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Ausencia debida

17.9.26


Nunca estuve aquí, el mundo es mi ausencia. No amé, no pisé las calles, no me sostuve en pie. Nunca estuve aquí ni en sueños, ni en llantos, ni en la piel quemada. Nunca hice doler con mi presencia a nadie. Y sin embargo esto lo escribe alguien que nunca estuvo, sabiendo que dejar de existir es exactamente esto: no estar para lo que sigue. El mundo continúa sin mí como continuaba antes de mí, y en ese continuar no cabe ni mi ausencia. Ausentarse es, todavía, una forma de estar, y a mí ya no me alcanza ni eso. No pisé las calles que vinieron después ni pisaré las que vengan; no amé lo que se sigue amando en otra parte. Morirse no es dejar el mundo, es que el mundo deje de necesitar que uno haya estado.


Casi solos

16.9.26


Cuando se lucha por mejorar el mundo no se puede parar, aunque se comprenda que a cada logro habrá quien se acomode en la mejoría y deje de pelear. Lo entendí siendo joven: no se llega a viejo peleando sin haber visto marcharse, uno a uno, a los que empezaron contigo la misma batalla. No desertan por cansancio ni por derrota —desertan por éxito, que es la forma más discreta de traición—. Se instalan en lo conseguido como en una casa recién construida, y desde la ventana miran pasar a los que todavía cargan ladrillos. Y así, al final, en la pelea te quedas casi solo. Casi, porque siempre hay alguien más adelante, otro rezagado que tampoco se sienta. Son pocos los que siguen con esta tarea interminable, y tal vez sea justo que sean pocos, porque no tendría sentido una lucha que todos dieran por terminada.


Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.


Envanecidos

14.9.26


Hay una liturgia menor que acompaña a las letras: galardones, estrados y nombres leídos ante un público que aplaude sin haber leído una línea. Se llama prestigio y se sirve dorado a quien ya no necesita comer, sino que lo fotografíen masticando. Los premiados se hinchan con la dignidad del pavo real que se cree fénix. Vanidad viene de vanus, vacío: pocas proezas igualan la de llenar el vacío de aire, llamarlo altura y cobrar por la ceremonia. Suben al estrado perfumados de humildad —«esto es de todos, yo solo puse el nombre»— y veneran el mismo altar que de jóvenes ridiculizaban en un bar. El gremio funciona como una cofradía de pueblo: se premian, se citan y se fotografían entre sí; cuando falta un jurado imparcial, nombran a otro de la familia. Cada premio se exhibe como un pedigrí, como si la literatura tuviera linajes y los jueces expidieran certificados de pureza. El laureado deja de escribir entre sus semejantes y empieza a escribir por encima de ellos. Olvida que ningún jurado ha demostrado todavía saber distinguir una buena frase de una frase bien recomendada porque el talento no se hereda por certificado, se prueba en la línea que cada uno firma cuando nadie está mirando.


Pudor

12.9.26


En mi juventud, ser poeta tenía algo de luz sobre los hombros. Llevaba los versos de un lado a otro, recién escritos, todavía tibios. Los dejaba asomar en las conversaciones y pronunciaba la palabra poeta con un secreto temblor de vanidad. Detrás estaban los grandes nombres, como figuras recortadas en la niebla: Rimbaud, Machado, Vallejo, Gil de Biedma, Neruda, Cernuda, Borges, Cortázar, Quevedo, Garcilaso… Los decía despacio. Cada nombre abría una ventana. Quizá esperaba que algo de aquella claridad cayera también sobre mí. Ahora no. Ahora la poesía se parece más a un papel doblado en el bolsillo. Está ahí, pero no lo muestro. Me da pudor entrar con mis versos en la vida de quienes caminan deprisa, pendientes de una cita, de una deuda, de un hijo, de una llamada que no llega. Rostros cansados bajo la luz de los comercios. Manos que buscan las llaves. Ojos detenidos un instante ante un semáforo. Los observo avanzar entre sus deseos y sus dificultades, con el tiempo justo y la paz escasa. Y mis versos, tan ajenos a sus urgencias, permanecen en el bolsillo, rozando apenas la tela mientras camino entre ellos.


