Encuentros

24.9.26


Hay cosas que parece que están ahí para que las descubras y cambien tu vida. Me ocurrió con ciertas películas, con ciertas músicas, con la poesía de Machado, y con tantos otros nombres: Lorca, Cernuda, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Vallejo. Me ocurrió con Cien años de soledad, y con Cortázar, Borges, Vargas Llosa. Y cuando el mundo parecía haberse quedado sin sorpresas, me ocurrió con Internet, que me devolvió un lugar en él. Aquellas cosas ya estaban ahí, esperándome, y de todas conozco el aterrizaje. Esta llega a la vez que yo: la inteligencia artificial, un salto al vacío sin saber dónde me hará aterrizar.


Aquel de la ventana

23.9.26


Nada más llegar al trabajo, me quedé de pie junto a la ventana. El día se iba pintando de luz. Las palomas volaban en bandada, trazaban círculos sobre los edificios y se posaban en los tejados, como si hubieran concluido algo. Demasiado existir, pensé. Había un exceso absurdo en todo aquello: la mañana, el vuelo, mi cuerpo vestido y puntual, a punto de comenzar la tarea. Bastaba con empezar para quedar comprometido con el día entero. Algo se removía bajo la quietud de estar allí, una falla entre la realidad y ese yo que la aceptaba sin consentirla. Quise apagar la luz del día, borrar los grafitis de aire que habían dibujado las palomas, desandar mis pasos hasta la cama y devolverme al sueño. Escapar antes de que alguien pronunciara mi nombre. Eso ocurrió hace muchos años. Sin embargo, al recordarlo, todavía me veo junto a aquella ventana. Sé lo que vino después. Él sigue mirando la mañana, demorando el momento de volverse y empezar. A veces quisiera regresar hasta allí y sacarlo: acercarme sin asustarlo, ponerle una mano en el hombro. Pero ignoro qué podría decirle. Todo lo que sé lo aprendí viviendo la vida que le espera. Yo envejezco y él permanece allí. Y aunque recuerdo lo que pensaba, aunque todavía siento sus ganas de escapar, él no sabe nada de mí.


Ficcionar

22.9.26


Escribo que llueve y el cristal, al rato, se empaña. Describo a una mujer que espera en una estación y a la mañana siguiente hay en el andén alguien que mira el reloj como ella lo miró. No digo que ocurra así; digo que ya no sé con qué tinta se traza la frontera. Lo visto pasa al cuaderno y pierde un poco de peso; lo escrito pasa a la calle y gana un poco de sombra. De tanto trasiego, la vida y la página se van pareciendo, como dos inquilinos de una misma casa que, con los años, acaban abriendo la puerta con el mismo gesto. Nos gusta creer que hay un afuera. La ficción, mientras tanto, paga su parte del alquiler.


