La pereza

21.7.26


Hubo un francés que en 1880 se atrevió a profetizar el naufragio. ‘El derecho a la pereza’ no fue tanto un panfleto como una predicción: Paul Lafargue vaticinó que el capitalismo, empujado por su propia lógica de acumulación, desembocaría en una crisis de superproducción, causa de paro y miseria entre la clase trabajadora. Leerlo hoy produce el escalofrío de quien reconoce el mapa de un territorio que aún no había sido pisado. El metaconsumo, camuflado de especulación, tan responsable de nuestras crisis recientes, es lo más parecido a aquel diagnóstico anticipado, como si el yerno de Marx hubiera escrito no para su siglo sino para el nuestro. Me pregunto qué diría Lafargue si despertara entre nosotros, precisamente ahora que nos hemos convertido en emprendedores de nuestra propia extenuación. Sospecho que reincidiría, más firme que entonces, en su vieja y escandalosa reivindicación: que «se obligue a no trabajar más de tres horas diarias, holgazaneando y gozando el resto del día y de la noche». La frase, que a los oídos productivos suena a herejía, esconde una sabiduría antigua: que la vida no se mide por lo que rinde, sino por lo que se disfruta. Y sin embargo, hemos convertido la pereza en pecado y el descanso en sospecha. Nos han enseñado a temer a la holganza como quien teme al vacío, sin advertir que en ese hueco es donde florece lo humano. Quizás no se trate de dejar de trabajar sino de dejar de creer que el trabajo nos salva, porque al final, cuando la máquina se para y ya nada producimos, descubrimos tarde lo que Lafargue supo pronto, que se nos fue la vida ganándola.


Préstamos

20.7.26


No soy una persona religiosa, aunque sí algo espiritual, en el sentido de que muchas cosas inmateriales me satisfacen y me dan plenitud más allá del hedonismo material. Hay una forma de hondura que no necesita dogma, una intimidad con lo invisible que no exige templo, pero sí silencio, gratitud y atención. Los seres humanos vivimos bajo la ley de lo absurdo y de lo efímero, rodeados de ausencia, desolación y vacío. Todo cuanto creemos poseer es, en realidad, prestado: el cuerpo, la casa, los días, los nombres, incluso las certezas que nos sostienen durante un tiempo y luego se deshacen. Sin nada vine y sin nada me iré, excepto quizá aquello que no se puede guardar en las manos como el amor entregado y el amor recibido. Lo demás pasa, cambia de dueño, se pierde o se olvida. Solo el amor parece dejar una forma de permanencia en medio de tanta intemperie. Quizá la espiritualidad consista precisamente en eso, en entender que nada nos pertenece del todo y, aun así, amar como si cada gesto pudiera salvarnos un instante del vacío.


Develación

19.7.26


Sobre el pecho de Yasuko se posó una mariposa. Con su mano cubrió el gesto alado y escuchó un tenue rumor de alas junto a su corazón. Imaginó la espuma de los besos en un mar de flores. Y cuando la joven abrió sus dedos solo encontró, escrita con fino polvo, una palabra de amor. No la leyó. Cerró de nuevo la mano y la llevó al pecho, como si las palabras también necesitaran calor para seguir vivas. Al atardecer abrió la palma. La palabra había desaparecido. Desde entonces, cada vez que alguien le preguntaba por qué sonreía sin motivo, Yasuko se limitaba a posar una mano sobre el corazón. Allí seguía. Hay palabras que, una vez leídas, se olvidan. Las verdaderas prefieren convertirse en latido.


Cartografía de la vivencia

18.7.26


Los lugares personales no son necesariamente espacios físicos ni simples topografías geográficas. Son territorios interiores, zonas de la memoria habitadas por encuentros, afectos y amores que dejaron en nosotros una forma de permanencia. Creemos recordar una calle, una casa, una plaza o una ciudad, pero en realidad recordamos a quien nos acompañaba allí, la conversación que nos sostuvo, la mirada que nos cambió, la emoción que convirtió aquel espacio en destino íntimo. El lugar no era el lugar, era la vida que ocurrió dentro de él y por eso hay sitios a los que regresamos sin movernos. Los visitamos con frecuencia en la cartografía secreta de nuestra vivencia, no porque sigan existiendo tal como fueron sino porque algo de nosotros quedó allí, conversando todavía con quienes fuimos y con quienes amamos. Puede que un lugar personal sea un punto del mundo que la memoria se niega a dejar deshabitado.


