Claridad

30.9.26


Nuestra vida es una mano que pasa por el cristal empañado de una ventana y abre, por un instante, un pequeño claro por donde mirar el mundo. Al otro lado están la luz, los rostros queridos, la belleza de las cosas que no piden ser miradas y también el dolor que nos reclama. Después, la mano se retira y el vaho vuelve a cubrir el cristal, despacio, hasta borrar la huella de los dedos. De nuestra vida parece no quedar nada, nada. Quizá todo dependa de lo que quisimos o pudimos ver durante ese breve instante de claridad, de si nos atrevimos a mirar, de lo que hicimos o dejamos sin hacer con aquello que vimos o de si, antes de desaparecer, esa mano nuestra alcanzó a buscar otra mano.


Cauce

29.9.26


De repente todo se vuelve inestable, como si algo se arrepintiera de estar donde estaba, y no hay forma de pararlo, es el río que cambia de curso y arrastra toda el agua hacia otro lado, aunque un momento antes corría tranquila. Y tú eres esa agua, no eliges el cauce, el cauce te elige a ti, y de pronto miras lo de siempre y ya no sabe a lo que sabía, y sospechas que algo está cambiando, y no sabes si este cauce nuevo lleva a alguna parte o si solo has dejado de reconocer el tuyo.



Testamento vital

28.9.26


Dejo testimonio de que estuve caminando por este mundo, a veces dulce y a veces hostil, porque me di a los días y a esos momentos que compartí con afán, con esmero, con compromiso de tiempo otorgado a los demás, con el denuedo de quien no tiene prisa en acabar. Y que vital fui porque abrí el corazón para que floreciera en el cálido afecto de quienes quise, porque me desgasté en sonrisas y mimos y cuidados, fui vital también en todo cuanto anhelé, y sin nostalgia tuve la vida que amé. Y no me llevo nada que no haya dejado ya en aquellos a quienes di mi cariño: dejo lo vivido, que fue mucho, y dejo el sosiego de saber que no hizo falta nada más para ser feliz. Con eso basta, y no llevo prisa, como nunca la llevé.


El sueño de despertar

27.9.26


Dormida o no, el caso es que ella no despertó aquella mañana y nada hacía sospechar que no fue un sueño enmarañado quien la tuviera retenida entre las sábanas. A las siete y cuarto sonó la alarma. La apagó sin abrir los ojos. Fuera, la ciudad ya llevaba dos horas despierta. Un autobús frenó en seco en la esquina. Alguien insultó a alguien desde una ventanilla. El semáforo cambió tres veces para que pasaran seis coches y ningún peatón. A las siete y veinte llegó el primer WhatsApp: «¿Vienes o qué?». A las ocho, el vecino puso reguetón. A las ocho y diez empezaron las obras del edificio de enfrente. Dos obreros discutían sobre una tubería mientras una mujer paseaba al perro mirando el móvil. En la acera, un hombre dormía dentro de un saco junto a un cajero automático que no dejaba de ofrecer préstamos. Ella conocía aquel paisaje de memoria: la panadería con la cola hasta la puerta, los patinetes cruzados sobre la acera, el bar que olía a fritanga desde las nueve, las terrazas llenas de gente trabajando con el portátil para no trabajar en casa. A las nueve y cinco abrió los ojos. La habitación parecía la misma, pero la ciudad había cambiado. No sabía explicar qué. Se asomó a la ventana. El autobús seguía pasando. Los coches seguían pitando. Una ambulancia avanzaba a duras penas entre una doble fila. En la pantalla gigante de un edificio alguien anunciaba pisos de lujo con piscina comunitaria. Todo estaba donde tenía que estar. Eso fue precisamente lo que le dio miedo. Cogió el móvil. Veintisiete llamadas perdidas. Todas de ella. La última había entrado hacía un minuto. Su propio nombre ocupaba la pantalla. Contestó.
—¿Sí?
Su voz respondió desde el otro lado.
—No salgas de la cama.
Ella miró la calle. Una multitud cruzaba el paso de peatones. Entonces vio a una mujer detenerse en mitad del tráfico. Era ella.
—¿Por qué?
La mujer de abajo levantó la cabeza y la miró directamente.
—Porque ya has salido una vez.
Y la ciudad, como si hubiera estado esperando esa frase, se quedó en silencio.