Teorema del abrazo desprendido

21.9.26


Mi padre me acompañó hasta el autobús cuando me marchaba a estudiar a la universidad. Me abrazó antes de subir. En aquel abrazo cabían las dos cosas: sostenerme y dejarme ir. Hay recuerdos que esperan muchos años para terminar de suceder. Se quedan en nosotros como una claridad al fondo de una habitación. Creemos conocerlos: un autobús, una despedida, los brazos de nuestro padre. Hasta que un día la vida nos coloca al otro lado del abrazo y aquella escena vuelve con algo que entonces no pudimos sentir. Yo me marchaba. Eso ocupaba casi todo el espacio de mi alegría y de mi miedo. La universidad, una ciudad por conocer, la vida que empezaría al llegar. Llevaba conmigo esa impaciencia de quien todavía cuenta el tiempo por lo que le falta para salir. Mi padre me había acompañado hasta allí. Yo miraba hacia donde iba. Ahora me pregunto qué miraba él. Quizá procuraba retener mi cara. Quizá estaba pendiente de la maleta, del billete, de cualquier pequeña cosa que aún pudiera resolverme. El amor encuentra ocupación en esos detalles cuando se acerca el momento de soltar. Comprueba una cremallera. Pregunta si llevas dinero. Alisa con la mano una arruga del abrigo y se demora apenas, como si todavía hiciera falta. No sé qué pensaba mi padre. He tardado años en comprender que esa parte del recuerdo me estaba vedada. Yo conocía la marcha. Me faltaba conocer la despedida desde quien se queda. Ahora hago lo mismo. Acompaño a un hijo hasta el borde de su partida y reconozco en mis gestos una manera antigua. Mi padre vuelve en la posición de mis manos, en una pregunta que repito sin necesidad, en el esfuerzo por decir con naturalidad algo muy sencillo. Durante unos instantes soy él. Soy también aquel muchacho que se iba. Los dos tiempos se rozan dentro de mí. Y entiendo algo de ese desgajarse de los hijos del corazón de los padres. La palabra tiene una aspereza de rama viva. Parece que al pronunciarla se oye la fibra separándose. Algo cede en un lugar que había crecido unido durante años: los horarios, las voces de una casa, el ruido de una llave, la certeza de que al final del día estarán ahí. El cuerpo se acostumbra a cuidar una presencia. Luego necesita aprender la distancia. Los hijos se marchan a hacer el mundo. El suyo. El que les es propio. Necesitan calles que nosotros no les hayamos enseñado, personas que lleguen a quererlos sin conocernos, una ventana desde la que mirar una mañana cualquiera. Habrá días enteros de los que apenas sabremos algo. Una conversación, una pena, una alegría que encontrarán primero otros oídos. También en eso consiste su partida. Uno lo sabe y, sin embargo, al abrazarlos, siente el deseo fugaz de demorar el instante. Quedarse un poco en ese calor conocido. Todavía están aquí. Todavía podemos sentir bajo las manos la espalda de quien fue tan pequeño y ocupó, durante un tiempo, todo el espacio de nuestros brazos. Después aflojamos. Quizás sea ese el momento más difícil de aprender, la medida con que se abren las manos. Que el hijo pueda irse llevando el abrazo consigo, sin tener que librarse de él. Que encuentre en nuestra tristeza un amor que sabrá hacerse cargo de ella. Pienso en mi padre junto al autobús. En lo que tuvo que recoger dentro de sí cuando yo subí. En su camino de vuelta, del que nunca le pregunté. Yo tenía por delante el viaje; él regresaba a una casa donde mis cosas iban a seguir estando, aunque yo ya no estuviera. Ahora daría mucho por acompañarlo en aquel regreso. Tal vez lo acompaño así: abrazando a mi hijo, dejándolo partir, permaneciendo un momento en el lugar de la despedida. Tal vez hay una forma tardía de comprender a nuestros padres que pasa por repetir sus gestos y sentir, al fin, cuánto les costaban. Si existe un teorema del abrazo desprendido, lo voy entendiendo mientras se aleja quien abrazo. Tiene la forma de estas manos que caen despacio a los costados, todavía tibias. Y la de mi padre, que vuelve a mí justo cuando mi hijo se marcha a hacer su mundo.


El titiritero

20.9.26


—Tengo miedo —dijo la marioneta.
—No hay motivos —respondió el ventrílocuo.
—Entonces, ¿por qué tiemblas?
El ventrílocuo dejó de moverle la boca.
—Yo no tiemblo.
—Lo sé —dijo la marioneta—. Tiembla tu mano.
El hombre intentó soltarla, pero sus dedos no obedecieron. Desde el escenario llegó un aplauso. La marioneta sonrió.
—Ahora dime que no hay motivos.
Y el ventrílocuo, por primera vez, habló sin abrir la boca.


