Enhebrar

21.8.26


De pequeño, mi abuela me pedía que le ensartara la aguja. Ella decía ensartar, que es palabra de mimbre y de cocina y yo aprendí mucho después que se decía enhebrar, y todavía no sé si la palabra culta ha mejorado alguna vez una puntada. Me llamaba con la hebra ya mojada en los labios, me la tendía junto a la aguja y esperaba sin prisa, porque sabía que mis ojos de niño acertaban a la primera. Yo atravesaba aquel ojo mínimo con la solemnidad de quien cumple un cargo público. Era mi primer oficio: prestar la vista. Ella ponía todo lo demás, que era todo —el pulso, el dedal, el zurcido, la paciencia—, y durante años creí sinceramente que sin mí no se cosía en aquella casa. Ahora que la letra pequeña se me va quedando lejos, entiendo que no me pedía ojos: me enseñaba el turno. En su mesa camilla aprendí, sin saberlo, ese reparto por el que unos ven y otros cosen, y que amar consiste casi siempre en aceptar la mitad de la tarea que te toca. Hoy soy yo quien enhebra a solas, con menos vista y más vida, y lo que ensarto ya no es hilo sino los días, nombres, ausencias —hebras que mojo en la memoria para que pasen por el ojo estrecho de la página. Coso mi corazón como ella cosía los calcetines por dentro para que el remiendo no se vea. Y solo una cosa me inquieta de este oficio heredado. Ella siempre tuvo un niño al lado a quien tender la aguja. Yo escribo, y todavía no sé si escribir es enhebrar o es, apenas, seguir mojando la hebra mientras espero que alguien acierte con el ojo que ya no encuentro.


Los normales

20.8.26


Existen personas a las que llaman normales, sin ninguna sensibilidad lumínica, que no poseen un espíritu ennoblecido ni atormentado, ni una sensibilidad extraordinaria, y que caminan en el letargo de los tonos grises de la sociedad. Madrugan sin metafísica, aman sin literatura, mueren sin haber subrayado un libro. Pasan por los días como por un pasillo, sin detenerse en las puertas. Durante años los miré desde arriba, que es la manera más cómoda de no verlos. Los sensibles tenemos ese vicio, convertimos nuestra intemperie en un título nobiliario y su calma en una enfermedad. Pero he conocido a algunos de cerca. Duermen de un tirón. No les tiembla el pulso ante un papel en blanco porque jamás se les ocurrió medirse con él. Cuando un dolor llega, lo lloran sin metáfora, que quizá sea la forma más honrada de llorar. Y sostienen el mundo —los turnos, los cuidados, las cuentas— mientras nosotros lo anotamos. Sensibilidad lumínica. ¡Qué soberbia la nuestra! Llamar luz a lo que a lo mejor es solo insomnio. Ellos caminan en el letargo de los grises y nosotros, desvelados, en el resplandor de otro. Falta saber cuál de los dos letargos sueña al otro.


Soñantes

19.8.26


El ser humano es un ser pensante, pero es, igualmente, un ser soñante, porque la vida, como cantó Calderón, es sueño, envuelta, añadiría el hindú, en el velo de maya. Ejemplos no faltan para ilustrar este axioma. El matemático indio Ramanujan solía decir que la diosa de Namakkal le inspiraba las fórmulas en sueños. Al naturalista Louis Agassiz un sueño le ayudó a determinar a qué especie pertenecía un pez fosilizado cuyos contornos no se podían apreciar. La invención de la máquina de coser de Elias Howe se debe a un sueño en el que un grupo de caníbales lo atacaba con lanzas como agujas, con un orificio en una de las puntas. Descartes encontró en un sueño las bases de la geometría analítica y el modo de hacer algebraica la geometría. El químico August Kekulé esclareció la estructura del benceno cuando, dormitando frente a la chimenea con un manual de química, se le apareció una serpiente que se mordía la cola. El inventor del helicóptero, Igor Sikorsky, se soñó a los diez años dentro de un enorme aparato; treinta años después, mientras revisaba la construcción de un Clipper, descubrió que su interior era el mismo de su sueño infantil. Stevenson declaró que el hilo argumental de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde fue producto de un sueño, y McCartney despertó una mañana con la melodía de Yesterday entera en la cabeza, tan acabada que pasó semanas preguntando a todos si no la habría oído antes, incapaz de creer que fuera suya. Mis sueños no arreglan el mundo, pero hace unas noches, al despertar en mitad de uno de ellos, recordé que tenía que escribir esto.


Anatomía del corazón

18.8.26

 

El corazón de una ballena late nueve veces por minuto y pesa dos mil quilos. El de una musaraña llega hasta los mil doscientos latidos con apenas unos gramos. Entre ambos extremos está el corazón humano, con su ritmo intermedio y su fragilidad desmesurada. Aunque quizá la medida verdadera de un corazón no esté en su peso ni en su frecuencia sino en aquello que es capaz de sostener como el afecto, la compasión, la memoria o la entrega. Hay corazones pequeños que contienen mundos y otros grandes que apenas albergan a nadie y por eso, cuando decimos que alguien «no tiene corazón», no hablamos de anatomía. Hablamos de una carencia más grave que es la incapacidad de sentir al otro como alguien que también merece ser cuidado.


Disfunción temporal

17.8.26


Cuando somos jóvenes no tenemos recuerdos de nuestra vejez. El tiempo se abre hacia delante y apenas sentimos su peso, pero al envejecer ocurre lo contrario, que conservamos dentro de nosotros al joven que fuimos, con sus gestos, sus deseos y su manera de mirar el mundo. Esa convivencia entre edades produce una extraña disfunción temporal. El cuerpo avanza mientras la memoria retrocede y el presente envejece, aunque una parte de nosotros continúa habitando escenas remotas con una nitidez que contradice los años transcurridos. De ahí nace buena parte de la nostalgia, ya que no solo echamos de menos lo vivido sino también a la persona que éramos mientras lo vivíamos. Entiendo que la vejez psíquica comienza cuando comprendemos que podemos regresar a nuestra juventud únicamente con la memoria, jamás con el tiempo. Y acaso envejecer sea llevar dentro todas nuestras edades sabiendo que solo una de ellas puede habitar el presente.