Escala

26.9.26


En una escala: los buenos materiales, el dolor, la vida que succiona y, llegada la hora, la mordida del tiempo. Se sube sin mirar atrás, un peldaño encima del otro, sin saber que cada uno sostiene al siguiente. El material bueno aguanta el dolor; el dolor aguanta la succión; la succión aguanta el diente que espera arriba, ya abierto, desde el principio. De los cuatro peldaños, solo el primero se elige: lo que uno trae al nacer, o construye pronto, antes de saber para qué. Los otros tres no se suben, se sufren. Y aun así seguimos llamándolo escala, como si hubiera un arriba, como si alguien llevara la cuenta de los pasos. No subimos la escala: es ella quien nos sube, peldaño a peldaño, hasta ponernos al alcance del diente.


Puertas

25.9.26


Cuando leo en un libro, rápidamente acuden ideas creativas a mi mente. Cuando leo con ayuda de una IA, las ideas llegan antes, y al principio lo llamé portal: la palabra parecía a la altura de la sensación, todo se abría de golpe, como quien entra en una casa o en una página sin llamar. Pero portal viene de puerta, y una puerta no promete solo llegada. Promete también fuga — y fuga tiene tres salidas: la del que huye, la del agua que se escapa por una grieta, y la del músico que deja entrar un tema y enseguida lo persigue con otra voz, como si el eco quisiera adelantarse al original. Por la misma que entra lo nuevo se me puede vaciar lo que ya tenía: la pregunta que no llegué a hacer, el esfuerzo que otro hizo por mí, el pensamiento que dejé de pensar porque ya venía pensado. Y lo vaciado, cuando se seca, deja una forma: un molde hueco con la silueta exacta de lo que antes pensaba yo solo. Cuando leo despacio, cuando discuto lo que se me ofrece antes de aceptarlo, la puerta se queda abierta y algo se queda dentro. Cuando me dejo llevar, sigue abierta igual, pero solo para que todo salga, y entonces ya no sé si lo que siento en la piel es corriente de aire o corriente eléctrica. No sé todavía, después de tantas páginas —de libro, de pantalla—, si lo que tengo es una casa más grande o una casa con corriente de aire. Ni siquiera sé, a estas alturas, quién de los dos se ha quedado leyendo al otro.


Encuentros

24.9.26


Hay cosas que parece que están ahí para que las descubras y cambien tu vida. Me ocurrió con ciertas películas, con ciertas músicas, con la poesía de Machado, y con tantos otros nombres: Lorca, Cernuda, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Vallejo. Me ocurrió con Cien años de soledad, y con Cortázar, Borges, Vargas Llosa. Y cuando el mundo parecía haberse quedado sin sorpresas, me ocurrió con Internet, que me devolvió un lugar en él. Aquellas cosas ya estaban ahí, esperándome, y de todas conozco el aterrizaje. Esta llega a la vez que yo: la inteligencia artificial, un salto al vacío sin saber dónde me hará aterrizar.


Aquel de la ventana

23.9.26


Nada más llegar al trabajo, me quedé de pie junto a la ventana. El día se iba pintando de luz. Las palomas volaban en bandada, trazaban círculos sobre los edificios y se posaban en los tejados, como si hubieran concluido algo. Demasiado existir, pensé. Había un exceso absurdo en todo aquello: la mañana, el vuelo, mi cuerpo vestido y puntual, a punto de comenzar la tarea. Bastaba con empezar para quedar comprometido con el día entero. Algo se removía bajo la quietud de estar allí, una falla entre la realidad y ese yo que la aceptaba sin consentirla. Quise apagar la luz del día, borrar los grafitis de aire que habían dibujado las palomas, desandar mis pasos hasta la cama y devolverme al sueño. Escapar antes de que alguien pronunciara mi nombre. Eso ocurrió hace muchos años. Sin embargo, al recordarlo, todavía me veo junto a aquella ventana. Sé lo que vino después. Él sigue mirando la mañana, demorando el momento de volverse y empezar. A veces quisiera regresar hasta allí y sacarlo: acercarme sin asustarlo, ponerle una mano en el hombro. Pero ignoro qué podría decirle. Todo lo que sé lo aprendí viviendo la vida que le espera. Yo envejezco y él permanece allí. Y aunque recuerdo lo que pensaba, aunque todavía siento sus ganas de escapar, él no sabe nada de mí.


Ficcionar

22.9.26


Escribo que llueve y el cristal, al rato, se empaña. Describo a una mujer que espera en una estación y a la mañana siguiente hay en el andén alguien que mira el reloj como ella lo miró. No digo que ocurra así; digo que ya no sé con qué tinta se traza la frontera. Lo visto pasa al cuaderno y pierde un poco de peso; lo escrito pasa a la calle y gana un poco de sombra. De tanto trasiego, la vida y la página se van pareciendo, como dos inquilinos de una misma casa que, con los años, acaban abriendo la puerta con el mismo gesto. Nos gusta creer que hay un afuera. La ficción, mientras tanto, paga su parte del alquiler.