Cultivaciones

17.7.26


Quien trabaja por la belleza produce belleza.



Forja interior

16.7.26


En mí, el cultivo de la sensibilidad artística comenzó siendo adolescente, cuando asistía a la Escuela de Artes. Una de las prácticas que más me deslumbraba era contemplar el taller de forja: el maestro y los alumnos se esforzaban en retorcer, a golpe de martillo, el hierro candente hasta arrancarle formas exóticas de belleza a un simple trozo de metal. Allí aprendí algo que todavía me acompaña y es que en la vida también hay que golpear con el corazón y la voluntad. Golpear no para destruir, sino para modelar. Golpear nuestros sueños, nuestras ideas y nuestros deseos mientras aún están incandescentes, antes de que se enfríen y se vuelvan rígidos, porque toda forma verdadera exige temperatura, paciencia y resistencia. Nada noble nace del metal intacto ni del espíritu intacto. Hay que pasar por el fuego, aceptar el golpe, soportar la transformación. Quizás vivir sea eso, aprender a forjar belleza con aquello que, en principio, solo parecía dureza.


Inalterado

15.7.26


La negación no invalida la realidad.


Contra el maniqueísmo de la desolación

14.7.26


Se puede vivir del vacío, de la calamidad y de la desolación, siempre que no apostemos por un maniqueísmo existencial. Porque incluso en lo quebrado hay matices, y hasta la ruina conserva zonas habitables si no la convertimos en sentencia absoluta. El vacío no siempre es ausencia, a veces es espacio disponible. La calamidad no siempre clausura, a veces revela lo que permanecía oculto bajo la normalidad. La desolación no siempre destruye, a veces desnuda la vida hasta dejarla en su forma más elemental. El peligro está en dividir la existencia entre salvación y condena, plenitud o fracaso, luz o sombra. Ese maniqueísmo nos impide percibir las pequeñas persistencias como una conversación, una memoria, una tarea mínima, una belleza inesperada en medio del derrumbe. Quizás vivir no consista en escapar del vacío sino en no permitir que el vacío lo explique todo. Ahí empieza una forma humilde de resistencia, la de no negar la desolación pero tampoco concederle la última palabra.


El deseo cesante

13.7.26


Defiende Deleuze que «desear es producir, y producir realidad»: el deseo como potencia activa de la vida, no como simple carencia sino como fuerza que inventa caminos, vínculos, mundos posibles. Desear no sería entonces esperar pasivamente algo que falta, sino poner en marcha una maquinaria íntima capaz de transformar lo existente. Pero más allá de ese deseo productor, ¿qué nos espera? Quizá la realidad deseada. Y en ella empieza la paradoja: cuando el deseo alcanza su objeto, algo se detiene. La intensidad que empujaba, imaginaba y abría futuro se vuelve posesión, costumbre o desencanto. Lo deseado, al realizarse, deja de irradiar promesa y queda reducido a presencia. Tal vez toda realidad deseada contenga una forma de frustración, no porque no llegue sino porque al llegar clausura el movimiento que la hacía vivir. El deseo cesante es ese instante en que la conquista apaga la fuga, en que el objeto obtenido ya no produce mundo sino término. Acaso por eso el deseo más fértil no sea el que se satisface sino el que sigue abriendo realidad sin quedar preso de su cumplimiento.


Dipsómana

12.7.26


Amelia, una mujer mayor, escéptica y vital, que charla conmigo cuando nos encontramos en esa ágora moderna que es el súper, me confiesa:
—Cuando pienso en todo el vacío que nos queda por delante me da por emborracharme de vida cada mañana. Lo dijo mientras comparaba dos marcas de tomate frito, como quien comenta que mañana lloverá.
—¿Y funciona? —le pregunté.
—Depende del día. Hay mañanas que con un café bien cargado basta. Otras necesito un paseo largo, hablar con alguien, comprar flores aunque no tenga jarrón o reírme de cualquier tontería —sonrió—. Lo importante es no beber siempre de la misma botella.
Pagó la compra, me dio un golpecito cariñoso en el brazo y se fue empujando el carro. Yo me quedé un rato mirando los estantes y busqué sin éxito la sección donde vendían esa clase de vida.