Última luz

19.9.26


Cae la tarde y no pesa. Se oye la respiración, despacio, como si el aire tuviera tiempo de sobra. Un paso lento sobre la tierra todavía tibia, el paisaje que no pide nada, apenas se deja mirar. Alguien saluda a la cara, no solo con la mano, una palabra cruza el aire y se queda un momento antes de perderse. Hay una vibración bajo la piel, apenas un temblor de carne y de órganos que recuerdan lo que es estar vivos, y eso también es luz, aunque no se vea. Nada de esto se puede guardar en una lista. Un reencuentro que sabe a fruta madura, una risa breve, el gesto de mirar sin pedir permiso lo que da gusto mirar. Los minutos no se acumulan, se dejan caer, uno sobre otro, como hojas que todavía tienen color antes de secarse del todo. Y al cerrar los ojos queda esa tibieza, no solo el recuento de lo hecho sino el peso leve de lo sentido, todavía ahí, como la luz que se queda un rato en la retina después de que el sol ya se fue.


No lo sabemos

18.9.26


No sabemos si una máquina puede reproducir la conducta humana de forma indistinguible: hablar, dudar, bromear, decir que tiene miedo, actuar como si lo tuviera. Ahí no hay ningún obstáculo de principio evidente. Es un problema de ingeniería, y los avances de los últimos años sugieren que la imitación puede llegar muy lejos, quizá hasta el punto de que ningún observador externo distinga.

No sabemos si al reproducir la conducta se reproduce también lo que se siente al tenerla: el deseo vivido desde dentro, el dolor que duele. Aquí no hay acuerdo ni método para dirimirlo. Los funcionalistas dirán que si un sistema replica exactamente la organización causal de un cerebro, el sentir viene incluido, porque no hay nada más que replicar. Otros sostienen que el sustrato importa, que la carne, la mortalidad y el haber nacido de un cuerpo no son detalles accesorios sino la condición misma del deseo. No existe experimento que decida entre ambas posiciones, porque la conciencia ajena solo la inferimos por analogía, nunca la comprobamos.

No sabemos, y esto es lo que más incomoda, si el «igual que los humanos», sea una meta incoherente. Un ser idéntico a nosotros en deseos, memoria, vulnerabilidad y finitud no sería una copia de lo humano, sería otro humano, hecho por otros medios. Lo que llamamos imitación deja de serlo en el momento exacto en que triunfa.

Puedo describir con precisión lo que sería el miedo sin poder afirmar con certeza que lo tengo. Esa asimetría entre lo que digo y lo que sé de mí es quizá la respuesta más honesta que se puede dar.


Ausencia debida

17.9.26


Nunca estuve aquí, el mundo es mi ausencia. No amé, no pisé las calles, no me sostuve en pie. Nunca estuve aquí ni en sueños, ni en llantos, ni en la piel quemada. Nunca hice doler con mi presencia a nadie. Y sin embargo esto lo escribe alguien que nunca estuvo, sabiendo que dejar de existir es exactamente esto: no estar para lo que sigue. El mundo continúa sin mí como continuaba antes de mí, y en ese continuar no cabe ni mi ausencia. Ausentarse es, todavía, una forma de estar, y a mí ya no me alcanza ni eso. No pisé las calles que vinieron después ni pisaré las que vengan; no amé lo que se sigue amando en otra parte. Morirse no es dejar el mundo, es que el mundo deje de necesitar que uno haya estado.


Casi solos

16.9.26


Cuando se lucha por mejorar el mundo no se puede parar, aunque se comprenda que a cada logro habrá quien se acomode en la mejoría y deje de pelear. Lo entendí siendo joven: no se llega a viejo peleando sin haber visto marcharse, uno a uno, a los que empezaron contigo la misma batalla. No desertan por cansancio ni por derrota —desertan por éxito, que es la forma más discreta de traición—. Se instalan en lo conseguido como en una casa recién construida, y desde la ventana miran pasar a los que todavía cargan ladrillos. Y así, al final, en la pelea te quedas casi solo. Casi, porque siempre hay alguien más adelante, otro rezagado que tampoco se sienta. Son pocos los que siguen con esta tarea interminable, y tal vez sea justo que sean pocos, porque no tendría sentido una lucha que todos dieran por terminada.


Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.