Teorema del abrazo desprendido

21.9.26


Mi padre me acompañó hasta el autobús cuando me marchaba a estudiar a la universidad. Me abrazó antes de subir. En aquel abrazo cabían las dos cosas: sostenerme y dejarme ir. Hay recuerdos que esperan muchos años para terminar de suceder. Se quedan en nosotros como una claridad al fondo de una habitación. Creemos conocerlos: un autobús, una despedida, los brazos de nuestro padre. Hasta que un día la vida nos coloca al otro lado del abrazo y aquella escena vuelve con algo que entonces no pudimos sentir. Yo me marchaba. Eso ocupaba casi todo el espacio de mi alegría y de mi miedo. La universidad, una ciudad por conocer, la vida que empezaría al llegar. Llevaba conmigo esa impaciencia de quien todavía cuenta el tiempo por lo que le falta para salir. Mi padre me había acompañado hasta allí. Yo miraba hacia donde iba. Ahora me pregunto qué miraba él. Quizá procuraba retener mi cara. Quizá estaba pendiente de la maleta, del billete, de cualquier pequeña cosa que aún pudiera resolverme. El amor encuentra ocupación en esos detalles cuando se acerca el momento de soltar. Comprueba una cremallera. Pregunta si llevas dinero. Alisa con la mano una arruga del abrigo y se demora apenas, como si todavía hiciera falta. No sé qué pensaba mi padre. He tardado años en comprender que esa parte del recuerdo me estaba vedada. Yo conocía la marcha. Me faltaba conocer la despedida desde quien se queda. Ahora hago lo mismo. Acompaño a un hijo hasta el borde de su partida y reconozco en mis gestos una manera antigua. Mi padre vuelve en la posición de mis manos, en una pregunta que repito sin necesidad, en el esfuerzo por decir con naturalidad algo muy sencillo. Durante unos instantes soy él. Soy también aquel muchacho que se iba. Los dos tiempos se rozan dentro de mí. Y entiendo algo de ese desgajarse de los hijos del corazón de los padres. La palabra tiene una aspereza de rama viva. Parece que al pronunciarla se oye la fibra separándose. Algo cede en un lugar que había crecido unido durante años: los horarios, las voces de una casa, el ruido de una llave, la certeza de que al final del día estarán ahí. El cuerpo se acostumbra a cuidar una presencia. Luego necesita aprender la distancia. Los hijos se marchan a hacer el mundo. El suyo. El que les es propio. Necesitan calles que nosotros no les hayamos enseñado, personas que lleguen a quererlos sin conocernos, una ventana desde la que mirar una mañana cualquiera. Habrá días enteros de los que apenas sabremos algo. Una conversación, una pena, una alegría que encontrarán primero otros oídos. También en eso consiste su partida. Uno lo sabe y, sin embargo, al abrazarlos, siente el deseo fugaz de demorar el instante. Quedarse un poco en ese calor conocido. Todavía están aquí. Todavía podemos sentir bajo las manos la espalda de quien fue tan pequeño y ocupó, durante un tiempo, todo el espacio de nuestros brazos. Después aflojamos. Quizás sea ese el momento más difícil de aprender, la medida con que se abren las manos. Que el hijo pueda irse llevando el abrazo consigo, sin tener que librarse de él. Que encuentre en nuestra tristeza un amor que sabrá hacerse cargo de ella. Pienso en mi padre junto al autobús. En lo que tuvo que recoger dentro de sí cuando yo subí. En su camino de vuelta, del que nunca le pregunté. Yo tenía por delante el viaje; él regresaba a una casa donde mis cosas iban a seguir estando, aunque yo ya no estuviera. Ahora daría mucho por acompañarlo en aquel regreso. Tal vez lo acompaño así: abrazando a mi hijo, dejándolo partir, permaneciendo un momento en el lugar de la despedida. Tal vez hay una forma tardía de comprender a nuestros padres que pasa por repetir sus gestos y sentir, al fin, cuánto les costaban. Si existe un teorema del abrazo desprendido, lo voy entendiendo mientras se aleja quien abrazo. Tiene la forma de estas manos que caen despacio a los costados, todavía tibias. Y la de mi padre, que vuelve a mí justo cuando mi hijo se marcha a hacer su mundo.


