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Envanecidos
14.9.26
Hay una liturgia menor que acompaña a las letras: galardones, estrados y nombres leídos ante un público que aplaude sin haber leído una línea. Se llama prestigio y se sirve dorado a quien ya no necesita comer, sino que lo fotografíen masticando. Los premiados se hinchan con la dignidad del pavo real que se cree fénix. Vanidad viene de vanus, vacío: pocas proezas igualan la de llenar el vacío de aire, llamarlo altura y cobrar por la ceremonia. Suben al estrado perfumados de humildad —«esto es de todos, yo solo puse el nombre»— y veneran el mismo altar que de jóvenes ridiculizaban en un bar. El gremio funciona como una cofradía de pueblo: se premian, se citan y se fotografían entre sí; cuando falta un jurado imparcial, nombran a otro de la familia. Cada premio se exhibe como un pedigrí, como si la literatura tuviera linajes y los jueces expidieran certificados de pureza. El laureado deja de escribir entre sus semejantes y empieza a escribir por encima de ellos. Olvida que ningún jurado ha demostrado todavía saber distinguir una buena frase de una frase bien recomendada porque el talento no se hereda por certificado, se prueba en la línea que cada uno firma cuando nadie está mirando.
Etiquetas: análisis, comentario, premios, vanidad
Contra todos los premios
3.12.25
El cielo nunca compite con el mar en azul. La rosa no aspira a desbancar a la clavellina. En la naturaleza no hay jurados ni diplomas, existe solo presencia. Cuando el ser humano inventó el premio, inauguró la envidia disfrazada de mérito. El color que gana es el que empieza a perder, me dijo un pintor ciego que firmaba sus cuadros con olor a trementina. Ganar es la forma más veloz de comenzar a pudrirse.
Los premios son la coartada amable del castigo social porque consagran lo que debe repetirse, silencian lo que incomoda, barnizan con brillo la obediencia. Subir al estrado es pisar la nuca de quien no subió, recibir un aplauso es aceptar el canon que lo concede. El podio, tantas veces, es un patíbulo con alfombra roja.
Premiar la ‘originalidad’ es domesticarla y aplaudir la ‘excelencia’ es convertirla en estándar. Así se forja un cementerio de obras que no encajan en la vitrina. El certamen transforma la diferencia en desigualdad porque cuando dos poemas compiten, ambos pierden, uno al ser elegido, el otro al ser descartado. Y mientras tanto, la infancia aprende temprano que vivir es un ring y que el vecino es adversario.
Abolir los premios no implica negar la excelencia, sino devolverla al aire común, donde nadie la firma y todos la respiran. Tal vez el único mérito legítimo sea aquel que no necesita constancia, el de una obra que se ofrece como pan sin etiqueta, un gesto sin testigo, una rosa sin jurado.
Cuando se apague el último diploma, quedará lo único verdadero que no es otra cosa que la brisa moviendo las hojas sin premiar al árbol, y donde el hay amor a la creación sin esperar recompensa.
Etiquetas: análisis, comentario, premios, reflexión
Ocupas
25.7.19
Siempre me alegro por las distinciones, homenajes y premios ajenos. Es así como alguien ocupa el lugar donde no quiero estar.
Etiquetas: aforismo, distinciones, homenajes, premios
Laureles
2.11.17
Los premios se deben recibir cuando aún se es joven; los aplausos cuando se fracasa; y el reconocimiento cuando se representa una opción minoritaria. El paso de los años hace innecesarias las alharacas y resta importancia a lo anecdótico.
Etiquetas: aforismo, aplauso, joven, premios, reconocimiento
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