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Usufructo
11.9.26
Hay una edad en que la casa deja de ser de los padres durante unas horas y se vuelve, sin escritura ni testigos, completamente tuya. No la compraste pero te la prestó su ausencia. Ellos salían —a trabajar, a visitar, a existir en otra parte— y la puerta, al cerrarse detrás de su marcha, sonaba distinta: no como un cierre, sino como una toma de posesión. La casa entonces respiraba a tu ritmo. Callaba si tú callabas, se llenaba de música si subías el volumen sin miedo a que nadie golpeara la pared con los nudillos. Los pasillos se volvían territorio sin dueño anterior y podías atravesarlos sin encontrarte con nadie, sin ese pequeño ajuste de la cara que exige la presencia de otro. Y sin embargo —aquí la contradicción que nunca se resuelve— la soledad no bastaba porque había que llamar a alguien, contarle que la casa era tuya por una tarde, como si la posesión solo se completara nombrándola en voz alta a un testigo ausente. Quizá poseer nunca fue tener llave sino esa hora exacta en que nadie viene a interrumpir el eco de los propios pasos.
Etiquetas: análisis, casa, comentario, padres
Pasajes
4.4.20
Mi voluntad se encierra en una casa, mi corazón late dentro de ella. ¿Quién puede decir que la vida sucede en los pasillos? Es la anti crónica del diapasón modal de la existencia que acontece entre cuatro paredes donde la soledad es mucha convivencia.
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