Usufructo

11.9.26


Hay una edad en que la casa deja de ser de los padres durante unas horas y se vuelve, sin escritura ni testigos, completamente tuya. No la compraste pero te la prestó su ausencia. Ellos salían —a trabajar, a visitar, a existir en otra parte— y la puerta, al cerrarse detrás de su marcha, sonaba distinta: no como un cierre, sino como una toma de posesión. La casa entonces respiraba a tu ritmo. Callaba si tú callabas, se llenaba de música si subías el volumen sin miedo a que nadie golpeara la pared con los nudillos. Los pasillos se volvían territorio sin dueño anterior y podías atravesarlos sin encontrarte con nadie, sin ese pequeño ajuste de la cara que exige la presencia de otro. Y sin embargo —aquí la contradicción que nunca se resuelve— la soledad no bastaba porque había que llamar a alguien, contarle que la casa era tuya por una tarde, como si la posesión solo se completara nombrándola en voz alta a un testigo ausente. Quizá poseer nunca fue tener llave sino esa hora exacta en que nadie viene a interrumpir el eco de los propios pasos.


Frenazos

10.9.26


Todos nos pasamos de frenada en las inercias de la urgencia cotidiana. Se nos va la mano en el tono de voz, en el pronto, en el gesto airado, en el enfado que dura tres segundos de más y ya ha dicho lo que no pensaba decir. No es que midamos mal la distancia, es que ni siquiera llegamos a frenar, arrastrados por la velocidad de un día que empezó con prisa y no ha sabido detenerse desde entonces. Yo también me he pasado de frenada con quien más quiero, más de una vez, y todavía no sé frenar mejor. Solo sé, ahora, frenar antes.


De reto a rato

8.9.26


Cuando eres joven, la vida es un reto continuo. Todo parece estar delante: el amor, el trabajo, los viajes, las victorias y hasta los fracasos. Vivir consiste en alcanzar algo, superar una prueba, demostrar quién eres. El tiempo se extiende como un territorio inagotable y uno avanza por él con la impaciencia de quien confunde la vida con la conquista. Al envejecer, la vida deja de ser un reto y se convierte en un rato. Ya no importa tanto llegar como permanecer, no tanto vencer como estar. El tiempo, antes abundante y abstracto, adquiere la fragilidad de lo que puede terminar en cualquier momento. Una conversación, un paseo, una comida compartida o una mañana sin dolor se vuelven acontecimientos suficientes. La juventud quiere hacer algo con la vida. La vejez comprende que la vida era, sencillamente, ese rato durante el cual estuvimos aquí. Cuando eres joven, la vida es un reto, cuando eres viejo la vida es un rato.

La intuición de la sombra

7.9.26


La inteligencia artificial puede parecer intuitiva. Reconoce patrones, anticipa resultados y descubre relaciones donde nosotros apenas presentimos una corazonada, pero su intuición nace de los datos, la nuestra, de la vida. Nosotros intuimos con la memoria y con el cuerpo, con el miedo, el deseo y las heridas. La máquina puede alcanzar la misma conclusión, incluso antes y con mayor acierto, aunque llega hasta ella sin inquietud ni esperanza. Y puede obtener el resultado de la intuición sin experimentar el acto de intuir porque para tener intuición humana no basta con poseer información, hace falta tener mundo, no solo memoria sino biografía, ni solo capacidad de predecir sino algo que perder. La IA puede reconocer la sombra antes de que caiga. Lo que no sabemos es si alguna vez sentirá la amenaza de la noche.


Noche en blanco

5.9.26


La falta de sueño provoca en los guionistas malas películas; en los pensadores, máximas tortuosas; en los matemáticos, conjuntos vacíos, y en los astrónomos, agujeros negros. El insomnio tiene la habilidad de hacerse pasar por inspiración. Durante la noche, cualquier ocurrencia parece luminosa, quizá porque no hay otra luz con la que compararla. Las ideas desfilan solemnes por la cabeza y uno, demasiado cansado para juzgarlas, las recibe como revelaciones. Después amanece y las palabras recuperan su verdadero tamaño. En las personas que escriben, una noche en blanco suele producir páginas igualmente blancas o, lo que es peor, redacciones tan ridículas como esta.


