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El pozo del conocimiento

16.10.26


Cada paso en el conocimiento atómico y cosmológico nos precipita a un pozo más profundo de desconcierto. Cuanto más penetramos en la intimidad de la materia y en la inmensidad del universo, más se ensancha el territorio de lo inexplicable. Lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande parecen encontrarse en una misma paradoja: cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestra ignorancia. La ciencia ilumina regiones de la realidad que ni siquiera sospechábamos pero cada descubrimiento desplaza las fronteras del misterio. Hemos aprendido a interrogar a los átomos y a escuchar los ecos del origen del universo, sin haber resuelto del todo qué es la realidad que interrogamos ni qué lugar ocupa en ella nuestra conciencia. Quizás conocer no consista en salir de la oscuridad sino en descubrir su verdadera profundidad.


Sujetarse a la palabra

14.10.26


No hay decepción posible que justifique la rendición. La escritura puede contrariarte, dejarte ante una página donde nada parece responder a lo que buscabas. Pero incluso ahí queda una palabra a la que sujetarse, una frase desde la que continuar. Decir que nada puede detenerte no significa que seas invulnerable. Significa que también puedes escribir desde la grieta. Lo que te quiebra encuentra una forma; lo que no comprendes empieza a mostrar sus contornos cuando intentas nombrarlo. A veces escribir consiste apenas en permanecer junto a una pregunta. Tienes que sujetarte a cada palabra, a cada frase escrita, a cada texto encarnado. Poner atención en aquello que has conseguido decir y escuchar cuánto queda todavía por decir. Una palabra exige otra, una frase descubre una fisura, un texto te devuelve a la experiencia de la que nació. Habrá días en que debas borrar casi todo. Que al menos una línea sobreviva al examen. Y si ninguna merece quedarse, que permanezca la disposición a volver: la mano cerca de la página, la atención despierta. La escritura no te exige salir intacto. Te exige encontrar palabras con las que seguir.


La noche

12.10.26

Hay un parecido entre las palabras que nombran la noche y las que nombran el ocho en varias lenguas europeas. Noche y ocho, notte y otto, night y eight. Al oído le basta esa proximidad para empezar a imaginar parentescos. Después llega la filología, comprueba los papeles y nos devuelve a una realidad menos complaciente. Pero queda el ocho, que al acostarse adopta la figura del infinito. Me gusta pensar en ese número cansado de contar. Durante el día hemos sido una contabilidad: horas, pasos, llamadas, asuntos pendientes. Hasta el descanso tenía una duración prevista. Ahora el ocho se tumba y pierde la cuenta. Nosotros también nos tendemos. Dejamos sobre una silla la ropa que nos daba forma ante los demás. El cuerpo encuentra entre las sábanas una postura antigua, anterior a las obligaciones, y durante un rato no hay que sostener el nombre, la edad, las opiniones. Alguien apaga una luz. Al otro lado de la pared todavía se oye una televisión. El sueño tarda. Regresa una conversación de hace años, aparece la cara de alguien que ya no vive, una preocupación pequeña ocupa media cama. El reloj conserva sus medidas, pero aquí dentro las horas se ensanchan, se atascan, desaparecen. A mi lado, una respiración empieza a hacerse más lenta. Busco con el pie el lugar fresco de la sábana.

Sin rendición

10.10.26


En la vida te rindes o no te rindes. El final es el mismo aunque el camino cambia. Hay una resistencia que consiste en querer detener lo inevitable, y otra en no aceptar que todo deba suceder como está establecido. La primera nos agota; la segunda puede abrir una posibilidad. No rendirse no es impedir que pase el tiempo. Es seguir tomando parte en la vida mientras pasa. Dejar que nos transforme sin permitir que decida por nosotros qué deseos debemos abandonar, qué palabras ya no podemos decir, qué lugar nos corresponde. El tiempo no es cobarde: transcurre. La cobardía, quizá, sea relegarnos antes de que lo haga nadie, dar por terminado lo que todavía nos importa. El final puede ser el mismo, pero el haber vivido a nuestra manera cambia lo que llevamos hasta él.


