Divagantes

22.10.26


El instinto que guía a las aves en sus migraciones también extravía a algunas, cada otoño, lejos de su ruta. Los ornitólogos las llaman divagantes: un pájaro nacido en Siberia que amanece en un jardín del sur, desorientado entre limoneros. La mayoría no sobrevive. Unas pocas, sin embargo, inauguran caminos que generaciones después seguirán otras. Nadie sabe si ese error es un fallo del instinto o una forma de su sabiduría. La especie se permite perder a unos cuantos para que alguno, a solas, encuentre lo que la ruta conocida no podía darle. Lo que para el pájaro es extravío para la bandada es tanteo.


A un paso

21.10.26


El amor siempre está un paso más allá de donde lo buscamos. Nunca a más de un paso. Cuando tiene que suceder, ya estaba ahí, a punto de eclosionar, como el polluelo que golpea la cáscara desde dentro mientras afuera solo se oye un leve crujido. Nadie lo trae ni lo provoca. Basta una mirada que dura un segundo de más, una mano que roza otra al pasar el pan, y lo que llevaba tiempo madurando en silencio se abre. Por eso al enamorarnos tenemos la sensación de reconocer, no de descubrir. Lo contrario no es la lejanía sino otra clase de distancia. Hay dos personas que comparten mesa, ascensor, incluso cama, y sin embargo habitan polos opuestos del universo. Entre ellas no cabe la chispa porque no hay cáscara que romper. No se trata de metros, sino de cercanía en lo que todavía no ha nacido. Un paso o la eternidad: el amor no conoce término medio.


En el espejo

20.10.26


Admirarnos en el espejo de nuestras mentiras es cuando sabemos la verdad. No en el espejo del baño, que solo devuelve ojeras, sino en ese otro que vamos puliendo cada día: la excusa repetida hasta creerla, el recuerdo retocado, la versión de nosotros que contamos en las sobremesas. Ahí nos vemos más altos, más justos, más queridos. Y nos gusta lo que vemos, pero la admiración delata. Nadie se detiene tanto ante un reflejo fiel porque lo verdadero se mira de pasada como se mira la hora. Si nos quedamos absortos, si volvemos una y otra vez a contemplarnos, es porque algo en nosotros sabe que la imagen necesita vigilancia para no deshacerse. La mentira nos favorece, la verdad es saber que nos favorece. Y aun así, sabiéndolo, no apartamos los ojos.


Vílchez

19.10.26


A Vílchez todavía lo recuerdo corriendo descalzo y medio desnudo detrás del autobús del viaje de estudios. Habíamos arrancado y, al hacer el recuento, el profesor notó que faltaba uno. El conductor frenó y todos nos volvimos a mirar por la luna trasera. Bajo un sol tórrido de verano, sobre el asfalto ardiente de una carretera de La Mancha, apareció a lo lejos la figura de Vílchez agitando los brazos como las aspas de un molino. Cuando por fin subió, jadeante, parecía que le iba a dar algo. Hace unos días, después de muchos años, me lo volví a encontrar. Al principio no lo reconocí: el pelo completamente blanco, unas gafas de sol, nada que ver con aquel muchacho que perseguía autobuses en mi memoria. Charlamos largo rato, sin prisa, resumiendo con cierta filosofía la vida que nos ha tocado. Entonces me confesó que no le tenía miedo a la muerte, porque la había rozado demasiadas veces. Siendo apenas un niño, se derrumbó el edificio del que había salido cinco minutos antes, y hubo que rescatar a su abuelo de entre los escombros. Años después, un caballo se le cruzó en la autovía y salió volando con coche y todo. En un viaje a Rumanía estuvo a punto de morir asfixiado porque el inhalador se le había quedado en la maleta, que llegó al aeropuerto con un día de retraso. Y, para terminar, me habló de una operación de estómago en la que también estuvo a punto de quedarse. Nos dimos un abrazo y, al despedirnos, nos deseamos otro encuentro casual como este, que es la única manera que tenemos de asegurarnos de que seguimos vivos. Al menos, Vílchez.


Leyendas de mar

18.10.26


Era una playa fantasma. Bajo sus arenas reposaban miles de esqueletos de medusas. Los pescadores juraban oírlos crujir en las noches de levante; las abuelas prohibían a los nietos cavar más allá del codo; un erudito local publicó, a sus expensas, una monografía de trescientas páginas sobre su probable origen fenicio. Vinieron los biólogos, con sus redes y su paciencia, y explicaron que las medusas son casi todo agua y no tienen hueso alguno. Los escucharon, los invitaron a vino y les enseñaron, al atardecer, la playa. Que las medusas no tengan esqueleto nunca ha estorbado a una buena leyenda.