La mano que busca un plan

3.9.26


Todo empezó en la mano. Una mínima variación permitió que el pulgar y el meñique se encontraran. Nadie calculó aquel movimiento ni imaginó la aguja, el pincel o la pluma. La nueva disposición simplemente resultó útil porque facilitaba sujetar una piedra, pelar un fruto o aferrarse al cuerpo materno. La ventaja se repitió durante tantas generaciones que terminó pareciendo un proyecto. Dawkins llamó «relojero ciego» a ese proceso sin conciencia ni propósito. La evolución no contempla el resultado, no dibuja planos ni anticipa la utilidad futura. Conserva lo que funciona y desecha lo que fracasa. Sin saber lo que hace, levanta catedrales de complejidad: el ojo, la mano, el lenguaje. El Juego de la Vida de Conway reproduce ese misterio en una cuadrícula. Unas pocas reglas elementales generan estructuras que se desplazan, se reproducen y parecen perseguir su propia permanencia. Nadie diseñó directamente esas figuras que emergieron cuando la simplicidad dispuso de tiempo suficiente. ¿Será también el universo un inmenso tablero cuyas reglas, ejecutadas durante millones de años, han producido seres capaces de contemplarlas? La hipótesis de la simulación introduce un programador inicial; la evolución, en cambio, prescinde incluso de él. Una nos deja ante un creador sorprendido por su criatura; la otra, ante unas reglas que actúan ciegamente en la oscuridad. Quizá el pulgar, el relojero, el juego y el universo solo se diferencien en la escala del asombro. En todos, algo simple y sin intención termina adquiriendo apariencia de diseño. Lo extraordinario no sería que detrás de las cosas existiera un plan sino que una mano nacida sin propósito haya terminado sosteniendo el lápiz con el que necesitamos imaginarlo.


Silenciosos

2.9.26


Nos enseñan a tomar la palabra pero nadie ofrece un taller para callar. Como si el silencio fuera apenas lo que queda cuando las palabras terminan y no una disciplina en sí misma, acaso la más ardua. El zen sabe que hay verdades que el habla no alcanza. El mushin, la mente sin mente, no es mudez sino una atención tan plena que ya no necesita traducirse en ruido. Hablar bien es ordenar el mundo con palabras pero callar bien es soportarlo sin ordenar. Hablar nos protege porque mientras suena nuestra voz ocupamos el espacio y aplazamos la escucha. El charlatán no es quien ama las palabras sino quien teme lo que asoma entre ellas. 


Masticar

1.9.26


Comer solo es un ejercicio de melancolía. Quien come solo no sólo mastica la ausencia: digiere la espesura de la desolación. La mesa, dispuesta para uno, guarda el hueco de los que no vienen, y en ese hueco cabe todo lo que fuimos y ya no somos. El plato repite, día tras día, la liturgia de una eucaristía sin comulgantes: se parte el pan, pero nadie lo comparte. Comer, que empezó siendo un acto de la especie —el fuego, el cerco, las manos tendidas—, se ha vuelto un rito privado, casi clandestino, donde el cuerpo se alimenta mientras el alma ayuna. Y sin embargo hay una dignidad terca en sentarse igual, en poner el mantel, en no rendirse a comer de pie sobre el fregadero: quien pone la mesa para uno todavía cree que merece ser esperado. ¿O es que ese cubierto solitario no espera, en el fondo, a quien nunca dejó de faltar?


Las huellas de la conciencia

31.8.26


La inteligencia artificial no puede entrar en nuestra conciencia. No sabe lo que pensamos, pero observa las huellas que dejamos al pensar: lo que buscamos, elegimos, rechazamos, compramos o contemplamos. Con esos rastros construye una sombra de nosotros, un gemelo estadístico capaz de anticipar algunos de nuestros pasos, pero que no se limita a observar el camino, porque también decide qué noticias veremos, qué anuncios nos perseguirán y qué posibilidades aparecerán ante nosotros. Primero aprende por dónde solemos caminar. Después modifica el paisaje. La IA no necesita leer nuestra mente para influir en ella. Le basta con conocer nuestras huellas y colocar señales en el camino.