La tristeza medida en ecos

16.8.26


Para comprobar cómo de honda era su tristeza todos los días lanzaba un pensamiento al pozo de los recuerdos. Contaba los segundos hasta oír el eco. Al principio llegaban pronto, secos, casi imperceptibles. Con los años fue tardando más como si el fondo se hubiera ido alejando o como si el pozo hubiera aprendido a tragarse el ruido. Una mañana lanzó su pensamiento y no oyó nada. Se asomó, esperando la certeza del abismo y encontró solo su propio rostro devuelto por una lámina de agua quieta. El pozo, sin que él lo advirtiera, se había llenado de lluvia hasta el borde.


Espejos enfrentados

15.8.26


Como en un juego literario más, como truco propio de la escritura creativa, como engaño deliberado o fingimiento lúcido, ficcionaré mi autoría. Afirmaré que los textos generados por mí salieron de la IA y que los textos nacidos de la IA fueron escritos por mí. No se tratará solo de una impostura, será una oportunidad para subvertir la realidad de la autoría. Porque quizá escribir, hoy, consista también en extraviar las huellas, confundir el origen, interrogar la firma y convertir la identidad del autor en una hipótesis inestable. En esa dinámica especulativa, humana y artificial, la escritura se volverá un sistema de espejos enfrentados donde cada texto reflejará a otro, cada voz sospechará de su procedencia, cada frase podrá ser confesión o simulacro. Y cuanto más se multipliquen los reflejos, menos importará saber quién escribió primero. Ahora la pregunta no es si un texto pertenece al ser humano o a la máquina sino qué clase de verdad literaria sobrevive cuando la autoría empieza a confundirse consigo misma.


Carpe vitae

14.8.26


A la locución latina carpe diem, tan de moda en estos tiempos y tantas veces reducida a una invitación al placer inmediato, habría que oponerle una idea más amplia: carpe vitae, saborear la vida hasta gastarla. No se trataría de vivir deprisa ni de acumular experiencias sino de aprender a reconocer aquello que casi nunca se publicita: una conversación sin prisa, el silencio compartido, una caminata, la lectura, la amistad, la contemplación, la ternura, la curiosidad o la simple conciencia de estar vivos. El mercado nos enseña a disfrutar mediante el consumo, el carpe vitae propondría otra forma de plenitud, la de hacer de la existencia misma una experiencia suficiente. No devorar el instante sino habitarlo y no perseguir continuamente lo extraordinario sino descubrir la intensidad escondida en lo cotidiano. Vivir con plenitud no consiste en aprovechar cada día como si fuera el último, más bien aprender a reconocer que cada día, por insignificante que parezca, ya forma parte irrepetible de la vida que estamos gastando.


Distancias cercanas

13.8.26


No creo en la superioridad ni en la inferioridad de los seres humanos. Toda jerarquía esencial entre personas me parece una ficción interesada, una manera de convertir las diferencias en privilegios o desprecios. Lo que verdaderamente nos distancia no es la sangre, el origen, la riqueza ni la posición, sino algo mucho más difícil de medir y es aquello que separa la necedad de la sensatez. La primera se encierra en sí misma, se aferra a certezas, desprecia la duda y confunde convicción con verdad. La segunda escucha, rectifica, pondera y acepta que comprender exige casi siempre renunciar a una parte del orgullo. No hay seres humanos superiores, pero sí conductas más lúcidas que otras. No hay personas inferiores pero sí formas de pensar que empequeñecen a quien las practica. Por eso la verdadera distancia entre nosotros no sea vertical sino interior, esa que media entre quien necesita imponerse y quien ha aprendido a comprender.


Dietas

12.8.26


La curiosidad es el apetito de los glotones del conocimiento.



Soluciones de urgencia

11.8.26


Atrapados en un cuerpo y un destino, nuestra libertad se reduce a una mínima expresión de comportamiento. Exigua, sí, pero no por ello menos reveladora como es dignificar la vida. No podemos elegir todas las circunstancias, evitar la pérdida ni escapar del deterioro, pero todavía podemos decidir cómo atravesamos lo que nos ha sido dado, qué trato ofrecemos a los demás y cuánto cuidado o crueldad añadimos al mundo. Dignificar la vida exige oponer a la desilusión derrotista un pesimismo vital que no sea renuncia, sino lucidez afectiva. Reconocer la dureza de la existencia sin utilizarla como excusa para endurecernos. Saber que todo puede fracasar y, aun así, actuar con delicadeza para la solución de urgencia de no salvar la vida de su tragedia pero impedir que la tragedia nos prive de humanidad.


Diseños

10.8.26


Somos un mal planteamiento. Un organismo vulnerable, consciente de su final, capaz de imaginar la felicidad y condenado a perderla, necesitado de los demás y, al mismo tiempo, inclinado a herirlos. Buscamos permanencia dentro de un cuerpo que envejece y sentido en una realidad que no siempre responde. Tal vez nuestra imperfección no sea un accidente sino el diseño mismo. No venimos resueltos, somos una pregunta que camina, una contradicción que aprende a sostenerse. Y quizá nuestra dignidad nazca precisamente de ahí, de intentar vivir con belleza a pesar de haber sido formulados de manera tan precaria.



