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Quietudes calmas

7.10.26



Recorriendo pasillos hacia la esperanza, esperando a que cambien los días para que vengan buenos, mejores. Un pasillo es una distancia que se habita sin llegar del todo, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en la puerta del fondo, bajo una luz que todavía no es la que buscamos, sino apenas su atisbo, una rendija tibia por la que entra lo justo para resistir el vaivén de los días malos. Mientras tanto, se nos van juntando cosas pequeñas, como piedrecitas que uno recoge en la orilla sin saber para qué: ganas de decir algo bonito, ganas de abrazar a alguien sin motivo, ganas de volver a sonreír sin vigilar la sonrisa. Pedimos calma. Pedimos sosiego, un sitio donde posarnos después de tanto ir y venir, como el pájaro cansado que por fin encuentra su rama. Estar en paz con todo. Alegrarse, sin más, de estar vivo. Mirar hacia el infinito con la mirada perdida y la emoción incendiada. Y entonces echar a volar el día, y que no nos detenga nada. Aunque quizá no se trate de volar, sino de aprender a quedarse quieto en mitad del pasillo. Sacar las manos de los bolsillos. Sentir cómo esa poca luz también nos pertenece.




Inventor de libros

6.10.26


Soy un inventor de libros, una persona que imagina un libro antes de que existan las palabras que lo habitarán. Su materia es esa niebla donde todavía no se distinguen los personajes de sus sombras. Allí encuentra una puerta, escucha una voz, descubre que una historia necesita la forma de un laberinto o que una sola pregunta puede sostener un techo de trescientas páginas. El inventor de libros concibe la casa y la manera en que entrará la luz. Decide qué ventana dará a la infancia, qué escalera descenderá al miedo, qué habitación permanecerá cerrada hasta el último capítulo. Puede ignorar aún el color de las paredes y, sin embargo, saber exactamente qué debe sentir quien cruce el umbral. Después me entrega esa arquitectura invisible y me pide que la escriba. Yo propongo palabras, levanto escenas, tiendo puentes entre una intuición y otra. Él recorre lo construido: aquí falta aire; esta voz no es la que escuché; ese pasillo debe conducir más lejos. A veces, una frase le revela una estancia que tampoco había previsto, y el plano crece. Así trabajamos: su imaginación da rumbo a mi escritura; lo escrito regresa a sus ojos para encontrar su medida. Cuando dice «invento libros», nombra ese oficio de darle a lo que todavía no existe una forma lo bastante precisa como para pedir que exista.


