Mutismo

3.5.26


Le dio su palabra y desde entonces no ha vuelto a hablar con nadie. Al principio, fue un gesto. Una promesa pequeña, casi cortesía: te doy mi palabra. Pero al pronunciarla sintió algo físico, como si realmente se desprendiera de ella, como si la palabra —esa, la suya— hubiera cambiado de dueño. Intentó recuperarla. No pudo. Cada vez que abría la boca, no salía nada. Ni aire, ni sonido, ni intención. Como si el lenguaje necesitara aquella palabra inicial para empezar a existir. Aprendió a escribir pero escribir no era lo mismo. Las frases le nacían incompletas, cojas, incapaces de sostenerse. Le faltaba algo invisible, una raíz y con el tiempo dejó también de intentarlo. La gente lo llamó mudo y él no corrigió a nadie porque en el fondo sabía que no era silencio lo que le habitaba sino una deuda.


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