El reparto

29.8.26


Una pareja de ancianos simétricos se reparte la lectura del periódico. Él sostiene las páginas pares, ella las impares, y a media mañana intercambian los pliegos con el gesto exacto de quien lleva sesenta años cediéndose el mundo por mitades. No se dicen nada. Ya se lo han dicho todo, o han descubierto que casi todo sobraba. Leen las esquelas primero, como quien pasa lista a los ausentes antes de empezar la jornada. Después el los número de los juegos de azar, aunque nunca toca nada. Después las noticias de un país que ya no es del todo el suyo, gobernado por caras que no reconocen, sacudido por urgencias que no les alcanzan. Leen la vida de otros para no tener que leer la propia, o quizá al revés: leen la de otros porque es la única manera que les queda de leer la que fue suya. Y cada uno, tras su mitad del periódico, lee en realidad lo mismo. La que ya no está. La que se marchó sin avisar, un día cualquiera, mientras doblaban una página. La que ahora recuperan a plazos en el rayo de sol que atraviesa la cocina y se posa sobre el hule, en la taza que aún humea, en el otro que sigue ahí, al otro lado de la mesa, sosteniendo su parte. El periódico se lee y se tira. Ellos no. Ellos vuelven cada mañana a repartirse las hojas, a intercambiarlas, a envejecer con esa simetría paciente de las cosas que se gastan juntas. La brizna de tiempo que les queda cabe entera en ese gesto, el de dividir para seguir teniendo. ¿Y no fue siempre eso el amor? Repartirse las páginas de algo que ninguno de los dos alcanza a leer entero.




El espejo memorioso

28.8.26


Existe un espejo que conserva todas las imágenes que han pasado ante él, pero solo devuelve una: la de quien ya no volverá. Los demás espejos son honestos porque olvidan. Sueltan cada rostro cuando se aleja y amanecen vírgenes, fieles a lo presente porque no guardan nada. Este, en cambio, contrajo el vicio de recordar. De tanto acumular caras, terminó eligiendo la que faltaba. Y ahora no refleja sino que acecha. Es el espejo del pasillo de una casa vacía, el que mucho después del entierro insiste en devolver al ausente. No sirve a la vanidad de quien se mira pues no confirma que esté allí, tan solo le recuerda que otro ya no está y sin embargo, realiza la obra piadosa que ningún otro objeto suele acometer, y mientras exista una superficie que lo recuerde algo de quien pasó continúa pasando. Eso son los libros, espejos averiados que alguien dejó encendidos. Conservan una voz cuando ya no queda una boca, una mirada cuando se han cerrado los ojos. Quizá por eso escribimos, para dejar un espejo que siga recordándonos cuando ya no haya nadie delante.


El otro ajedrez

27.8.26


Las máquinas han superado al ser humano en el ajedrez. Encerradas en un tablero de sesenta y cuatro casillas y treinta y dos piezas, han aprendido a calcular con una rapidez vertiginosa, a descubrir estrategias que parecían ajenas a nuestra imaginación y a volver ineficaces las mejores respuestas humanas. AlphaZero demostró hasta qué punto una máquina podía aprender el juego y encontrar por sí misma nuevas formas de jugarlo. Pero yo prefiero otro ajedrez, el que se disputa cada día fuera del tablero. No contra los demás sino contra las dificultades y los obstáculos; contra las celadas del destino y los caprichos del azar. Un juego en el que desconocemos las reglas, no vemos todas las piezas y rara vez podemos calcular la siguiente jugada. En este ajedrez también sufrimos nuestro particular zugzwang, esos momentos en los que estamos obligados a movernos, aunque cualquier decisión parezca empeorar nuestra posición. Las máquinas quizá hayan resuelto cómo derrotarnos sobre sesenta y cuatro casillas, pero todavía nos corresponde a nosotros aprender a no declararnos vencidos en el tablero incierto de la vida.