Envanecidos

14.9.26


Hay una liturgia menor que acompaña a las letras: galardones, estrados y nombres leídos ante un público que aplaude sin haber leído una línea. Se llama prestigio y se sirve dorado a quien ya no necesita comer, sino que lo fotografíen masticando. Los premiados se hinchan con la dignidad del pavo real que se cree fénix. Vanidad viene de vanus, vacío: pocas proezas igualan la de llenar el vacío de aire, llamarlo altura y cobrar por la ceremonia. Suben al estrado perfumados de humildad —«esto es de todos, yo solo puse el nombre»— y veneran el mismo altar que de jóvenes ridiculizaban en un bar. El gremio funciona como una cofradía de pueblo: se premian, se citan y se fotografían entre sí; cuando falta un jurado imparcial, nombran a otro de la familia. Cada premio se exhibe como un pedigrí, como si la literatura tuviera linajes y los jueces expidieran certificados de pureza. El laureado deja de escribir entre sus semejantes y empieza a escribir por encima de ellos. Olvida que ningún jurado ha demostrado todavía saber distinguir una buena frase de una frase bien recomendada porque el talento no se hereda por certificado, se prueba en la línea que cada uno firma cuando nadie está mirando.


Sin cuento

13.9.26


Mientras pelaba en la cocina la dura corteza de la calabaza pensó en lo cenicienta que era su vida. A medianoche, llamaron a la puerta. Habían pasado veinte años.
—He dejado a mi mujer —dijo—. Quiero que empecemos de nuevo.
Ella lo miró en silencio. Pensó en las noches que había esperado aquel regreso, en los hijos que había criado sola, en el trabajo que nadie llamaba trabajo porque lo hacía por amor.
—¿Y qué quieres que haga con los veinte años que me sobran? —preguntó.
Él no supo qué responder. Ella cerró la puerta. Dentro, la calabaza seguía siendo una calabaza y, por una vez, nadie iba a convertir su vida en cuento.



Pudor

12.9.26


En mi juventud, ser poeta tenía algo de luz sobre los hombros. Llevaba los versos de un lado a otro, recién escritos, todavía tibios. Los dejaba asomar en las conversaciones y pronunciaba la palabra poeta con un secreto temblor de vanidad. Detrás estaban los grandes nombres, como figuras recortadas en la niebla: Rimbaud, Machado, Vallejo, Gil de Biedma, Neruda, Cernuda, Borges, Cortázar, Quevedo, Garcilaso… Los decía despacio. Cada nombre abría una ventana. Quizá esperaba que algo de aquella claridad cayera también sobre mí. Ahora no. Ahora la poesía se parece más a un papel doblado en el bolsillo. Está ahí, pero no lo muestro. Me da pudor entrar con mis versos en la vida de quienes caminan deprisa, pendientes de una cita, de una deuda, de un hijo, de una llamada que no llega. Rostros cansados bajo la luz de los comercios. Manos que buscan las llaves. Ojos detenidos un instante ante un semáforo. Los observo avanzar entre sus deseos y sus dificultades, con el tiempo justo y la paz escasa. Y mis versos, tan ajenos a sus urgencias, permanecen en el bolsillo, rozando apenas la tela mientras camino entre ellos.


Usufructo

11.9.26


Hay una edad en que la casa deja de ser de los padres durante unas horas y se vuelve, sin escritura ni testigos, completamente tuya. No la compraste pero te la prestó su ausencia. Ellos salían —a trabajar, a visitar, a existir en otra parte— y la puerta, al cerrarse detrás de su marcha, sonaba distinta: no como un cierre, sino como una toma de posesión. La casa entonces respiraba a tu ritmo. Callaba si tú callabas, se llenaba de música si subías el volumen sin miedo a que nadie golpeara la pared con los nudillos. Los pasillos se volvían territorio sin dueño anterior y podías atravesarlos sin encontrarte con nadie, sin ese pequeño ajuste de la cara que exige la presencia de otro. Y sin embargo —aquí la contradicción que nunca se resuelve— la soledad no bastaba porque había que llamar a alguien, contarle que la casa era tuya por una tarde, como si la posesión solo se completara nombrándola en voz alta a un testigo ausente. Quizá poseer nunca fue tener llave sino esa hora exacta en que nadie viene a interrumpir el eco de los propios pasos.