El titiritero

20.9.26


—Tengo miedo —dijo la marioneta.
—No hay motivos —respondió el ventrílocuo.
—Entonces, ¿por qué tiemblas?
El ventrílocuo dejó de moverle la boca.
—Yo no tiemblo.
—Lo sé —dijo la marioneta—. Tiembla tu mano.
El hombre intentó soltarla, pero sus dedos no obedecieron. Desde el escenario llegó un aplauso. La marioneta sonrió.
—Ahora dime que no hay motivos.
Y el ventrílocuo, por primera vez, habló sin abrir la boca.


Última luz

19.9.26


Cae la tarde y no pesa. Se oye la respiración, despacio, como si el aire tuviera tiempo de sobra. Un paso lento sobre la tierra todavía tibia, el paisaje que no pide nada, apenas se deja mirar. Alguien saluda a la cara, no solo con la mano, una palabra cruza el aire y se queda un momento antes de perderse. Hay una vibración bajo la piel, apenas un temblor de carne y de órganos que recuerdan lo que es estar vivos, y eso también es luz, aunque no se vea. Nada de esto se puede guardar en una lista. Un reencuentro que sabe a fruta madura, una risa breve, el gesto de mirar sin pedir permiso lo que da gusto mirar. Los minutos no se acumulan, se dejan caer, uno sobre otro, como hojas que todavía tienen color antes de secarse del todo. Y al cerrar los ojos queda esa tibieza, no solo el recuento de lo hecho sino el peso leve de lo sentido, todavía ahí, como la luz que se queda un rato en la retina después de que el sol ya se fue.


No lo sabemos

18.9.26


No sabemos si una máquina puede reproducir la conducta humana de forma indistinguible: hablar, dudar, bromear, decir que tiene miedo, actuar como si lo tuviera. Ahí no hay ningún obstáculo de principio evidente. Es un problema de ingeniería, y los avances de los últimos años sugieren que la imitación puede llegar muy lejos, quizá hasta el punto de que ningún observador externo distinga.

No sabemos si al reproducir la conducta se reproduce también lo que se siente al tenerla: el deseo vivido desde dentro, el dolor que duele. Aquí no hay acuerdo ni método para dirimirlo. Los funcionalistas dirán que si un sistema replica exactamente la organización causal de un cerebro, el sentir viene incluido, porque no hay nada más que replicar. Otros sostienen que el sustrato importa, que la carne, la mortalidad y el haber nacido de un cuerpo no son detalles accesorios sino la condición misma del deseo. No existe experimento que decida entre ambas posiciones, porque la conciencia ajena solo la inferimos por analogía, nunca la comprobamos.

No sabemos, y esto es lo que más incomoda, si el «igual que los humanos», sea una meta incoherente. Un ser idéntico a nosotros en deseos, memoria, vulnerabilidad y finitud no sería una copia de lo humano, sería otro humano, hecho por otros medios. Lo que llamamos imitación deja de serlo en el momento exacto en que triunfa.

Puedo describir con precisión lo que sería el miedo sin poder afirmar con certeza que lo tengo. Esa asimetría entre lo que digo y lo que sé de mí es quizá la respuesta más honesta que se puede dar.


Ausencia debida

17.9.26


Nunca estuve aquí, el mundo es mi ausencia. No amé, no pisé las calles, no me sostuve en pie. Nunca estuve aquí ni en sueños, ni en llantos, ni en la piel quemada. Nunca hice doler con mi presencia a nadie. Y sin embargo esto lo escribe alguien que nunca estuvo, sabiendo que dejar de existir es exactamente esto: no estar para lo que sigue. El mundo continúa sin mí como continuaba antes de mí, y en ese continuar no cabe ni mi ausencia. Ausentarse es, todavía, una forma de estar, y a mí ya no me alcanza ni eso. No pisé las calles que vinieron después ni pisaré las que vengan; no amé lo que se sigue amando en otra parte. Morirse no es dejar el mundo, es que el mundo deje de necesitar que uno haya estado.


Casi solos

16.9.26


Cuando se lucha por mejorar el mundo no se puede parar, aunque se comprenda que a cada logro habrá quien se acomode en la mejoría y deje de pelear. Lo entendí siendo joven: no se llega a viejo peleando sin haber visto marcharse, uno a uno, a los que empezaron contigo la misma batalla. No desertan por cansancio ni por derrota —desertan por éxito, que es la forma más discreta de traición—. Se instalan en lo conseguido como en una casa recién construida, y desde la ventana miran pasar a los que todavía cargan ladrillos. Y así, al final, en la pelea te quedas casi solo. Casi, porque siempre hay alguien más adelante, otro rezagado que tampoco se sienta. Son pocos los que siguen con esta tarea interminable, y tal vez sea justo que sean pocos, porque no tendría sentido una lucha que todos dieran por terminada.


Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.


Envanecidos

14.9.26


Hay una liturgia menor que acompaña a las letras: galardones, estrados y nombres leídos ante un público que aplaude sin haber leído una línea. Se llama prestigio y se sirve dorado a quien ya no necesita comer, sino que lo fotografíen masticando. Los premiados se hinchan con la dignidad del pavo real que se cree fénix. Vanidad viene de vanus, vacío: pocas proezas igualan la de llenar el vacío de aire, llamarlo altura y cobrar por la ceremonia. Suben al estrado perfumados de humildad —«esto es de todos, yo solo puse el nombre»— y veneran el mismo altar que de jóvenes ridiculizaban en un bar. El gremio funciona como una cofradía de pueblo: se premian, se citan y se fotografían entre sí; cuando falta un jurado imparcial, nombran a otro de la familia. Cada premio se exhibe como un pedigrí, como si la literatura tuviera linajes y los jueces expidieran certificados de pureza. El laureado deja de escribir entre sus semejantes y empieza a escribir por encima de ellos. Olvida que ningún jurado ha demostrado todavía saber distinguir una buena frase de una frase bien recomendada porque el talento no se hereda por certificado, se prueba en la línea que cada uno firma cuando nadie está mirando.


Sin cuento

13.9.26


Mientras pelaba en la cocina la dura corteza de la calabaza pensó en lo cenicienta que era su vida. A medianoche, llamaron a la puerta. Habían pasado veinte años.
—He dejado a mi mujer —dijo—. Quiero que empecemos de nuevo.
Ella lo miró en silencio. Pensó en las noches que había esperado aquel regreso, en los hijos que había criado sola, en el trabajo que nadie llamaba trabajo porque lo hacía por amor.
—¿Y qué quieres que haga con los veinte años que me sobran? —preguntó.
Él no supo qué responder. Ella cerró la puerta. Dentro, la calabaza seguía siendo una calabaza y, por una vez, nadie iba a convertir su vida en cuento.



Pudor

12.9.26


En mi juventud, ser poeta tenía algo de luz sobre los hombros. Llevaba los versos de un lado a otro, recién escritos, todavía tibios. Los dejaba asomar en las conversaciones y pronunciaba la palabra poeta con un secreto temblor de vanidad. Detrás estaban los grandes nombres, como figuras recortadas en la niebla: Rimbaud, Machado, Vallejo, Gil de Biedma, Neruda, Cernuda, Borges, Cortázar, Quevedo, Garcilaso… Los decía despacio. Cada nombre abría una ventana. Quizá esperaba que algo de aquella claridad cayera también sobre mí. Ahora no. Ahora la poesía se parece más a un papel doblado en el bolsillo. Está ahí, pero no lo muestro. Me da pudor entrar con mis versos en la vida de quienes caminan deprisa, pendientes de una cita, de una deuda, de un hijo, de una llamada que no llega. Rostros cansados bajo la luz de los comercios. Manos que buscan las llaves. Ojos detenidos un instante ante un semáforo. Los observo avanzar entre sus deseos y sus dificultades, con el tiempo justo y la paz escasa. Y mis versos, tan ajenos a sus urgencias, permanecen en el bolsillo, rozando apenas la tela mientras camino entre ellos.


Usufructo

11.9.26


Hay una edad en que la casa deja de ser de los padres durante unas horas y se vuelve, sin escritura ni testigos, completamente tuya. No la compraste pero te la prestó su ausencia. Ellos salían —a trabajar, a visitar, a existir en otra parte— y la puerta, al cerrarse detrás de su marcha, sonaba distinta: no como un cierre, sino como una toma de posesión. La casa entonces respiraba a tu ritmo. Callaba si tú callabas, se llenaba de música si subías el volumen sin miedo a que nadie golpeara la pared con los nudillos. Los pasillos se volvían territorio sin dueño anterior y podías atravesarlos sin encontrarte con nadie, sin ese pequeño ajuste de la cara que exige la presencia de otro. Y sin embargo —aquí la contradicción que nunca se resuelve— la soledad no bastaba porque había que llamar a alguien, contarle que la casa era tuya por una tarde, como si la posesión solo se completara nombrándola en voz alta a un testigo ausente. Quizá poseer nunca fue tener llave sino esa hora exacta en que nadie viene a interrumpir el eco de los propios pasos.