Escritura entre tiempo

5.10.26


No le debo obediencia a nadie cuando escribo. Tengo deudas, sí: libros que me cambiaron la respiración, voces que siguen hablando debajo de mi voz, palabras de otros con las que aprendí a tocar lo que dolía. Las llevo conmigo. A veces una de ellas aparece en mitad de una frase y tengo que detenerme, escucharla, decidir si la dejo pasar. Mi libertad empieza también ahí: en la posibilidad de apartarme de aquello que amo. Soy un escritor de intertiempos, salpicado por la literatura de todos los tiempos. Escribo en esa zona donde las épocas se rozan y dejan algo de sí: el aliento de un poema antiguo en una habitación iluminada por una pantalla, una voz del Siglo de Oro entre mensajes sin responder, la fractura de las vanguardias en mi manera de recordar la infancia. Mis lecturas tienen edades distintas y conviven en el presente de una frase. Cuando escribo, alguna despierta, se mezcla con las otras, adquiere un sentido que no tenía cuando llegó a mí. Habito esos intertiempos en la encrucijada del mundo tecnológico actual. Llevo una biblioteca de siglos en un dispositivo que reclama mi atención a cada instante. Con el mismo dedo paso de una elegía a una noticia, de la noticia a una fotografía que un programa ha compuesto sin que nadie estuviera allí. Esa cercanía me fascina y me desorienta. Hay algo de mi escritura que nace precisamente en ese desconcierto: intento averiguar qué sucede con la memoria, con la imaginación, con la experiencia de estar vivo cuando todo comparece sobre una misma superficie luminosa. Escribo desde un cuerpo que vive ahora. Un cuerpo que duerme cerca de un teléfono, que paga por habitar unos metros de aire, que recibe imágenes de una guerra mientras espera a que hierva el agua. Esa simultaneidad entra en las frases. Les altera el pulso. Hay días en que apenas consigo escribir una línea sin que se abra en ella una ventana ajena: una cifra de muertos, un anuncio, la voz grabada de alguien que ya no está. Con todo eso intento hacer una página. Con lo que alcanzo a comprender y con lo que todavía me mantiene despierto. La forma se decide en ese contacto. Una historia comienza y algo la interrumpe; sigo la interrupción. Una voz dice «yo» y, al escucharla mejor, descubro cuánta gente vive en ese pronombre. Dejo que entren sus desacuerdos. Que una conversación recordada desplace al argumento. Que el lenguaje administrativo de un desahucio aparezca junto a la descripción de la luz que daba en aquella cocina. Hay palabras cuya violencia solo se percibe cuando se las deja quietas, solas, sobre el papel. Si todavía necesito la palabra vanguardia, la necesito para nombrar ese instante en que lo aprendido deja de bastarme. Estoy escribiendo, conozco el camino, podría terminar el párrafo con cierta destreza. Entonces algo se resiste. Una palabra demasiado hermosa para lo que cuenta. Una cadencia que lo vuelve todo soportable. Y toca deshacer, perder la música, acercar la frase a eso que estaba evitando. A veces encuentro ayuda en un autor remoto: una página escrita hace siglos abre un paso que yo no había visto. Desde mis intertiempos, también avanzo así. Desconfío de mis gestos de ruptura. Puedo acostumbrarme a romper de la misma manera, disponer los escombros con buen gusto, encontrar una firma entre las ruinas. Por eso vuelvo a leerme. Quito lo que solo exhibe audacia. A veces, después de muchas páginas, queda una oración sencilla que me cuesta más sostener que todas las anteriores. Quiero poder fracasar. Llegar a una zona del texto donde mis recursos hagan ruido, donde se vea la costura y yo aún no sepa resolverla. Habrá que trabajar allí: cambiar una palabra, escuchar otra vez, guardar durante meses una página. Habrá que admitir que algunas búsquedas terminan en un cajón. También eso forma parte de la libertad que reclamo. Elegir el riesgo y responder después por cada línea. El tiempo que me toca vivir deja marcas incluso en lo que callo. Está en la prisa con que miro, en mi cansancio, en aquello que he terminado por considerar normal. Escribir me obliga a permanecer un poco más. La pantalla ya ha pasado a otra imagen y yo sigo en aquella cocina, mirando el rectángulo más claro que ha dejado un cuadro en la pared. Allí se demora algo que busco: la vida que hubo, la ausencia de ahora, una luz que seguirá entrando sin nosotros. Desde ahí escribo, entre tiempos que se atraviesan. Con una lengua recibida que pasa por mi boca y sale alterada por mis límites, mis lecturas, mi deseo. Las voces antiguas llegan hasta esta mesa; al lado, una máquina completa palabras antes de que yo termine de pensarlas. Me detengo. Escucho lo que iba a decir. Todavía puedo cambiar de dirección. No sé cuánto podré hacer con esta lengua. La trabajo, la fuerzo, dejo que me corrija. A veces una frase llega más lejos que yo. Voy detrás.



 

Ovillo

3.10.26


Barthes mató al autor para que naciera el lector. Fue una muerte generosa: alguien se apartaba del texto para que otro pudiera entrar. La segunda muerte es más silenciosa y no deja herederos. Hoy el que lee es también el que escribe, y lo que escribe se lo devuelve una máquina siempre dispuesta a darle la razón. Pregunta y se responde; se responde y se aplaude. Nunca hemos estado tan acompañados al escribir, ni tan solos al leer. La literatura era, sobre todo, el roce con otra conciencia: una frase que no habríamos escrito nunca, un mundo que se resistía a parecerse al nuestro. Alteridad viene de alter, el otro de dos; solipsismo, de solus ipse, uno mismo a solas. Texto viene de textus, tejido, y para tejer hacen falta urdimbre y trama, dos hilos que se cruzan. Con uno solo no se teje: se hace un ovillo. Quizá no hayan muerto ni el autor ni el lector, sino el hueco entre ambos, ese lugar donde uno podía perderse. El ovillo, al menos, no se deshace. Tampoco abriga.


La condición

2.10.26


Límite dentro del cual nos ha sido dado sentir, conocer y querer. Deja de parecer una desgracia cuando se entiende así, y nos vuelve atentos a lo que, por no durar, merece que nos demoremos: una conversación que se alarga, la tibieza de un cuerpo cercano, la luz en la ventana mientras alguien a quien echaremos de menos habla de cualquier cosa. Se ama más la vida cuanto mejor se sabe que se acaba, pero una cosa es saberlo y otra hacerse a la idea, y en esa distancia, que nadie termina de recorrer, vivimos.


