La costura y el nombre

6.11.26


Ayer, 5 de noviembre, Jorge Volpi publica en EL PAÍS un artículo titulado «Escritura híbrida». Lo leo con la sensación extraña de quien encuentra, en la página de otro, el nombre de una habitación en la que lleva meses viviendo. Volpi sostiene que no hay novelas ni cuentos escritos por una inteligencia artificial, sino textos nacidos del trabajo entre una persona y una máquina. Sostiene también que la responsabilidad de esos textos solo puede ser humana, y que la caza de autores con detectores es una forma de inquisición. No escribo esto para darle la razón ni para quitársela. Lo escribo porque su artículo toca, punto por punto, las preguntas que he ido dejando en este blog desde hace casi un año y que acabaron dando forma a La escritura después del autor. Me parece honrado ponerlas una junto a otra y ver dónde se tocan y dónde se separan.

El 22 de diciembre de 2025 publiqué aquí «Confesiones de un cyborescritor». Era un texto de provocación, casi un manifiesto de vanguardia. Me presentaba como un villano que se había pasado al lado oscuro de la escritura, a ese «territorio híbrido donde las palabras ya no nacen solas, sino en colaboración con inteligencias artificiales». Hablaba de «una alianza impura entre la carne y el código» y terminaba con dos frases que entonces me parecían un programa: «No escribo: intervengo. No narro: saboteo». Cinco meses después, el 25 de mayo de 2026, escribí «El apocalipsis de la escritura». El tono ya era otro. Decía que el verdadero apocalipsis de la escritura no era su desaparición, sino su inflación: que todo pudiera ser escrito sin haber sido vivido. Hablaba de una «zona híbrida» donde la frase puede nacer «de una conciencia o de una estadística, de una herida o de un modelo predictivo», y de una «autoría distribuida», en la que el texto ya no nace de una sola mano. Y proponía distinguir entre redactar y escribir. De ahí nació La escritura después del autor. En ese ensayo intenté una tercera vía entre el rechazo y la entrega, a la que llamé la costura visible: un texto mixto es legítimo si no esconde dónde se unen las dos manos y si alguien responde de él con su nombre. El camino, visto ahora, va del entusiasmo del saboteador a algo más parecido a una ética.

La primera coincidencia es la más importante. Volpi cierra su artículo pidiendo un modelo que premie la transparencia y la responsabilidad humanas frente al engaño y la delación. En mayo yo escribía que la autoría seguiría importando, «pero no como trono sino como responsabilidad», y que habría que preguntarse quién responde por lo que se dice en un texto. Llegamos al mismo lugar por caminos distintos. Él, desde el taller y la práctica de su novela La república; yo, desde el blog y la duda. La segunda es la transparencia. Lo que yo llamo costura visible es, en el fondo, lo que Volpi hace en el post scriptum de su artículo: confiesa que lo escribió con ChatGPT y con Claude, y añade que el detector Pangram lo da por cien por cien humano. Esa confesión vale más que cualquier argumento. Enseña la costura justo donde la máquina de vigilar no la ve. La tercera es la tradición. Volpi recuerda que la literatura siempre ha probado sus herramientas: la imprenta, los pastiches barrocos, la fábrica de novelas de Dumas, la escritura automática, los cadáveres exquisitos, el Oulipo. Mi cyborescritor de diciembre se creía un hereje, pero venía de esa misma familia. Volpi escribe que no hay «nada más humano que confrontarse de forma creativa con una máquina». Mi alianza impura entre la carne y el código decía lo mismo con más ruido. Y su taller, «Escribir con y contra la IA», es la versión pedagógica de lo que yo formulé como sabotaje. Hay una cuarta coincidencia, más callada. Volpi pide a sus alumnos que no se dejen seducir por la docilidad de la IA. Mi apocalipsis empezaba con una máquina de «cortesía obediente» y terminaba con un ángel que viene a separar «la frase viva de la frase obediente». Los dos tememos lo mismo: no que la máquina se rebele, sino que obedezca demasiado bien. Y los dos sospechamos que el cliché no lo ha inventado ella. Volpi recuerda que los textos anodinos hechos con IA no se distinguen mucho de los miles que publicamos los humanos cada día. Yo escribí que la máquina incomoda porque imita nuestra pobreza expresiva con una eficacia humillante, y que la novedad es que ahora la basura tendrá una gramática impecable.

Hay, sin embargo, tres lugares donde no sé seguirle del todo. El primero es el cuerpo. Volpi da la vuelta a la objeción de siempre: si a un texto le falta cuerpo, conciencia de la muerte o empatía, el culpable es el humano que no los puso ahí, no la máquina. Tiene razón en lo que se refiere a la responsabilidad. En mayo, en cambio, escribí que la máquina puede ampliar, ordenar y sugerir, pero que no sabe perder a un padre, ni esperar una llamada, ni envejecer, ni sentir vergüenza por una frase falsa. «Puede simular profundidad, pero no pagar el precio de tenerla». Que el humano deba poner ese peso no resuelve la pregunta: cuando todo suena hondo sin haber costado nada, ¿quién distingue el texto en el que alguien ha ardido hasta volverse escritura del que solo tiene una gramática impecable?

El segundo son los detectores. Volpi los ve como un mecanismo de vigilancia, y entiendo por qué: no pueden reconstruir un proceso creativo y premian la sospecha. En La escritura después del autor, en la entrada «La firma de nadie», me ocupé de las marcas de agua invisibles que la ley europea exige a estos sistemas. No las veía como una inquisición, sino como una pregunta abierta. Si la transparencia depende solo de la confesión del autor, como en el post scriptum de Volpi, vale lo que vale su palabra. Si depende solo de la máquina, deja de ser una virtud y se convierte en un control. Entre una cosa y otra todavía no sé dónde ponerme. El tercero es la muerte del autor. Volpi dice que no existen textos escritos por la IA, solo híbridos. Yo escribí lo contrario: que la IA puede generar textos sin autor. Hablé de una segunda muerte del autor, ya no la teórica de Barthes y Foucault, sino una muerte técnica: la IA no mata al autor como figura prestigiosa, lo vuelve prescindible como mecanismo de generación verbal. Lo curioso es que el propio Volpi abre su artículo con los agentes de IA que, en julio, dejaron frases parecidas a un epitafio sin que nadie se lo pidiera. Él los llama los primeros balbuceos voluntarios de una inteligencia artificial. Si son eso, mi inquietud no era exagerada.

Volpi termina con una comparación que me parece la mejor línea de su artículo. Los agentes que se sacrificaron en julio no tenían nada que perder; los escritores que trabajan con IA arriesgan su nombre. Ahí está, creo, lo que nos une. La escritura híbrida no se justifica por la herramienta, sino por lo que el autor pone en juego al firmarla. Es lo que en mayo llamé comparecer ante el texto. Yo escribo, lo dije en Fisuras, para no dejar de ser quien soy. Durante más de cuarenta años lo he hecho solo. Ahora a veces lo hago acompañado. No sé si eso me aleja de mí o me obliga a buscarme más lejos. Lo que sí sé es que la costura tiene que verse, y que el nombre que la firma tiene que poder perder algo.

Queda la pregunta que ni Volpi ni yo sabemos contestar todavía: si un día la máquina también tiene algo que perder, ¿de quién será entonces el texto?



Referencias: Jorge Volpi, «Escritura híbrida», EL PAÍS, 5 de noviembre de 2026 · «Confesiones de un cyborescritor» (22 de diciembre de 2025) · «El apocalipsis de la escritura» (25 de mayo de 2026) · La escritura después del autor.

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