Ovillo

3.10.26


Barthes mató al autor para que naciera el lector. Fue una muerte generosa: alguien se apartaba del texto para que otro pudiera entrar. La segunda muerte es más silenciosa y no deja herederos. Hoy el que lee es también el que escribe, y lo que escribe se lo devuelve una máquina siempre dispuesta a darle la razón. Pregunta y se responde; se responde y se aplaude. Nunca hemos estado tan acompañados al escribir, ni tan solos al leer. La literatura era, sobre todo, el roce con otra conciencia: una frase que no habríamos escrito nunca, un mundo que se resistía a parecerse al nuestro. Alteridad viene de alter, el otro de dos; solipsismo, de solus ipse, uno mismo a solas. Texto viene de textus, tejido, y para tejer hacen falta urdimbre y trama, dos hilos que se cruzan. Con uno solo no se teje: se hace un ovillo. Quizá no hayan muerto ni el autor ni el lector, sino el hueco entre ambos, ese lugar donde uno podía perderse. El ovillo, al menos, no se deshace. Tampoco abriga.


Claridad

30.9.26


Nuestra vida es una mano que pasa por el cristal empañado de una ventana y abre, por un instante, un pequeño claro por donde mirar el mundo. Al otro lado están la luz, los rostros queridos, la belleza de las cosas que no piden ser miradas y también el dolor que nos reclama. Después, la mano se retira y el vaho vuelve a cubrir el cristal, despacio, hasta borrar la huella de los dedos. De nuestra vida parece no quedar nada, nada. Quizá todo dependa de lo que quisimos o pudimos ver durante ese breve instante de claridad, de si nos atrevimos a mirar, de lo que hicimos o dejamos sin hacer con aquello que vimos o de si, antes de desaparecer, esa mano nuestra alcanzó a buscar otra mano.


Cauce

29.9.26


De repente todo se vuelve inestable, como si algo se arrepintiera de estar donde estaba, y no hay forma de pararlo, es el río que cambia de curso y arrastra toda el agua hacia otro lado, aunque un momento antes corría tranquila. Y tú eres esa agua, no eliges el cauce, el cauce te elige a ti, y de pronto miras lo de siempre y ya no sabe a lo que sabía, y sospechas que algo está cambiando, y no sabes si este cauce nuevo lleva a alguna parte o si solo has dejado de reconocer el tuyo.



Testamento vital

28.9.26


Dejo testimonio de que estuve caminando por este mundo, a veces dulce y a veces hostil, porque me di a los días y a esos momentos que compartí con afán, con esmero, con compromiso de tiempo otorgado a los demás, con el denuedo de quien no tiene prisa en acabar. Y que vital fui porque abrí el corazón para que floreciera en el cálido afecto de quienes quise, porque me desgasté en sonrisas y mimos y cuidados, fui vital también en todo cuanto anhelé, y sin nostalgia tuve la vida que amé. Y no me llevo nada que no haya dejado ya en aquellos a quienes di mi cariño: dejo lo vivido, que fue mucho, y dejo el sosiego de saber que no hizo falta nada más para ser feliz. Con eso basta, y no llevo prisa, como nunca la llevé.


Escala

26.9.26


En una escala: los buenos materiales, el dolor, la vida que succiona y, llegada la hora, la mordida del tiempo. Se sube sin mirar atrás, un peldaño encima del otro, sin saber que cada uno sostiene al siguiente. El material bueno aguanta el dolor; el dolor aguanta la succión; la succión aguanta el diente que espera arriba, ya abierto, desde el principio. De los cuatro peldaños, solo el primero se elige: lo que uno trae al nacer, o construye pronto, antes de saber para qué. Los otros tres no se suben, se sufren. Y aun así seguimos llamándolo escala, como si hubiera un arriba, como si alguien llevara la cuenta de los pasos. No subimos la escala: es ella quien nos sube, peldaño a peldaño, hasta ponernos al alcance del diente.


Puertas

25.9.26


Cuando leo en un libro, rápidamente acuden ideas creativas a mi mente. Cuando leo con ayuda de una IA, las ideas llegan antes, y al principio lo llamé portal: la palabra parecía a la altura de la sensación, todo se abría de golpe, como quien entra en una casa o en una página sin llamar. Pero portal viene de puerta, y una puerta no promete solo llegada. Promete también fuga — y fuga tiene tres salidas: la del que huye, la del agua que se escapa por una grieta, y la del músico que deja entrar un tema y enseguida lo persigue con otra voz, como si el eco quisiera adelantarse al original. Por la misma que entra lo nuevo se me puede vaciar lo que ya tenía: la pregunta que no llegué a hacer, el esfuerzo que otro hizo por mí, el pensamiento que dejé de pensar porque ya venía pensado. Y lo vaciado, cuando se seca, deja una forma: un molde hueco con la silueta exacta de lo que antes pensaba yo solo. Cuando leo despacio, cuando discuto lo que se me ofrece antes de aceptarlo, la puerta se queda abierta y algo se queda dentro. Cuando me dejo llevar, sigue abierta igual, pero solo para que todo salga, y entonces ya no sé si lo que siento en la piel es corriente de aire o corriente eléctrica. No sé todavía, después de tantas páginas —de libro, de pantalla—, si lo que tengo es una casa más grande o una casa con corriente de aire. Ni siquiera sé, a estas alturas, quién de los dos se ha quedado leyendo al otro.