Pedro y el lobby

9.8.26


Pedro era concejal de un ayuntamiento pequeño, que es la manera más barata de ser un tipo de lo más normal con responsabilidades. Le habían dado la concejalía de Medio Rural porque nadie la quería, y él la ejercía como su padre había ejercido de pastor: madrugando, contando cabezas —de ganado el padre, de votos él— y vigilando el valle desde una roca que ahora se llamaba pleno municipal. Fue en uno de esos plenos, entre la aprobación de una factura de fuegos artificiales y el ruego de un vecino sobre un badén, donde vio pasar el expediente. Un fondo llamado Lupus Capital Partners solicitaba la declaración de interés estratégico para reordenar los aprovechamientos del valle. Pedro no sabía latín, pero sabía leer despacio, que en política es casi un superpoder. Pidió la palabra y gritó lo que había que gritar, con el micrófono en modo colina:
—¡Señorías, que viene el lobby!
El salón de plenos se rio con la risa administrada de los plenos. El alcalde le recordó que las señorías eran cosa del Congreso y que allí se decía «compañeros». El secretario hizo constar en acta la intervención del señor concejal «manifestando inquietudes». Los compañeros miraron el expediente, miraron el valle por la ventana y no vieron nada: ni excavadoras, ni vallas, ni colmillos. Trescientos folios perfectamente encuadernados, con sus informes favorables y sus sellos en regla. Los lobos, que se sepa, no compulsan documentos.
—¿Y dónde está ese lobby? —preguntó el portavoz de la oposición, por una vez de acuerdo con el gobierno.
—No se ve —explicó Pedro—. Por eso cobra tanto.
Al mes siguiente aparecieron por el municipio unos señores educadísimos con polos color salmón que medían el aire, sonreían al secretario y patrocinaban, de momento, la carpa de las fiestas. Pedro volvió a pedir la palabra. Esta vez trajo pruebas. Una fotografía de los polos salmón desayunando con el diputado provincial y un organigrama del fondo donde los consejeros se repetían como los estribillos. El pleno lo escuchó con la paciencia que se dispensa a los profetas y a los vendedores de enciclopedias. Aquellos señores prometían ochenta puestos de trabajo, sostenibilidad de triple impacto y una rotonda. Aquello no parecía un lobo; parecía el maná con membrete.
—Pedro, hombre —le dijo el alcalde en el pasillo, con la mano en el hombro, que es donde los alcaldes ponen los avisos—. Deja de asustar al personal. Esta gente viene a ayudar.
—Es que el lobby no aúlla —insistió Pedro—. El lobby desayuna.
Y era verdad, aunque constara en acta porque el lobby estaba, como es preceptivo, en el lobby, el de un hotel de Madrid con moqueta espesa, donde unos hombres sin gorra untaban mantequilla en tostadas y voluntades, y donde meses después se decidió, entre el zumo y el segundo café, lo que el pleno votaría solemnemente como si lo decidiera. A esos desayunos el ayuntamiento mandaba a sus mejores hombres, que volvían hablando de sinergias y oliendo a colonia ajena. La puerta del hotel era giratoria, como todo lo demás.
La votación llegó al final del verano, según la costumbre. El interés estratégico se aprobó con los votos de todos menos el de Pedro, que quedó en acta como «voto particular del concejal de Medio Rural», que es la manera técnica de decir válido. Al valle lo reordenaron en un polígono de naves inteligentes que producían no se sabía qué para no se sabía quién; de los ochenta puestos de trabajo vinieron once, ocho de ellos de vigilante del propio polígono, que es como criar ovejas para que cuiden del lobo; y la rotonda, eso sí, quedó preciosa.
La presidía una escultura de acero corten de nueve metros y sesenta mil euros, obra de un artista de proyección internacional que no pudo asistir a la inauguración por encontrarse inaugurando otra rotonda. Según la memoria del proyecto, la pieza se titulaba ‘Diálogo entre tradición y futuro’ y representaba «el flujo identitario del territorio en tránsito hacia la gobernanza de lo posible», descripción que costaba aparte. Según el pregonero de las fiestas, que la estudió de cerca el día que le tocó hablar debajo, representaba un ocho que se había caído. Según los niños, un lazo de pan salado. Según la peña ciclista, que la esquivaba cada domingo, un atentado. La empresa adjudicataria del mantenimiento —filial, por casualidad, de Lupus Capital— la limpiaba dos veces al año con un producto especial que costaba lo que el comedor escolar, porque el acero corten, explicaron, necesita oxidarse pero con dignidad.
El día de la inauguración vino el diputado provincial, se descubrió la lona con himno regional de fondo y el alcalde pronunció la frase que luego bordarían en la memoria anual: «Esta escultura simboliza que este pueblo mira hacia adelante». Y era verdad, porque la habían plantado justo delante de la vista del valle, de modo que para mirar el polígono había que mirar primero el ocho caído, y ya se quedaba uno sin ganas de seguir mirando. Con los años le salió una función: las cigüeñas, que no entienden de gobernanza, anidaron en el bucle superior, y aquello fue lo único del proyecto estratégico que crio algo.
Entonces los vecinos subieron a la colina, es decir, abrieron un grupo de WhatsApp, y gritaron socorro, y auxilio, y que había venido el lobby. Gritaron tanto que su clamor se oyó en todo el valle, que ya era del fondo de inversiones, pero el recurso fue desestimado por extemporáneo, el defensor del pueblo estaba de vacaciones y la televisión vino un martes, grabó la rotonda y se fue.
Lo demás ocurrió como tenía que ocurrir. En las siguientes elecciones, el alcalde que firmó la reordenación revalidó la mayoría con el lema «Hechos, no miedos», financiada la campaña —carteles, carpa y orquesta— por el patrocinador oficial del municipio, que ya se sabe quién era. Pedro perdió el acta por los votos justos de los once empleados del polígono y de sus familias, que votaron con el estómago, que es donde la democracia aprieta. Al año, el alcalde fichó por Lupus Capital como asesor de territorio, y en el pueblo se comentó con orgullo que uno de aquí había llegado lejos.
Y un martes cualquiera, en el boletín oficial, entre un anuncio de subasta y una corrección de erratas, apareció una nueva solicitud de interés estratégico. La firmaba un fondo llamado Vulpes Capital Partners. Pedro, ya sin acta, sin micrófono y sin colina, lo leyó despacio en el bar y no dijo nada, porque a un vecino que pasaba por allí y miró por encima de su hombro le pareció un asunto de trámite.
Y así fue como nadie se dio cuenta de ningún error, y todos aprendieron la lección y nunca más volvieron a hacer caso a quien decía la verdad, que es lo que tiene la verdad cuando no patrocina las fiestas.