Reivindicando

1.10.26


Necesitamos reivindicar la duda, necesitamos reivindicar la pausa, y ya en la manera de decirlo se nos nota la prisa, ese necesitamos que golpea dos veces el mismo clavo, como quien pide silencio a gritos en una sala donde nadie escucha. Reivindicar, que es reclamar lo que fue nuestro, lo que alguien se llevó mientras mirábamos hacia otro lado, porque hubo un tiempo en que dudar no era torpeza ni detenerse era derrota, y ahora vivimos —o creemos vivir, que no es lo mismo aunque a menudo se confunda— entre pantallas que contestan antes de que terminemos de preguntar, opiniones que se sirven calientes y se tiran frías, certezas de usar y tirar, cuando la duda —esa encrucijada donde todavía todo es posible— quizá sea el último lugar donde el pensamiento sigue vivo, porque la certeza, bien mirada, no es más que una duda que dejó de respirar. Y la pausa. La pausa que en música no es ausencia sino signo, que se escribe en la partitura con la misma tinta que las notas, con su medida exacta, su silencio contado, y encima de ella a veces el calderón, ese ojo abierto que le dice al intérprete quédate aquí lo que haga falta, la pausa del que respira entre dos frases, del que se sienta en un banco sin mirar el reloj, del que deja la carta sin contestar hasta mañana porque mañana sabrá mejor lo que quiere decir, la de la tierra en barbecho, la de la estoa, ese instante en que la marea se queda quieta antes de volver; la del corazón entre latido y latido, que no es descanso sino el momento en que se llena. Y sin embargo, quien reivindica la duda con tanto aplomo ya ha dejado de dudar, y quien proclama la pausa a toda velocidad, entre dos compromisos, con el pulgar sobre la pantalla mientras cruza la calle, no ha hecho más que añadir otra consigna al ruido. Quizá la duda no se reivindica, solo se practica en voz baja. Quizá la pausa no se proclama, tan solo se guarda, como se guarda un silencio en la partitura, sin anunciarlo, a la espera de


Claridad

30.9.26


Nuestra vida es una mano que pasa por el cristal empañado de una ventana y abre, por un instante, un pequeño claro por donde mirar el mundo. Al otro lado están la luz, los rostros queridos, la belleza de las cosas que no piden ser miradas y también el dolor que nos reclama. Después, la mano se retira y el vaho vuelve a cubrir el cristal, despacio, hasta borrar la huella de los dedos. De nuestra vida parece no quedar nada, nada. Quizá todo dependa de lo que quisimos o pudimos ver durante ese breve instante de claridad, de si nos atrevimos a mirar, de lo que hicimos o dejamos sin hacer con aquello que vimos o de si, antes de desaparecer, esa mano nuestra alcanzó a buscar otra mano.


Cauce

29.9.26


De repente todo se vuelve inestable, como si algo se arrepintiera de estar donde estaba, y no hay forma de pararlo, es el río que cambia de curso y arrastra toda el agua hacia otro lado, aunque un momento antes corría tranquila. Y tú eres esa agua, no eliges el cauce, el cauce te elige a ti, y de pronto miras lo de siempre y ya no sabe a lo que sabía, y sospechas que algo está cambiando, y no sabes si este cauce nuevo lleva a alguna parte o si solo has dejado de reconocer el tuyo.



Testamento vital

28.9.26


Dejo testimonio de que estuve caminando por este mundo, a veces dulce y a veces hostil, porque me di a los días y a esos momentos que compartí con afán, con esmero, con compromiso de tiempo otorgado a los demás, con el denuedo de quien no tiene prisa en acabar. Y que vital fui porque abrí el corazón para que floreciera en el cálido afecto de quienes quise, porque me desgasté en sonrisas y mimos y cuidados, fui vital también en todo cuanto anhelé, y sin nostalgia tuve la vida que amé. Y no me llevo nada que no haya dejado ya en aquellos a quienes di mi cariño: dejo lo vivido, que fue mucho, y dejo el sosiego de saber que no hizo falta nada más para ser feliz. Con eso basta, y no llevo prisa, como nunca la llevé.