Frenazos

10.9.26


Todos nos pasamos de frenada en las inercias de la urgencia cotidiana. Se nos va la mano en el tono de voz, en el pronto, en el gesto airado, en el enfado que dura tres segundos de más y ya ha dicho lo que no pensaba decir. No es que midamos mal la distancia, es que ni siquiera llegamos a frenar, arrastrados por la velocidad de un día que empezó con prisa y no ha sabido detenerse desde entonces. Yo también me he pasado de frenada con quien más quiero, más de una vez, y todavía no sé frenar mejor. Solo sé, ahora, frenar antes.


Reformulación

9.9.26


Anteponer la solución al problema es más eficaz que resolverlo.


De reto a rato

8.9.26


Cuando eres joven, la vida es un reto continuo. Todo parece estar delante: el amor, el trabajo, los viajes, las victorias y hasta los fracasos. Vivir consiste en alcanzar algo, superar una prueba, demostrar quién eres. El tiempo se extiende como un territorio inagotable y uno avanza por él con la impaciencia de quien confunde la vida con la conquista. Al envejecer, la vida deja de ser un reto y se convierte en un rato. Ya no importa tanto llegar como permanecer, no tanto vencer como estar. El tiempo, antes abundante y abstracto, adquiere la fragilidad de lo que puede terminar en cualquier momento. Una conversación, un paseo, una comida compartida o una mañana sin dolor se vuelven acontecimientos suficientes. La juventud quiere hacer algo con la vida. La vejez comprende que la vida era, sencillamente, ese rato durante el cual estuvimos aquí. Cuando eres joven, la vida es un reto, cuando eres viejo la vida es un rato.

La intuición de la sombra

7.9.26


La inteligencia artificial puede parecer intuitiva. Reconoce patrones, anticipa resultados y descubre relaciones donde nosotros apenas presentimos una corazonada, pero su intuición nace de los datos, la nuestra, de la vida. Nosotros intuimos con la memoria y con el cuerpo, con el miedo, el deseo y las heridas. La máquina puede alcanzar la misma conclusión, incluso antes y con mayor acierto, aunque llega hasta ella sin inquietud ni esperanza. Y puede obtener el resultado de la intuición sin experimentar el acto de intuir porque para tener intuición humana no basta con poseer información, hace falta tener mundo, no solo memoria sino biografía, ni solo capacidad de predecir sino algo que perder. La IA puede reconocer la sombra antes de que caiga. Lo que no sabemos es si alguna vez sentirá la amenaza de la noche.


Entidad

6.9.26


Su pesadilla era siempre la misma. Soñaba con estar en un mundo real. Allí nadie podía atravesar paredes, leer pensamientos ni vivir después de morir. La gente envejecía, enfermaba y olvidaba. Lo peor era despertar porque, al abrir los ojos, volvía a su mundo, donde todo eso era posible. Una mañana despertó antes de tiempo y desde entonces sueña que alguna vez fue humano.


Noche en blanco

5.9.26


La falta de sueño provoca en los guionistas malas películas; en los pensadores, máximas tortuosas; en los matemáticos, conjuntos vacíos, y en los astrónomos, agujeros negros. El insomnio tiene la habilidad de hacerse pasar por inspiración. Durante la noche, cualquier ocurrencia parece luminosa, quizá porque no hay otra luz con la que compararla. Las ideas desfilan solemnes por la cabeza y uno, demasiado cansado para juzgarlas, las recibe como revelaciones. Después amanece y las palabras recuperan su verdadero tamaño. En las personas que escriben, una noche en blanco suele producir páginas igualmente blancas o, lo que es peor, redacciones tan ridículas como esta.