El ser escribiente

8.8.26


La persona que escribe no solo crea un texto, se construye a sí misma en el acto de escribir. Cada frase no es únicamente una forma verbal, es una tentativa de ordenar la propia existencia y de reconocer sus tensiones, sus heridas, sus deseos y sus vínculos con la historia común de la humanidad. Escribir implica ejecutar un patrón íntimo, una manera de estar en el mundo, de interpretar lo vivido y de anticipar lo que aún no tiene forma. En ese proceso, el ser escribiente no se limita a expresar una identidad previa, la va configurando mientras escribe. La palabra no solo revela al sujeto también lo modela. Por eso toda escritura verdadera contiene una dimensión existencial. Al escribir, el individuo ensaya su destino, precisa su mirada y consolida una esencia que no estaba completamente dada antes del geso creador. La obra resultante importa pero también importa la transformación silenciosa de quien la produce. Escribir puede que sea hacer visible un texto mientras, en secreto, se va escribiendo también una vida.


Coordenadas

7.8.26


Azar y deseo enmarcan la realidad. Entre lo que sucede sin haberlo elegido y aquello que perseguimos con voluntad transcurre buena parte de nuestra existencia. El azar introduce lo imprevisible, rompe los planes y abre caminos que nunca habríamos buscado. El deseo, en cambio, intenta orientar ese desorden, convertirlo en proyecto, dirección o sentido. Uno nos desplaza y el otro es quien procura conducirnos. Por eso vivir puede que consista en moverse entre ambas fuerzas y aceptar lo que acontece sin renunciar al deseo de lo que todavía podría llegar a ser.


Intrascendentes

6.8.26


La existencia humana parece haber clausurado toda posibilidad de sobrevivirse y trascender hacia otra forma de vida. Agotadas las salidas metafísicas, creer en algo más allá de esta existencia limitada puede parecer una manera de habitar la ilusión. La fe surgiría entonces no como conocimiento sino como consuelo, como una respuesta compasiva ante la dificultad de aceptar que todo termina y que prometer continuidad al yo sería protegerlo del vértigo de su desaparición. Aunque puede que esa necesidad de trascendencia revele menos una verdad sobre el más allá que una incapacidad para asumir plenamente el más acá. Nos cuesta aceptar que una vida pueda ser valiosa sin ser eterna, que algo pueda tener sentido aunque esté destinado a desaparecer y, sin embargo, nuestra condición más humana es precisamente esa, la saber que somos intrascendentes y vivir como si cada gesto mereciera permanecer.


Teoría de la eternidad

5.8.26


El tiempo es un embudo por el que damos vueltas, pasando una y otra vez por los mismos lugares hasta caer, definitivamente, en su agujero. Creemos avanzar porque cambian los días, los rostros y las circunstancias, pero a menudo regresamos a los mismos temores, deseos, errores y preguntas. La vida parece una espiral aunque nunca estamos exactamente donde estuvimos y que algo esencial del paisaje se repita. Cada vuelta estrecha el margen. El tiempo nos conduce desde la amplitud de lo posible hacia la certeza de un único desenlace. Y, sin embargo, mientras descendemos, llamamos experiencia a ese movimiento circular y destino al agujero que nos espera, lo que nos lleva a entender que la eternidad no consiste en vivir para siempre sino en repetirnos hasta que el tiempo termine por absorbernos.


Libre albedrío

4.8.26



¿Existe un destino después del destino o ya estaba escrito antes de que pudiéramos nombrarlo? Me inquieta imaginar si algo ocurre porque era inevitable o si, una vez sucedido, lo llamamos destino para concederle una forma de sentido. En los entierros suele escucharse una frase lapidaria: «Ese era su destino». Se pronuncia como si la muerte revelara retrospectivamente una verdad que nadie habría sabido anticipar, pero quizá llamamos destino a lo irreversible porque nos cuesta aceptar que la vida también está hecha de azar, accidente y decisiones inconclusas. Nadie parece dispuesto a señalar cuál es su propio destino. Tal vez porque reconocerlo supondría la posibilidad de modificarlo y, con ello, destruir la idea misma de fatalidad. El ser humano necesita creer que algunas cosas estaban escritas, pero también desea conservar la ilusión de poder reescribirlas. Tonta ambición de nuestra incredulidad como es negar el destino mientras lo invocamos, y defender el libre albedrío incluso cuando ya hemos llegado al lugar del que decimos no haber podido escapar.



Galaxia de la memoria

3.8.26


Al mirar el cielo nocturno no diferenciamos entre las estrellas que aún existen y aquellas que fulguran sin existir ya, porque de todas nos llega su luz. El firmamento es también un archivo de ausencias luminosas y presencias extinguidas que, sin embargo, continúan alcanzándonos desde una distancia imposible. Algo parecido sucede con la memoria. En su galaxia íntima brillan seres que ya no están, amores que se fueron, voces que no volverán a llamarnos y momentos que el tiempo clausuró. Pero su luz permanece. No como materia viva, lo hace como resplandor afectivo y señal tardía de lo que alguna vez nos sostuvo. Y al recordar recibimos la luz de lo perdido sin poder tocar su origen y el corazón, como el cielo, ya no distingue del todo entre presencia y ausencia porque hay vidas que siguen brillando en nosotros mucho después de haberse apagado en el mundo. Tal vez por eso algunas personas no desaparecen nunca y se convierten en estrellas interiores con las que seguimos orientándonos por la luz que dejaron.