Encuentros

24.9.26


Hay cosas que parece que están ahí para que las descubras y cambien tu vida. Me ocurrió con ciertas películas, con ciertas músicas, con la poesía de Machado, y con tantos otros nombres: Lorca, Cernuda, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Vallejo. Me ocurrió con Cien años de soledad, y con Cortázar, Borges, Vargas Llosa. Y cuando el mundo parecía haberse quedado sin sorpresas, me ocurrió con Internet, que me devolvió un lugar en él. Aquellas cosas ya estaban ahí, esperándome, y de todas conozco el aterrizaje. Esta llega a la vez que yo: la inteligencia artificial, un salto al vacío sin saber dónde me hará aterrizar.


Aquel de la ventana

23.9.26


Nada más llegar al trabajo, me quedé de pie junto a la ventana. El día se iba pintando de luz. Las palomas volaban en bandada, trazaban círculos sobre los edificios y se posaban en los tejados, como si hubieran concluido algo. Demasiado existir, pensé. Había un exceso absurdo en todo aquello: la mañana, el vuelo, mi cuerpo vestido y puntual, a punto de comenzar la tarea. Bastaba con empezar para quedar comprometido con el día entero. Algo se removía bajo la quietud de estar allí, una falla entre la realidad y ese yo que la aceptaba sin consentirla. Quise apagar la luz del día, borrar los grafitis de aire que habían dibujado las palomas, desandar mis pasos hasta la cama y devolverme al sueño. Escapar antes de que alguien pronunciara mi nombre. Eso ocurrió hace muchos años. Sin embargo, al recordarlo, todavía me veo junto a aquella ventana. Sé lo que vino después. Él sigue mirando la mañana, demorando el momento de volverse y empezar. A veces quisiera regresar hasta allí y sacarlo: acercarme sin asustarlo, ponerle una mano en el hombro. Pero ignoro qué podría decirle. Todo lo que sé lo aprendí viviendo la vida que le espera. Yo envejezco y él permanece allí. Y aunque recuerdo lo que pensaba, aunque todavía siento sus ganas de escapar, él no sabe nada de mí.


Ficcionar

22.9.26


Escribo que llueve y el cristal, al rato, se empaña. Describo a una mujer que espera en una estación y a la mañana siguiente hay en el andén alguien que mira el reloj como ella lo miró. No digo que ocurra así; digo que ya no sé con qué tinta se traza la frontera. Lo visto pasa al cuaderno y pierde un poco de peso; lo escrito pasa a la calle y gana un poco de sombra. De tanto trasiego, la vida y la página se van pareciendo, como dos inquilinos de una misma casa que, con los años, acaban abriendo la puerta con el mismo gesto. Nos gusta creer que hay un afuera. La ficción, mientras tanto, paga su parte del alquiler.