Escritura sin rivalidad

4.9.26


Cuando escribo, no me esfuerzo por convertirme en escritor o poeta, ni compito contra nadie. Escribo como el árbol crece: siguiendo su propia naturaleza, sin preguntarse si llegará más alto que el bosque. Cada forma de escritura alcanza en sí misma su belleza. Un aforismo no necesita imponerse a una novela, ni un poema triunfar sobre otro poema. Cada creación abre un camino irrepetible y encuentra su sentido al recorrerlo. Escribir no es vencer a otras voces sino descubrir la propia. No es ocupar un lugar por encima de los demás, es habitar plenamente la palabra. La obra verdadera no derrota, tan solo florece.


La mano que busca un plan

3.9.26


Todo empezó en la mano. Una mínima variación permitió que el pulgar y el meñique se encontraran. Nadie calculó aquel movimiento ni imaginó la aguja, el pincel o la pluma. La nueva disposición simplemente resultó útil porque facilitaba sujetar una piedra, pelar un fruto o aferrarse al cuerpo materno. La ventaja se repitió durante tantas generaciones que terminó pareciendo un proyecto. Dawkins llamó «relojero ciego» a ese proceso sin conciencia ni propósito. La evolución no contempla el resultado, no dibuja planos ni anticipa la utilidad futura. Conserva lo que funciona y desecha lo que fracasa. Sin saber lo que hace, levanta catedrales de complejidad: el ojo, la mano, el lenguaje. El Juego de la Vida de Conway reproduce ese misterio en una cuadrícula. Unas pocas reglas elementales generan estructuras que se desplazan, se reproducen y parecen perseguir su propia permanencia. Nadie diseñó directamente esas figuras que emergieron cuando la simplicidad dispuso de tiempo suficiente. ¿Será también el universo un inmenso tablero cuyas reglas, ejecutadas durante millones de años, han producido seres capaces de contemplarlas? La hipótesis de la simulación introduce un programador inicial; la evolución, en cambio, prescinde incluso de él. Una nos deja ante un creador sorprendido por su criatura; la otra, ante unas reglas que actúan ciegamente en la oscuridad. Quizá el pulgar, el relojero, el juego y el universo solo se diferencien en la escala del asombro. En todos, algo simple y sin intención termina adquiriendo apariencia de diseño. Lo extraordinario no sería que detrás de las cosas existiera un plan sino que una mano nacida sin propósito haya terminado sosteniendo el lápiz con el que necesitamos imaginarlo.


Silenciosos

2.9.26


Nos enseñan a tomar la palabra pero nadie ofrece un taller para callar. Como si el silencio fuera apenas lo que queda cuando las palabras terminan y no una disciplina en sí misma, acaso la más ardua. El zen sabe que hay verdades que el habla no alcanza. El mushin, la mente sin mente, no es mudez sino una atención tan plena que ya no necesita traducirse en ruido. Hablar bien es ordenar el mundo con palabras pero callar bien es soportarlo sin ordenar. Hablar nos protege porque mientras suena nuestra voz ocupamos el espacio y aplazamos la escucha. El charlatán no es quien ama las palabras sino quien teme lo que asoma entre ellas. 


Masticar

1.9.26


Comer solo es un ejercicio de melancolía. Quien come solo no sólo mastica la ausencia: digiere la espesura de la desolación. La mesa, dispuesta para uno, guarda el hueco de los que no vienen, y en ese hueco cabe todo lo que fuimos y ya no somos. El plato repite, día tras día, la liturgia de una eucaristía sin comulgantes: se parte el pan, pero nadie lo comparte. Comer, que empezó siendo un acto de la especie —el fuego, el cerco, las manos tendidas—, se ha vuelto un rito privado, casi clandestino, donde el cuerpo se alimenta mientras el alma ayuna. Y sin embargo hay una dignidad terca en sentarse igual, en poner el mantel, en no rendirse a comer de pie sobre el fregadero: quien pone la mesa para uno todavía cree que merece ser esperado. ¿O es que ese cubierto solitario no espera, en el fondo, a quien nunca dejó de faltar?