Santa Juana en las cocinas del infierno

2.8.26


Llovía como una maldición. Llovía en vertical, sin recovecos, mientras un perfume a vegetación podrida se infiltraba en la cocina a vaharadas. Cuatro cacerolas de medio metro de diámetro hervían a su aire diferentes guisos mientras borbotaban sus líquidos condimentos, soltando pompitas como lava de un volcán a punto de eructar. Una estampa de santa Rita, abogada de los imposibles y las causas perdidas, miraba de frente el espacio grasiento de la cocina. De su espina mortificante no manaba sangre sino un pus parecido a la crema de espárragos. Un san Pancracio devolvía la gratitud y benevolencia de la santa mostrando un alegre y jovial ramo de perejil. La lluvia de otoño es, a veces, como un picor de nariz o una alergia inoportuna, recuerda a los juegos escondidos de la niñez y a las tardes de clausura en el hogar. La lluvia en otoño es el estornudo y los guantes de lana. El desaliento del aire humedecido. La tristeza temprana y el reuma. Además de las cuatro cacerolas, dos ollas a presión, con un diálogo sibilante, atendían a la mortificación de ambos cocidos de callos, vaporizando la atmósfera con ese olor de cerdo resumido y salsa picante que conmueve los estómagos más fosilizados. El aire en la cocina era triste, grasiento y húmedo. Las gotas frías de lluvia bailaban al caer, como cuentas de cristal que conjugaran una canción oscura. Una coreografía acuática al compás del zumbido de las chorreras estrelladas en el suelo relataba, de manera fidedigna, el clima otoñal, intercambiándose con el de la cocina en una relación de osmosis permeable. Sobre una larga plancha de acero ennegrecido por el desgrase de las carnes, se sobrecogían siete muslos de pollo asándose de risa. Un ejército de cuchillos en ristre, firmes como soldados en una parada militar, sonreían bajo mellas sospechosas de ser audaces cortadores del aire y de las porciones de tocino convenientes como para ser engullidas por un batallón de hambrones sin decoro. El odio de las cucharas y sobre todo de los tenedores hacia la condición rebanadora de los cuchillos era evidente pero mudo. Los fogones sin embargo embadurnaban el ambiente con un hollín discreto y un calor de tono butano, frustrados por el deseo de consumir algún condimento indispensable para la dieta del sustento. La dieta existencial.

Juana se mortificaba en la cocina con la conciencia mártir de quien ha padecido toda su vida un marido abrupto e insensible con las cosas del alma, jugador, borracho, mujeriego, y además en paro. Un marido que la besaba con aliento avinagrado de quien aterriza en el lecho por la alborada, que utilizaba el sexo como un recipiente donde desahogar sus frustraciones de macho cavernícola y le había cargado el equipaje familiar con siete hijos. Para preservarse de estos y otros males domésticos, de su cuello colgaba un escapulario con la imagen de santa Dorotea, patrona de los malos tratos conyugales, y una bolsita con un diente de ajo silvestre plantado en luna llena que la protegían de las calamidades hogareñas y lo malos augurios domésticos. Juana acostumbraba a pasar sus manos por el fuego de las hornillas, como distraída, o agarraba los cacharros cuando más caliente estaba el metal para torturar las yemas de sus dedos. En otras ocasiones derramaba el agua hirviendo sobre sus pies, realizaba pequeñas incisiones en sus brazos, se golpeaba las rodillas con el mazo de mortificar los filetes de ternera, se perforaba las orejas, se arrancaba una uña o mojaba su lengua en un enchufe eléctrico, purgando así la culpa de soportar a aquel hombre montaraz y lavar los pecados de su condenado marido a quien tan sólo su sacrificio podría librar del infierno de los violentos y los esquivos. Pero el suplicio de Juana no concluía ahí: su hijo mayor, yonqui y sidoso, se abandonaba a los últimos de su penoso existir. Adelita la menor de todos estaba embarazada...

Tanto martirio había conferido a Juana, en su largo proceso de llagas y de estigmas, virtudes curativas que empleaba en sanar a familiares y amigos. No aplicaba la imposición de manos, ni las aguas milagrosas, ni las reliquias de santos, ni las videncias de apariciones. Sóla guisos y oración. Plegaria y alimento. Sus mejunjes culinarios unidos a los rezos, no sólo curaban cualquier enfermedad si no que hasta hacían resucitar a los muertos con unas simples sopas de ajo y una plegaria larga a Jesús Resucitado. Su cocina, con el tiempo, se convirtió en punto de peregrinación de los desahuciados de los hospitales, de la Seguridad Social e incluso de prestigiosas clínicas privadas. La fe los salvaba, decía Juana. Su fe y el buen apetito. La avalancha de moribundos que a diario la visitaban, muchos de ellos en aras de santidad, le habían comprometido más de una vez en su trabajo de cocinera en un gran restaurante, pero su entrega y beatitud siempre obraron en su beneficio.