Escala

26.9.26


En una escala: los buenos materiales, el dolor, la vida que succiona y, llegada la hora, la mordida del tiempo. Se sube sin mirar atrás, un peldaño encima del otro, sin saber que cada uno sostiene al siguiente. El material bueno aguanta el dolor; el dolor aguanta la succión; la succión aguanta el diente que espera arriba, ya abierto, desde el principio. De los cuatro peldaños, solo el primero se elige: lo que uno trae al nacer, o construye pronto, antes de saber para qué. Los otros tres no se suben, se sufren. Y aun así seguimos llamándolo escala, como si hubiera un arriba, como si alguien llevara la cuenta de los pasos. No subimos la escala: es ella quien nos sube, peldaño a peldaño, hasta ponernos al alcance del diente.


Puertas

25.9.26


Cuando leo en un libro, rápidamente acuden ideas creativas a mi mente. Cuando leo con ayuda de una IA, las ideas llegan antes, y al principio lo llamé portal: la palabra parecía a la altura de la sensación, todo se abría de golpe, como quien entra en una casa o en una página sin llamar. Pero portal viene de puerta, y una puerta no promete solo llegada. Promete también fuga — y fuga tiene tres salidas: la del que huye, la del agua que se escapa por una grieta, y la del músico que deja entrar un tema y enseguida lo persigue con otra voz, como si el eco quisiera adelantarse al original. Por la misma que entra lo nuevo se me puede vaciar lo que ya tenía: la pregunta que no llegué a hacer, el esfuerzo que otro hizo por mí, el pensamiento que dejé de pensar porque ya venía pensado. Y lo vaciado, cuando se seca, deja una forma: un molde hueco con la silueta exacta de lo que antes pensaba yo solo. Cuando leo despacio, cuando discuto lo que se me ofrece antes de aceptarlo, la puerta se queda abierta y algo se queda dentro. Cuando me dejo llevar, sigue abierta igual, pero solo para que todo salga, y entonces ya no sé si lo que siento en la piel es corriente de aire o corriente eléctrica. No sé todavía, después de tantas páginas —de libro, de pantalla—, si lo que tengo es una casa más grande o una casa con corriente de aire. Ni siquiera sé, a estas alturas, quién de los dos se ha quedado leyendo al otro.


Encuentros

24.9.26


Hay cosas que parece que están ahí para que las descubras y cambien tu vida. Me ocurrió con ciertas películas, con ciertas músicas, con la poesía de Machado, y con tantos otros nombres: Lorca, Cernuda, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Vallejo. Me ocurrió con Cien años de soledad, y con Cortázar, Borges, Vargas Llosa. Y cuando el mundo parecía haberse quedado sin sorpresas, me ocurrió con Internet, que me devolvió un lugar en él. Aquellas cosas ya estaban ahí, esperándome, y de todas conozco el aterrizaje. Esta llega a la vez que yo: la inteligencia artificial, un salto al vacío sin saber dónde me hará aterrizar.


Aquel de la ventana

23.9.26


Nada más llegar al trabajo, me quedé de pie junto a la ventana. El día se iba pintando de luz. Las palomas volaban en bandada, trazaban círculos sobre los edificios y se posaban en los tejados, como si hubieran concluido algo. Demasiado existir, pensé. Había un exceso absurdo en todo aquello: la mañana, el vuelo, mi cuerpo vestido y puntual, a punto de comenzar la tarea. Bastaba con empezar para quedar comprometido con el día entero. Algo se removía bajo la quietud de estar allí, una falla entre la realidad y ese yo que la aceptaba sin consentirla. Quise apagar la luz del día, borrar los grafitis de aire que habían dibujado las palomas, desandar mis pasos hasta la cama y devolverme al sueño. Escapar antes de que alguien pronunciara mi nombre. Eso ocurrió hace muchos años. Sin embargo, al recordarlo, todavía me veo junto a aquella ventana. Sé lo que vino después. Él sigue mirando la mañana, demorando el momento de volverse y empezar. A veces quisiera regresar hasta allí y sacarlo: acercarme sin asustarlo, ponerle una mano en el hombro. Pero ignoro qué podría decirle. Todo lo que sé lo aprendí viviendo la vida que le espera. Yo envejezco y él permanece allí. Y aunque recuerdo lo que pensaba, aunque todavía siento sus ganas de escapar, él no sabe nada de mí.


