros acudan. La única ovación que cuenta es haber estado a la altura de tu propio silencio.
Etiquetas: análisis, comentario, reflexión
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