El martirio de los santos es infinito ya que sufren por los que no sufren y por los que sufren también, se consagran al dolor de las cosas insensibles, de los románticos y de los pragmáticos. Su dolor es extensible a toda condición humana y solidaria con cualquier forma de vida ya sea animada o inerte. Es como un agujero negro que absorbe cualquier oscilación en la sensibilidad dolorosa del universo. Por eso con santos y ascetas de por medio la realidad humana es mucho más llevadera y soportable, es una posibilidad que sin ellos sería insufrible en tanto que no absorbieran la cantidad de dolor no asimilable por la capacidad de las personas y de las otras cosas. Así se hace imprescindible la existencia de los mismos para desenvolvernos en nuestra condición de humanos sufridores ya que son la anestesia del espíritu de los demás. En ellos se concentra parte del dolor de muelas y de los dolores de parto, del dolor fracturado de hueso o del infinito tormento de una enfermedad terminal, se resume también el malestar de la hambruna, la quintaescencia del profundo dolor del desamor, de la soledad ubérrima, del desamparo y del frío cortante. Ellos son la esponja que absorbe la depresión de los sueños y la tortura de las pesadillas, los que roban parte del desamparo de los niños y el desgarrado dolor de los torturados.

También absorben el líquido resinoso que desprende la desolación y el odio adverso. El dolor de pecho, el del enfriamiento, la angustia del quemado, el retorcimiento del reumático, la miseria del desaprensivo y la dicotomía del esquizofrénico. Todo lo sufrible es menguado por el santo tormento de quien consagra su alma a Dios por el bien de los demás humanos. Succionan, beben, absorben, inhalan, aspiran, atraen, roban todos los efluvios inconscientes del dolor con su oración y su alma purificada. Son los recipientes donde van a dar parte de lo que no nos duele, de lo que no sabemos que nos duele pero que sin ellos nos dolería muchísimo más hasta ser insoportable la existencia, de lo verdaderamente doloroso hasta hacernos rabiar y del dolor sumo que nos exaspera hasta pedir la muerte. Son el fármaco que nos alivia, la pócima mágica que actúa sin que nos demos cuenta, el ungüento que calma, el masaje que relaja el alma, la morfina que duerme el sufrimiento.

Juana pensó que en ella también debieran redimirse parte de todas esas almas desgarradas por el dolor que carcome a los desterrados hijos de Eva. Pero a diferencia de otros santones ella no escogió una celda fría ni un claustro ni un convento alejado del mundo. Una cocina se parecía más al infierno y por tanto la mortificación del cuerpo sería mayor guisando entre fogones, muriéndose entre grasas, llorando entre cebollas. Su catecismo le decía que había de ennoblecer los estómagos para que las almas fueran más ligeras y subieran más alto, porque habría más distancia entre el espíritu y el cuerpo. También alejaría la debilidad de los cuerpos que bien alimentados son propensos a menos desajustes y por tanto a menos sufrimientos. Dietética y Teología podían ser conjugadas al mismo tiempo, sentía Juana, que encontraba entre guisos y rezos la sanación, en un larga lista culinario-espiritual, de enfermedades capaz de acabar con cualquier mal humano del cuerpo y del alma: el arroz con leche aleja los sueños perturbadores, el solomillo cura de la colitis, un cocido de coles mantiene la tensión en un punto medio, las gachas de maicena sostienen el buen tino y los cambios de humor no son tan bruscos si se come gazpacho al mediodía y por la noche jureles en escabeche más una Salve. Un toque de perejil en los hombros sana el reuma en las articulaciones altas, tres granos de pimienta bajo la lengua, mientras se reza un Padrenuestro a santa Apolonia, quita el dolor de muelas y previene la caries. trazando círculos con aceite de oliva y cruces en la frente se espanta la alopecia, el azafrán en los párpados es para la cefalalgia crónica, la ingestión de un potaje de habillas y calabaza y tres Avemarías acaban con la gastritis y la úlcera de estómago. el polvo de rábano retira del tabaco a los más empedernidos fumadores, la manteca de cerdo para las hemorragias menstruales y unas migas de sémola, con arenques, bacalao seco y tomates fritos matan las solitarias. Un rosario a santa Engracia y rodajas de limón sobre las sienes libras de las jaquecas a las amas de casa, y un lecho de hojas frescas de abedul iba bien para la tetraplejia. Estramonio mandaba para quienes padecían de asma y con una estampita de santa Quiteria bajo la almohada e infusiones de beleño, las neurosis mejoraban.

Santa Juana fue ascendida a los infiernos por Belphegor para que contara a diario para el mismísimo Lucifer las calorías de los pecadores que iban ingresando en el averno y dirigiera la cocina general del séptimo círculo, clausurada por la Inspección Infernal de Sanidad después de encontrarse cucarachas albinas nadando a braza entre las calderas de pez. La conducción hasta los sótanos de la eternidad se efectuó por una galería descendente que, no obstante, a Juana le pareció una subida, pues hay almas que ascienden cuando bajan y otras que se despeñan mientras creen elevarse. Belphegor, vestido con una casaca encarnada, pezuñas de charol y un gorro de cocinero que ocultaba dos cuernecillos mal afilados, le explicó durante el trayecto que el infierno atravesaba una crisis de intendencia. Los condenados habían perdido el apetito, los demonios se negaban a probar el rancho y Lucifer padecía desde hacía siglos una acidez de estómago tan abrasiva que el fuego eterno procedía, en buena parte, de sus digestiones.