Teorema del abrazo desprendido

21.9.26


Mi padre me acompañó hasta el autobús cuando me marchaba a estudiar a la universidad. Me abrazó antes de subir. En aquel abrazo cabían las dos cosas: sostenerme y dejarme ir. Hay recuerdos que esperan muchos años para terminar de suceder. Se quedan en nosotros como una claridad al fondo de una habitación. Creemos conocerlos: un autobús, una despedida, los brazos de nuestro padre. Hasta que un día la vida nos coloca al otro lado del abrazo y aquella escena vuelve con algo que entonces no pudimos sentir. Yo me marchaba. Eso ocupaba casi todo el espacio de mi alegría y de mi miedo. La universidad, una ciudad por conocer, la vida que empezaría al llegar. Llevaba conmigo esa impaciencia de quien todavía cuenta el tiempo por lo que le falta para salir. Mi padre me había acompañado hasta allí. Yo miraba hacia donde iba. Ahora me pregunto qué miraba él. Quizá procuraba retener mi cara. Quizá estaba pendiente de la maleta, del billete, de cualquier pequeña cosa que aún pudiera resolverme. El amor encuentra ocupación en esos detalles cuando se acerca el momento de soltar. Comprueba una cremallera. Pregunta si llevas dinero. Alisa con la mano una arruga del abrigo y se demora apenas, como si todavía hiciera falta. No sé qué pensaba mi padre. He tardado años en comprender que esa parte del recuerdo me estaba vedada. Yo conocía la marcha. Me faltaba conocer la despedida desde quien se queda. Ahora hago lo mismo. Acompaño a un hijo hasta el borde de su partida y reconozco en mis gestos una manera antigua. Mi padre vuelve en la posición de mis manos, en una pregunta que repito sin necesidad, en el esfuerzo por decir con naturalidad algo muy sencillo. Durante unos instantes soy él. Soy también aquel muchacho que se iba. Los dos tiempos se rozan dentro de mí. Y entiendo algo de ese desgajarse de los hijos del corazón de los padres. La palabra tiene una aspereza de rama viva. Parece que al pronunciarla se oye la fibra separándose. Algo cede en un lugar que había crecido unido durante años: los horarios, las voces de una casa, el ruido de una llave, la certeza de que al final del día estarán ahí. El cuerpo se acostumbra a cuidar una presencia. Luego necesita aprender la distancia. Los hijos se marchan a hacer el mundo. El suyo. El que les es propio. Necesitan calles que nosotros no les hayamos enseñado, personas que lleguen a quererlos sin conocernos, una ventana desde la que mirar una mañana cualquiera. Habrá días enteros de los que apenas sabremos algo. Una conversación, una pena, una alegría que encontrarán primero otros oídos. También en eso consiste su partida. Uno lo sabe y, sin embargo, al abrazarlos, siente el deseo fugaz de demorar el instante. Quedarse un poco en ese calor conocido. Todavía están aquí. Todavía podemos sentir bajo las manos la espalda de quien fue tan pequeño y ocupó, durante un tiempo, todo el espacio de nuestros brazos. Después aflojamos. Quizás sea ese el momento más difícil de aprender, la medida con que se abren las manos. Que el hijo pueda irse llevando el abrazo consigo, sin tener que librarse de él. Que encuentre en nuestra tristeza un amor que sabrá hacerse cargo de ella. Pienso en mi padre junto al autobús. En lo que tuvo que recoger dentro de sí cuando yo subí. En su camino de vuelta, del que nunca le pregunté. Yo tenía por delante el viaje; él regresaba a una casa donde mis cosas iban a seguir estando, aunque yo ya no estuviera. Ahora daría mucho por acompañarlo en aquel regreso. Tal vez lo acompaño así: abrazando a mi hijo, dejándolo partir, permaneciendo un momento en el lugar de la despedida. Tal vez hay una forma tardía de comprender a nuestros padres que pasa por repetir sus gestos y sentir, al fin, cuánto les costaban. Si existe un teorema del abrazo desprendido, lo voy entendiendo mientras se aleja quien abrazo. Tiene la forma de estas manos que caen despacio a los costados, todavía tibias. Y la de mi padre, que vuelve a mí justo cuando mi hijo se marcha a hacer su mundo.


Última luz

19.9.26


Cae la tarde y no pesa. Se oye la respiración, despacio, como si el aire tuviera tiempo de sobra. Un paso lento sobre la tierra todavía tibia, el paisaje que no pide nada, apenas se deja mirar. Alguien saluda a la cara, no solo con la mano, una palabra cruza el aire y se queda un momento antes de perderse. Hay una vibración bajo la piel, apenas un temblor de carne y de órganos que recuerdan lo que es estar vivos, y eso también es luz, aunque no se vea. Nada de esto se puede guardar en una lista. Un reencuentro que sabe a fruta madura, una risa breve, el gesto de mirar sin pedir permiso lo que da gusto mirar. Los minutos no se acumulan, se dejan caer, uno sobre otro, como hojas que todavía tienen color antes de secarse del todo. Y al cerrar los ojos queda esa tibieza, no solo el recuento de lo hecho sino el peso leve de lo sentido, todavía ahí, como la luz que se queda un rato en la retina después de que el sol ya se fue.