Muñecos de escaparate

11.7.26


Esta sociedad nos destroza por dentro y nos zarandea como muñecos de trapo, anulando el sosiego y la reflexión. Vivimos sometidos a una agitación permanente que convierte el cansancio en normalidad y la prisa en virtud. Apenas queda tiempo para detenerse, escuchar el propio pensamiento o preguntarse hacia dónde vamos. Y, sin embargo, mientras descuida nuestro mundo interior, esa misma sociedad exige una vigilancia constante del exterior. El cuerpo, el rostro, la ropa, la imagen proyectada, todo debe estar disponible para la evaluación ajena. Se nos invita a parecernos menos a nosotros mismos y más a aquello que otros desean mirar. Así, cuanto más frágiles nos sentimos por dentro, más obligados estamos a parecernos enteros por fuera. La paradoja es brutal, una sociedad que desordena nuestra vida interior nos exige, al mismo tiempo, una apariencia impecable. Quizás esa sea una de sus formas más eficaces de dominio, el convertirnos en objetos preocupados por su escaparate mientras, detrás del cristal, se desmorona silenciosamente la persona.


Modelo biológico

10.7.26


Una duda es una proteína del pensamiento. Actúa como un catalizador que acelera el metabolismo de las ideas y expande los límites del conocimiento. Allí donde todo parece estable, introduce una alteración; donde una certeza se endurece, abre una fisura. Pensar no consiste únicamente en acumular respuestas sino en mantener activa la capacidad de descomponerlas. La duda interviene entonces como una sustancia viva: modifica, combina, obliga a reorganizar. Sin ella, las ideas se estancan, se vuelven dogma y terminan por perder contacto con la realidad. Toda inteligencia necesita incertidumbre para seguir creciendo. La certeza absoluta conserva, la duda transforma. Es por ello que el pensamiento fértil no es el que posee más respuestas sino aquel que todavía sabe metabolizar sus propias convicciones.


Concordancias

9.7.26


La peor soledad es no coincidir nunca del todo con nadie.


Saber llevarlo

8.7.26


Sanar no es olvidar, es aprender a llevarte sin doler.


Autolisonja

7.7.26


Hay personas que no se limitan a estimarse sino que convierten su autoestima en un pequeño espectáculo diario. Se prodigan elogios, se adornan con virtudes, se presentan ante los demás como si la admiración propia bastara para justificar su altura. Pero rara vez esa autolisonja resulta inocente. Casi siempre persigue un rendimiento como consolidar prestigio, reforzar adhesiones, obtener beneficios de quienes comparten su círculo o dependen de su influencia. Lo curioso es que ese ejercicio de exaltación personal suele producir un efecto doble. Entre los correligionarios provoca asentimiento, complicidad, recompensa. Entre quienes miran desde fuera, en cambio, despierta una oleada de desagrado. No tanto por envidia, como a veces se alega, sino por la evidencia de una desmesura. La autocomplacencia, cuando se exhibe demasiado, deja de parecer seguridad y empieza a parecer una forma pulida de la vanidad. Tal vez por eso el verdadero aprecio de uno mismo no necesite tanta proclamación. La dignidad callada convence más que el mérito voceado ya que quien se halaga en exceso no solo se empequeñece un poco porque acaba revelando hasta qué punto necesita que otros ratifiquen el retrato que se ha pintado de sí mismo. La autoestima se vuelve sospechosa cuando necesita convertirse en propaganda.