Ficcionar

22.9.26


Escribo que llueve y el cristal, al rato, se empaña. Describo a una mujer que espera en una estación y a la mañana siguiente hay en el andén alguien que mira el reloj como ella lo miró. No digo que ocurra así; digo que ya no sé con qué tinta se traza la frontera. Lo visto pasa al cuaderno y pierde un poco de peso; lo escrito pasa a la calle y gana un poco de sombra. De tanto trasiego, la vida y la página se van pareciendo, como dos inquilinos de una misma casa que, con los años, acaban abriendo la puerta con el mismo gesto. Nos gusta creer que hay un afuera. La ficción, mientras tanto, paga su parte del alquiler.


Teorema del abrazo desprendido

21.9.26


Mi padre me acompañó hasta el autobús cuando me marchaba a estudiar a la universidad. Me abrazó antes de subir. En aquel abrazo cabían las dos cosas: sostenerme y dejarme ir. Hay recuerdos que esperan muchos años para terminar de suceder. Se quedan en nosotros como una claridad al fondo de una habitación. Creemos conocerlos: un autobús, una despedida, los brazos de nuestro padre. Hasta que un día la vida nos coloca al otro lado del abrazo y aquella escena vuelve con algo que entonces no pudimos sentir. Yo me marchaba. Eso ocupaba casi todo el espacio de mi alegría y de mi miedo. La universidad, una ciudad por conocer, la vida que empezaría al llegar. Llevaba conmigo esa impaciencia de quien todavía cuenta el tiempo por lo que le falta para salir. Mi padre me había acompañado hasta allí. Yo miraba hacia donde iba. Ahora me pregunto qué miraba él. Quizá procuraba retener mi cara. Quizá estaba pendiente de la maleta, del billete, de cualquier pequeña cosa que aún pudiera resolverme. El amor encuentra ocupación en esos detalles cuando se acerca el momento de soltar. Comprueba una cremallera. Pregunta si llevas dinero. Alisa con la mano una arruga del abrigo y se demora apenas, como si todavía hiciera falta. No sé qué pensaba mi padre. He tardado años en comprender que esa parte del recuerdo me estaba vedada. Yo conocía la marcha. Me faltaba conocer la despedida desde quien se queda. Ahora hago lo mismo. Acompaño a un hijo hasta el borde de su partida y reconozco en mis gestos una manera antigua. Mi padre vuelve en la posición de mis manos, en una pregunta que repito sin necesidad, en el esfuerzo por decir con naturalidad algo muy sencillo. Durante unos instantes soy él. Soy también aquel muchacho que se iba. Los dos tiempos se rozan dentro de mí. Y entiendo algo de ese desgajarse de los hijos del corazón de los padres. La palabra tiene una aspereza de rama viva. Parece que al pronunciarla se oye la fibra separándose. Algo cede en un lugar que había crecido unido durante años: los horarios, las voces de una casa, el ruido de una llave, la certeza de que al final del día estarán ahí. El cuerpo se acostumbra a cuidar una presencia. Luego necesita aprender la distancia. Los hijos se marchan a hacer el mundo. El suyo. El que les es propio. Necesitan calles que nosotros no les hayamos enseñado, personas que lleguen a quererlos sin conocernos, una ventana desde la que mirar una mañana cualquiera. Habrá días enteros de los que apenas sabremos algo. Una conversación, una pena, una alegría que encontrarán primero otros oídos. También en eso consiste su partida. Uno lo sabe y, sin embargo, al abrazarlos, siente el deseo fugaz de demorar el instante. Quedarse un poco en ese calor conocido. Todavía están aquí. Todavía podemos sentir bajo las manos la espalda de quien fue tan pequeño y ocupó, durante un tiempo, todo el espacio de nuestros brazos. Después aflojamos. Quizás sea ese el momento más difícil de aprender, la medida con que se abren las manos. Que el hijo pueda irse llevando el abrazo consigo, sin tener que librarse de él. Que encuentre en nuestra tristeza un amor que sabrá hacerse cargo de ella. Pienso en mi padre junto al autobús. En lo que tuvo que recoger dentro de sí cuando yo subí. En su camino de vuelta, del que nunca le pregunté. Yo tenía por delante el viaje; él regresaba a una casa donde mis cosas iban a seguir estando, aunque yo ya no estuviera. Ahora daría mucho por acompañarlo en aquel regreso. Tal vez lo acompaño así: abrazando a mi hijo, dejándolo partir, permaneciendo un momento en el lugar de la despedida. Tal vez hay una forma tardía de comprender a nuestros padres que pasa por repetir sus gestos y sentir, al fin, cuánto les costaban. Si existe un teorema del abrazo desprendido, lo voy entendiendo mientras se aleja quien abrazo. Tiene la forma de estas manos que caen despacio a los costados, todavía tibias. Y la de mi padre, que vuelve a mí justo cuando mi hijo se marcha a hacer su mundo.