Junto al rebalaje

25.8.26


Tiene los brazos tostados hasta la mitad, y el pecho blanquecino como el resto del cuerpo, salvo la franja del cuello, de un moreno rojizo. Su piel cuenta lo que él no dice: que trabaja al aire libre, donde le da el sol. Sé cómo se llaman los niños porque lleva toda la mañana diciéndolo. Valeria, no te alejes. Fernando, la gorra. Los nombres completos, sin diminutivos, como se nombra a quien se teme perder de vista. Los cuida, en la orilla, con corrección pero se le nota cierta incomodidad, una torpeza en el gesto, como si faltara alguien que pusiera el reglamento afectivo. Les da la crema a manotazos, con esa prisa de quien ha visto hacerlo mil veces y nunca lo ha hecho. Vigila más de lo que juega. Al terminar la mañana recogen la sombrilla y los enseres y lo cargan todo deprisa, como quien cumple un plazo. Se van. Y uno se queda pensando si lo que termina a esa hora es la playa o es el turno.



Disolvencia

22.8.26


En el cine de antes llamaban disolvencia a ese instante en que una imagen se retira mientras la siguiente aparece: durante unos fotogramas conviven las dos, transparentes, y no hay ojo capaz de señalar el momento exacto en que la primera dejó de estar. Los proyeccionistas sabían que nada termina de golpe y que las cosas se van quedando. Tengo desde hace un tiempo el sentimiento de haberme ido estando aún aquí. Ocupo mi silla, contesto a mi nombre, cumplo con mis gestos y, sin embargo, algo mío ya no comparece. Me sorprendo despidiéndome en secreto de las cosas —de una calle, de una costumbre, de ciertos rostros— sin encontrar las palabras con que decir adiós, quizá porque el adiós ya ocurrió en alguna parte sin contar conmigo. Eso es lo que más me desconcierta, no la disolución sino no haber estado en ella. Uno espera asistir al menos a su propia retirada, firmar algo, apagar la última luz, pero la presencia no se apaga, tan solo se traspapela. Y son siempre los otros quienes guardan la imagen nítida de un hombre que, por dentro, ya era transparente. Siempre creí que irse era un acto pero voy aprendiendo que es una erosión. En la pantalla, al menos, la disolvencia promete y si una imagen se retira es porque otra viene a ocupar su luz. Lo que no sé es qué se anuncia detrás de la mía, o si la imagen siguiente ya está aquí, revelándose tan despacio que la estoy confundiendo conmigo.


Enhebrar

21.8.26


De pequeño, mi abuela me pedía que le ensartara la aguja. Ella decía ensartar, que es palabra de mimbre y de cocina y yo aprendí mucho después que se decía enhebrar, y todavía no sé si la palabra culta ha mejorado alguna vez una puntada. Me llamaba con la hebra ya mojada en los labios, me la tendía junto a la aguja y esperaba sin prisa, porque sabía que mis ojos de niño acertaban a la primera. Yo atravesaba aquel ojo mínimo con la solemnidad de quien cumple un cargo público. Era mi primer oficio: prestar la vista. Ella ponía todo lo demás, que era todo —el pulso, el dedal, el zurcido, la paciencia—, y durante años creí sinceramente que sin mí no se cosía en aquella casa. Ahora que la letra pequeña se me va quedando lejos, entiendo que no me pedía ojos: me enseñaba el turno. En su mesa camilla aprendí, sin saberlo, ese reparto por el que unos ven y otros cosen, y que amar consiste casi siempre en aceptar la mitad de la tarea que te toca. Hoy soy yo quien enhebra a solas, con menos vista y más vida, y lo que ensarto ya no es hilo sino los días, nombres, ausencias —hebras que mojo en la memoria para que pasen por el ojo estrecho de la página. Coso mi corazón como ella cosía los calcetines por dentro para que el remiendo no se vea. Y solo una cosa me inquieta de este oficio heredado. Ella siempre tuvo un niño al lado a quien tender la aguja. Yo escribo, y todavía no sé si escribir es enhebrar o es, apenas, seguir mojando la hebra mientras espero que alguien acierte con el ojo que ya no encuentro.