Devolución

6.7.26


Para mí, escribir y publicar es una manera de devolver al mundo una parte de lo que el mundo me ha dado. Primero aprendí, después recibí, gané afectos, experiencias, palabras, pérdidas, conocimientos y una forma propia de mirar. Durante años fui acumulando vida sin saber del todo que algún día tendría que restituirla. Ahora siento que me corresponde devolver, con agradecimiento, algo de todo cuanto he recibido. Quizá escribir sea eso, poner de nuevo en circulación lo vivido, entregar a otros lo que antes otros dejaron en nosotros. Porque nada de lo que soy me pertenece por completo. Estoy hecho de quienes me enseñaron, de quienes me quisieron, de los libros que leí, de las conversaciones que me cambiaron, de los lugares que habité y hasta de aquello que perdí. Publicar en cualquier soporte, sea en formato digital o papel, no es para mí una forma de exhibirme sino de desprenderme. Una manera de decir gracias, porque al final, uno escribe para devolver al mundo, transformado en palabras, lo que la vida le prestó.


Reconciliación

5.7.26


Esa noche pudo reunir en la mesa a todas las personas que había sido, incluidas las que ya no recordaba, y descansó. Hablaron poco. El niño no comprendía al anciano. El adolescente se negaba a mirar al hombre que había renunciado a sus sueños. El enamorado no quiso sentarse junto al viudo. El cobarde evitaba al valiente, que apenas recordaba cuándo lo había sido. Fue el desconocido quien rompió el silencio.
—Nadie se acuerda de mí —dijo.
Nadie supo quién era. Entonces comprendió que aquella también había sido una de sus vidas, la que nunca llegó a vivir. Le hizo un sitio a su lado. Solo entonces pudo descansar.


A pesar de todo

4.7.26


Tal vez toda la cultura humana —un poema, una fotografía, una conversación recordada, un nombre escrito en una piedra— no sea más que la obstinación de nuestra especie por decirle al tiempo: «Todavía no».


Tiempo adentro

3.7.26


Aun ocupado en mil asuntos, a veces persiste la sensación de que queda algo esencial por hacer, aunque no sepamos qué es. Tal vez sea solo la forma íntima que adopta el tiempo cuando sentimos que se nos desaprovecha por dentro.


Paisanaje borrado

2.7.26


En el dibujo de la vida no solo acumulamos presencias, también corregimos el cuadro. Hay personajes que enturbian la mirada, alteran la respiración del paisaje y obligan a borrar, a tomar distancia, a retirar su figura del centro de nuestra visión. No siempre por odio sino por higiene mental. Vivir exige a veces esa tarea silenciosa de supresión como apartar lo que deforma, lo que hiere, lo que vuelve más áspera la conciencia. Aunque no todo consiste en tachar, también pintamos. Añadimos rostros, afectos, compañías y lealtades que vuelven más habitable la existencia. Existen personas que no solo nos acompañan sino que mejoran la luz con que vemos el mundo. Su presencia más que ocupar, armoniza y no invaden el paisaje porque le dan sentido. Y tal vez por eso el paisanaje de una vida no sea otra cosa que el boceto moral de quien la vive. En los seres que apartamos y en los que conservamos se dibuja, sin querer, una parte de nuestra verdad más profunda. Elegir a quién dejamos dentro de nuestra mirada es también una forma de modelar el alma. La vida se parece al arte de borrar lo que oscurece y conservar lo que da luz.


Enemistad

1.7.26


En la naturaleza, un lobo teme al hambre, una gacela al león y un pájaro a la tormenta. Entre los seres humanos ocurre algo singular porque el mayor peligro para un hombre suele ser otro hombre. No porque las demás especies no compitan entre sí. Lo hacen. Luchan por el territorio, por el alimento o por la reproducción, pero rara vez convierten la destrucción del semejante en un proyecto sostenido, organizado y justificado mediante ideas. El ser humano, en cambio, ha sido capaz de levantar imperios sobre cadáveres, fabricar armas para matar a distancia, convertir el odio en doctrina y la violencia en institución. Es la única especie que puede planificar el sufrimiento del otro durante años, perfeccionar los medios para infligirlo y, al mismo tiempo, escribir tratados sobre la paz y los derechos humanos. Esa contradicción constituye tanto su grandeza como su tragedia. Y quizá, por eso, la verdadera inteligencia no consista en dominar la naturaleza sino, más bien, en aprender a no convertirnos en nuestra propia amenaza, ya que ninguna fiera ha devastado la Tierra tanto como el hombre cuando decide tratar a otro hombre como si dejara de serlo.