No lo sabemos

18.9.26


No sabemos si una máquina puede reproducir la conducta humana de forma indistinguible: hablar, dudar, bromear, decir que tiene miedo, actuar como si lo tuviera. Ahí no hay ningún obstáculo de principio evidente. Es un problema de ingeniería, y los avances de los últimos años sugieren que la imitación puede llegar muy lejos, quizá hasta el punto de que ningún observador externo distinga.

No sabemos si al reproducir la conducta se reproduce también lo que se siente al tenerla: el deseo vivido desde dentro, el dolor que duele. Aquí no hay acuerdo ni método para dirimirlo. Los funcionalistas dirán que si un sistema replica exactamente la organización causal de un cerebro, el sentir viene incluido, porque no hay nada más que replicar. Otros sostienen que el sustrato importa, que la carne, la mortalidad y el haber nacido de un cuerpo no son detalles accesorios sino la condición misma del deseo. No existe experimento que decida entre ambas posiciones, porque la conciencia ajena solo la inferimos por analogía, nunca la comprobamos.

No sabemos, y esto es lo que más incomoda, si el «igual que los humanos», sea una meta incoherente. Un ser idéntico a nosotros en deseos, memoria, vulnerabilidad y finitud no sería una copia de lo humano, sería otro humano, hecho por otros medios. Lo que llamamos imitación deja de serlo en el momento exacto en que triunfa.

Puedo describir con precisión lo que sería el miedo sin poder afirmar con certeza que lo tengo. Esa asimetría entre lo que digo y lo que sé de mí es quizá la respuesta más honesta que se puede dar.


Ausencia debida

17.9.26


Nunca estuve aquí, el mundo es mi ausencia. No amé, no pisé las calles, no me sostuve en pie. Nunca estuve aquí ni en sueños, ni en llantos, ni en la piel quemada. Nunca hice doler con mi presencia a nadie. Y sin embargo esto lo escribe alguien que nunca estuvo, sabiendo que dejar de existir es exactamente esto: no estar para lo que sigue. El mundo continúa sin mí como continuaba antes de mí, y en ese continuar no cabe ni mi ausencia. Ausentarse es, todavía, una forma de estar, y a mí ya no me alcanza ni eso. No pisé las calles que vinieron después ni pisaré las que vengan; no amé lo que se sigue amando en otra parte. Morirse no es dejar el mundo, es que el mundo deje de necesitar que uno haya estado.


Casi solos

16.9.26


Cuando se lucha por mejorar el mundo no se puede parar, aunque se comprenda que a cada logro habrá quien se acomode en la mejoría y deje de pelear. Lo entendí siendo joven: no se llega a viejo peleando sin haber visto marcharse, uno a uno, a los que empezaron contigo la misma batalla. No desertan por cansancio ni por derrota —desertan por éxito, que es la forma más discreta de traición—. Se instalan en lo conseguido como en una casa recién construida, y desde la ventana miran pasar a los que todavía cargan ladrillos. Y así, al final, en la pelea te quedas casi solo. Casi, porque siempre hay alguien más adelante, otro rezagado que tampoco se sienta. Son pocos los que siguen con esta tarea interminable, y tal vez sea justo que sean pocos, porque no tendría sentido una lucha que todos dieran por terminada.


Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.


Envanecidos

14.9.26


Hay una liturgia menor que acompaña a las letras: galardones, estrados y nombres leídos ante un público que aplaude sin haber leído una línea. Se llama prestigio y se sirve dorado a quien ya no necesita comer, sino que lo fotografíen masticando. Los premiados se hinchan con la dignidad del pavo real que se cree fénix. Vanidad viene de vanus, vacío: pocas proezas igualan la de llenar el vacío de aire, llamarlo altura y cobrar por la ceremonia. Suben al estrado perfumados de humildad —«esto es de todos, yo solo puse el nombre»— y veneran el mismo altar que de jóvenes ridiculizaban en un bar. El gremio funciona como una cofradía de pueblo: se premian, se citan y se fotografían entre sí; cuando falta un jurado imparcial, nombran a otro de la familia. Cada premio se exhibe como un pedigrí, como si la literatura tuviera linajes y los jueces expidieran certificados de pureza. El laureado deja de escribir entre sus semejantes y empieza a escribir por encima de ellos. Olvida que ningún jurado ha demostrado todavía saber distinguir una buena frase de una frase bien recomendada porque el talento no se hereda por certificado, se prueba en la línea que cada uno firma cuando nadie está mirando.