Vértigo

15.9.26


Bajábamos la cuesta sin frenos, a todo lo que daban los pedales de la vida, y en algún punto de esa carrera los pedales dejaban de servir para nada: giraban solos, mareados, arrastrados por una velocidad que ya no pedíamos permiso para tener. El aire entraba por la boca abierta como si quisiera llenarnos antes que el miedo, y las manos, blancas sobre el manillar, sostenían menos el manillar que la certeza —absurda, feliz— de estar vivos exactamente en el filo de dejar de estarlo. El mundo giraba de verdad aquel día: no íbamos a caer, era la calle entera dando vueltas a nuestro alrededor, cómplice, como si también ella hubiera decidido, por una vez, soltarse los frenos. Le llamamos miedo después, ya abajo, con las piernas temblando y la risa saliendo antes que el aliento. Mientras duraba la bajada no había ninguna palabra para lo que había: solo el viento entrando por las mangas, el nombre y la hora y la prudencia heredada quedándose atrás, cuesta arriba, sin nosotros.


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