La cocina infernal ocupaba una nave sin principio ni término donde humeaban marmitas del tamaño de plazas públicas y se amontonaban, en estanterías de hierro, los utensilios de la desesperación culinaria: espumaderas para desnatar la soberbia, coladores de pensamientos impuros, ralladores de conciencia, pinzas para extraer remordimientos, sartenes de doble fondo para los hipócritas y una máquina de picar promesas incumplidas que no dejaba de trabajar ni en las festividades de guardar. Los hornos abrían sus bocas dentadas con bostezos de azufre, los cucharones se perseguían entre sí como ánimas sin reposo y una legión de cuchillos, menos disciplinada que la de su restaurante terrestre, despedazaba sombras para el caldo de la noche. Sin embargo, nada olía a comida. Olía a culpa recalentada, a rencor requemado, a miedo con moho y a esa agrura que deja en el paladar haber vivido contra uno mismo.
—Aquí se guisa el castigo —le aclaró Belphegor—. Cada cual come lo que hizo tragar a los demás.
Juana, que entendía de sufrimientos adobados y de pesares a fuego lento, probó con la punta del dedo una salsa negra que hervía en la olla de los avaros, la olfateó y escupió al suelo.
—A esto le falta sal.
La afirmación corrió por las galerías del abismo con la gravedad de una herejía. Desde la rebelión de los ángeles nadie se había atrevido a corregir una receta infernal. Belphegor abrió dos palmos sus ojos amarillos y un diablillo pinche dejó caer una bandeja de blasfemias recién horneadas. Juana pidió aceite de oliva, ajos, cebollas, perejil, laurel, pimentón, unas habichuelas tiernas, dos docenas de huevos, bacalao seco y una estampa de la Virgen de las Angustias. Le comunicaron que de todo había en abundancia menos aceite de oliva, producto que por su pureza no resistía las temperaturas del recinto, y que las imágenes sagradas estaban prohibidas por un decreto de Lucifer. Juana se sacó entonces del pecho el escapulario de santa Dorotea, lo clavó con una espina sobre la campana extractora y se persignó con el cucharón.

Comenzó por vaciar las calderas y fregar el hollín acumulado desde el pecado original. A los demonios holgazanes les mandó raspar las costras; a los lujuriosos, pelar cebollas sin tocarlas más de lo necesario; a los soberbios, limpiar de rodillas los retretes; a los envidiosos, repartir las raciones más abundantes; y a los glotones, cocinar en ayunas. Organizó la despensa por pecados y fechas de caducidad, separó la carne de los remordimientos, puso en cuarentena las tentaciones y arrojó a la basura un cargamento de indulgencias falsificadas que unos mercaderes florentinos continuaban vendiendo a escondidas. El infierno, que hasta entonces había funcionado por combustión espontánea y desorden administrativo, conoció el estropajo, la lejía y la disciplina del delantal. Pronto elaboró un recetario para la condenación y el alivio. A los orgullosos les administraba sopa de pan duro para que aprendieran la humildad de las migas; a los avaros, lentejas contadas una a una que debían compartir con el vecino; a los envidiosos, ensalada de frutos ajenos aliñada con aceptación; a los iracundos, tila con hierbabuena y siete minutos de cocción silenciosa; a los perezosos, café de puchero servido a doscientos pasos de la mesa; a los lujuriosos, potaje de vigilia sin tocino carnal; y a los glotones, el olor de un cocido del que solo podían comer cuando hubieran alimentado a otro. Para los suicidas preparó un caldo de segundas oportunidades; para los asesinos, una infusión de memoria que les hacía sentir en su propio pecho el último latido de sus víctimas; para los indiferentes, una papilla de ojos abiertos; y para los traidores, lengua en salsa, que es comida de mucho hablar y difícil digestión. Todo plato iba acompañado de una oración, aunque Juana, prudente, las pronunciaba hacia dentro para no soliviantar a la autoridad diabólica.

Los efectos no tardaron en manifestarse. Un usurero devolvió la cuchara, un tirano pidió perdón al camarero, tres inquisidores confesaron que siempre les había dado miedo el fuego y una mujer condenada por adúltera se negó a continuar arrepintiéndose de haber amado. Los réprobos comenzaron a sentarse juntos, a pasarse el pan y a contarse sus vidas anteriores mientras esperaban el postre. Algunos descubrían que su mayor pecado no figuraba en los expedientes; otros que habían cargado culpas ajenas por miedo, obediencia o costumbre. En menos de una semana disminuyeron los alaridos, se redujo el consumo de azufre y las llamas bajaron dos palmos. En dos meses el departamento de tormentos registró la primera caída de productividad desde la creación del mundo. Los verdugos se aburrían, los caldereros solicitaban regulación de empleo y los demonios más antiguos se quedaban después del servicio rebañando con pan las cacerolas.

Belphegor, que había llevado a Juana para resolver un problema de alimentación y no para poner en peligro la industria del sufrimiento, redactó un informe de ciento cuarenta y cuatro páginas. Acusaba a la cocinera de intrusismo salvífico, competencia desleal con el purgatorio, blanqueamiento de culpas, contrabando de esperanza y utilización de perejil bendecido sin licencia. El documento llegó a Lucifer una mañana en que el príncipe de las tinieblas despertó con una ardentía de pecho capaz de chamuscar un continente. Mandó comparecer a Juana en el salón del trono, un comedor interminable presidido por una mesa de mármol negro donde las moscas caían abrasadas antes de posarse.
—Mujer —rugió Lucifer con voz de chimenea—, te traje para alimentar el tormento y estás convirtiendo mi reino en una casa de comidas. Los condenados engordan, conversan y hasta se ríen. Ayer sorprendieron a dos demonios jugando al dominó con unos blasfemos. ¿Qué tienes que alegar?
—Que comen mejor —respondió Juana.
—¡Aquí no se viene a comer mejor!
—Pues no haber puesto cocina.
La respuesta provocó un silencio mineral. Belphegor escondió el hocico detrás del informe y los príncipes infernales afilaron sus tridentes por si era necesario ensartar la insolencia. Pero Lucifer, a quien nadie contradecía desde los tiempos celestes, sintió curiosidad por aquella mujer pequeña de manos llagadas que no apartaba la mirada. Le ordenó preparar un plato que no curara, no consolara, no perdonara y no despertara en quien lo comiese deseo alguno de ser mejor. Si lo conseguía, conservaría su puesto; si fracasaba, sería arrojada a la caldera de las cocineras que quemaron el arroz. Juana regresó a los fogones y meditó la receta. Podía guisar víboras en su veneno, freír corazones de piedra, rellenar una cabeza de político con sus propias promesas o servir la frialdad de los banqueros en gelatina. Ninguno de aquellos manjares satisfacía el encargo porque hasta la ponzoña, bien administrada, podía ser remedio, y no existe alimento tan malo que el hambre no convierta en esperanza. Tomó entonces un mendrugo, cuatro dientes de ajo, agua, sal y un huevo. Sofrió los ajos en la poca grasa que pudo rescatar de un tocino arrepentido, añadió el pan, vertió el agua y dejó caer el huevo como una luna blanca en un cielo humilde. Mientras hervía rezó sin palabras, que son las plegarias que mejor escucha Dios y peor interceptan los demonios.