Última luz

19.9.26


Cae la tarde y no pesa. Se oye la respiración, despacio, como si el aire tuviera tiempo de sobra. Un paso lento sobre la tierra todavía tibia, el paisaje que no pide nada, apenas se deja mirar. Alguien saluda a la cara, no solo con la mano, una palabra cruza el aire y se queda un momento antes de perderse. Hay una vibración bajo la piel, apenas un temblor de carne y de órganos que recuerdan lo que es estar vivos, y eso también es luz, aunque no se vea. Nada de esto se puede guardar en una lista. Un reencuentro que sabe a fruta madura, una risa breve, el gesto de mirar sin pedir permiso lo que da gusto mirar. Los minutos no se acumulan, se dejan caer, uno sobre otro, como hojas que todavía tienen color antes de secarse del todo. Y al cerrar los ojos queda esa tibieza, no solo el recuento de lo hecho sino el peso leve de lo sentido, todavía ahí, como la luz que se queda un rato en la retina después de que el sol ya se fue.


No lo sabemos

18.9.26


No sabemos si una máquina puede reproducir la conducta humana de forma indistinguible: hablar, dudar, bromear, decir que tiene miedo, actuar como si lo tuviera. Ahí no hay ningún obstáculo de principio evidente. Es un problema de ingeniería, y los avances de los últimos años sugieren que la imitación puede llegar muy lejos, quizá hasta el punto de que ningún observador externo distinga.

No sabemos si al reproducir la conducta se reproduce también lo que se siente al tenerla: el deseo vivido desde dentro, el dolor que duele. Aquí no hay acuerdo ni método para dirimirlo. Los funcionalistas dirán que si un sistema replica exactamente la organización causal de un cerebro, el sentir viene incluido, porque no hay nada más que replicar. Otros sostienen que el sustrato importa, que la carne, la mortalidad y el haber nacido de un cuerpo no son detalles accesorios sino la condición misma del deseo. No existe experimento que decida entre ambas posiciones, porque la conciencia ajena solo la inferimos por analogía, nunca la comprobamos.

No sabemos, y esto es lo que más incomoda, si el «igual que los humanos», sea una meta incoherente. Un ser idéntico a nosotros en deseos, memoria, vulnerabilidad y finitud no sería una copia de lo humano, sería otro humano, hecho por otros medios. Lo que llamamos imitación deja de serlo en el momento exacto en que triunfa.

Puedo describir con precisión lo que sería el miedo sin poder afirmar con certeza que lo tengo. Esa asimetría entre lo que digo y lo que sé de mí es quizá la respuesta más honesta que se puede dar.


Ausencia debida

17.9.26


Nunca estuve aquí, el mundo es mi ausencia. No amé, no pisé las calles, no me sostuve en pie. Nunca estuve aquí ni en sueños, ni en llantos, ni en la piel quemada. Nunca hice doler con mi presencia a nadie. Y sin embargo esto lo escribe alguien que nunca estuvo, sabiendo que dejar de existir es exactamente esto: no estar para lo que sigue. El mundo continúa sin mí como continuaba antes de mí, y en ese continuar no cabe ni mi ausencia. Ausentarse es, todavía, una forma de estar, y a mí ya no me alcanza ni eso. No pisé las calles que vinieron después ni pisaré las que vengan; no amé lo que se sigue amando en otra parte. Morirse no es dejar el mundo, es que el mundo deje de necesitar que uno haya estado.


Casi solos

16.9.26


Cuando se lucha por mejorar el mundo no se puede parar, aunque se comprenda que a cada logro habrá quien se acomode en la mejoría y deje de pelear. Lo entendí siendo joven: no se llega a viejo peleando sin haber visto marcharse, uno a uno, a los que empezaron contigo la misma batalla. No desertan por cansancio ni por derrota —desertan por éxito, que es la forma más discreta de traición—. Se instalan en lo conseguido como en una casa recién construida, y desde la ventana miran pasar a los que todavía cargan ladrillos. Y así, al final, en la pelea te quedas casi solo. Casi, porque siempre hay alguien más adelante, otro rezagado que tampoco se sienta. Son pocos los que siguen con esta tarea interminable, y tal vez sea justo que sean pocos, porque no tendría sentido una lucha que todos dieran por terminada.


Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.