Lucifer recibió el cuenco con desprecio. Acostumbrado a devorar ambiciones humanas, imperios enteros, honores, fortunas, cuerpos codiciados y almas en salsa de vanidad, consideró aquella sopa una ofensa a su rango. Probó una cucharada. Después otra. A la tercera cerró los ojos y, por un instante, recordó una luz anterior al fuego, la música de los astros cuando todavía no existía el rencor y aquella mesa del cielo en la que nadie ocupaba la cabecera porque todos compartían el pan. Una lágrima incandescente le resbaló por la mejilla. Al tocar el suelo se apagó y dejó una pequeña mancha húmeda de la que brotó una brizna de perejil. Los demonios retrocedieron horrorizados. La compasión era inflamable en el cielo, pero en el infierno resultaba explosiva. Lucifer golpeó la mesa, se limpió la cara con la manga y ordenó destruir el cuenco. Sin embargo, ya era tarde. El olor de la sopa había recorrido los nueve círculos y los condenados, al respirarlo, recordaron alguna cocina de su infancia, una madre inclinada sobre el fuego, una abuela soplando la cuchara, el hambre satisfecha en una noche de invierno o la mano que partía un trozo de pan y daba la porción mayor. Cada recuerdo apagó una llama. Durante unos minutos cayó sobre el infierno una lluvia menuda, tibia y vertical, parecida a la que aquella tarde de otoño golpeaba los cristales del restaurante donde Juana comenzó su martirio.
—Has desobedecido —le dijo Lucifer, aunque su voz ya no sonaba a caldera sino a brasero moribundo.
—He cocinado lo que me pidió.
—Te ordené un plato que no consolara.
—No existe.
Lucifer iba a expulsarla cuando se abrieron las puertas del salón y dos alguaciles infernales arrastraron a un recién llegado. Venía maldiciendo, con la camisa desabrochada, olor a vino agrio y una papeleta de defunción pegada en la frente. Había muerto al perder el equilibrio a la salida de una taberna después de discutir con un jugador que le reclamaba una deuda. Juana reconoció a su marido. Él también la vio y, sin sorprenderse de encontrarla allí, le pidió comida y le reprochó no tenerla preparada.
La santa bajó los ojos por costumbre, pero no por obediencia. Durante toda su vida había confundido la bondad con soportarlo todo y el sacrificio con permitir que otros sacrificaran su cuerpo. Comprendió entonces que ningún dios justo podía exigirle salvar a quien nunca quiso dejar de condenarla. Se quitó del cuello el escapulario de santa Dorotea, besó la estampa gastada y la guardó en el bolsillo del delantal. Después miró a Lucifer.
—Este me ayudará en la cocina.
El condenado se rio con su vieja risa de macho montaraz y levantó la mano, igual que tantas veces. No llegó a bajarla. Una cadena de chorizos se enroscó en su muñeca, dos cucharones le sujetaron los brazos y el ejército de cuchillos en ristre formó a su alrededor una parada militar. Lucifer, todavía con el sabor de la sopa en la boca, sentenció que pelaría cebollas, fregaría calderas y alimentaría a los hambrientos hasta comprender el dolor que había dejado en los demás. Como en la eternidad no hay jubilación ni prescriben las tareas domésticas, tendría tiempo suficiente.

Juana volvió a la cocina. Ya no derramó agua hirviendo sobre sus pies, no aproximó las manos al fuego ni empleó el mazo de la carne contra sus rodillas. Sus llagas comenzaron a cerrarse y las yemas de sus dedos recuperaron el tacto. Continuó guisando para vivos, muertos, demonios y condenados, porque el hambre no pregunta de qué lado de la eternidad se encuentra el estómago. El infierno no dejó de ser infierno, pues hay instituciones que ni los milagros consiguen reformar, pero desde entonces tuvo una puerta pequeña por la que algunos salían después de comer y arrepentirse de veras. El marido de Juana sigue pelando cebollas. Ella dejó de llorar entre ellas. También dejó de quemarse las manos. En el infierno ardía ya quien debía.


Agotamiento

1.8.26


Vivimos en un continuo presente y, sin embargo, eso nos asombra y nos sacude de tal modo que apenas somos capaces de reunir el valor necesario para reconocerlo. Estamos aquí, siempre aquí, encerrados en este instante que no cesa, pero rara vez logramos habitarlo sin inquietud. De ahí nuestra obsesiva tendencia a huir hacia el pasado o hacia el futuro. Regresamos a lo que ya no puede modificarse o nos adelantamos a lo que todavía no existe, como si el presente fuera una habitación demasiado estrecha para permanecer en ella. Pero esa fuga constante no nos salva: nos desgasta. El pasado nos reclama con su melancolía y el futuro con su ansiedad. Entre ambos, el presente queda convertido en un lugar inhabitable, no porque carezca de sentido, más bien porque hemos perdido la serenidad necesaria para permanecer en él. Puede ser, no sé, que el agotamiento contemporáneo nazca precisamente de esa imposibilidad, la de vivir siempre en el presente y, al mismo tiempo, no saber estar nunca del todo en él.