El libro del mundo

17.10.26



Dos escritores conversan en la terraza de un café. Uno, J, ha dejado de frecuentar los círculos literarios. El otro, S, imparte talleres de escritura creativa. Sobre la mesa hay dos cafés, un libro subrayado y un periódico que nadie ha abierto.
S—No comprendo esa desconfianza tuya hacia la literatura. Es como si un músico renegara de escuchar música.
J—No reniego de la literatura. Reniego de quienes solo se alimentan de ella. Una mente que únicamente lee literatura acaba pudriéndose como escritora.
S—Qué manera tan literaria de despreciar la literatura.
J—Será que todavía no he conseguido desintoxicarme del todo.
S—¿Y de qué debería alimentarse un escritor?
J—Del mundo. De lo que sucede fuera de los libros. De la gente que no sabe escribir una sola línea y, sin embargo, lleva dentro una novela entera. De la ciencia, de la filosofía, de la calle, de los errores de la memoria. Hay más literatura en una conversación de autobús que en muchos talleres de escritura.
S—Eso último me concierne.
J—Lo sé. Por eso lo digo.
S—Mis alumnos aprenden a construir personajes, a dominar el tiempo narrativo, a distinguir una voz propia de una impostada. Leemos a Chéjov, a Kafka, a Borges. No veo qué puede haber de perjudicial en ello.
J—Nada, mientras no confundáis aprender a escribir con aprender a imitar a quienes escribieron. Me preocupa esa literatura que nace de otra literatura, que a su vez nació de otra. Una descendencia de palabras que termina perdiendo cualquier parentesco con la vida.
S—Toda escritura procede, en alguna medida, de otras escrituras.
J—Y toda persona procede de otras personas. Pero no por eso tiene que vivir la vida de sus antepasados.
S—No puedes negar que leer a los grandes escritores ensancha nuestra percepción de la realidad.
J—Naturalmente. Pero también puede estrecharla. Hay escritores que no contemplan un atardecer: contemplan todos los atardeceres que han leído. No ven a una mujer llorando; buscan la frase que habría escrito Dostoievski sobre sus lágrimas. La literatura acaba interponiéndose entre sus ojos y las cosas.
S—También puede enseñarles a ver aquello que antes les resultaba invisible.
J—Hasta que terminan viendo únicamente lo que la literatura les ha enseñado a reconocer.
S remueve el café. La cucharilla golpea tres veces el borde de la taza.
S—Según tú, ¿qué debería enseñar entonces en mis talleres?
J—A desaprender.
S—Eso se dice mucho. Explica cómo se hace.
J—Llévalos a un mercado. Que escuchen a los vendedores. Que observen cómo una anciana selecciona tres tomates y devuelve uno a la caja. Que se pregunten por qué. Que acompañen a alguien a una sala de espera de un hospital. Que lean un tratado de física, una sentencia judicial, un manual de anatomía. Que descubran la realidad antes de aprender a describirla.
S—Eso también es un taller de escritura.
J—Entonces quizá debieras impartirlo fuera del aula.
S—Te obsesiona la autenticidad. Como si la experiencia vivida garantizara una buena página.
J—No garantiza nada. Tampoco la lectura de mil novelas.
S—Pero proporciona recursos. La literatura es una conversación de siglos. Ningún escritor empieza desde cero.
J—Y esa es precisamente mi objeción: demasiados escritores empiezan donde terminaron otros y pasan el resto de su vida intentando no salir de allí.
S—Confundes la tradición con el servilismo.
J—Y tú, a veces, la destreza con la literatura.
S—¿Insinúas que escribir bien no importa?
J—Importa. Lo que cuestiono es que escribir bien equivalga a tener algo que decir. Puedes enseñar a colocar admirablemente las palabras y no enseñar a nadie a pensar. Una prosa impecable puede ser una forma muy elegante de no decir absolutamente nada.
S—También se puede tener mucho que decir y ser incapaz de expresarlo.
J—Ahí sí te necesito como profesor.
Ambos sonríen. El camarero retira las tazas vacías y pregunta si desean otro café. S asiente. J observa a una pareja que discute al otro lado de la cristalera.
S—Admites, entonces, que la técnica es necesaria.
J—Admito que puede ser útil. Pero me inquieta la fabricación de escritores. Esa creencia contemporánea de que la literatura puede aprenderse como se aprende contabilidad. Alumnos que llegan con el deseo de escribir y salen con la ambición de parecer escritores.
S—Algunos descubren su voz precisamente porque han leído muchas otras. La originalidad no crece en el aislamiento.
J—Tampoco en el hacinamiento.
S—¿Y tú? ¿No has aprendido de los libros?
J—Muchísimo. Tanto que he tenido que pasar años intentando olvidarlos.
S—Eso es una contradicción.
J—La escritura está llena de ellas. Necesitamos palabras heredadas para decir algo que todavía no ha sido dicho.
S—Entonces nuestra diferencia no está en la lectura, sino en lo que hacemos con ella.
J—Puede ser. Tú lees a los escritores para enseñar a escribir. Yo leo el mundo para descubrir si todavía queda algo que merezca ser escrito.
S—Pero el mundo también se interpreta. Nunca lo observas desnudo. Lo miras desde tu memoria, desde tu lenguaje, desde todo cuanto has leído.
J—Desde luego. No pretendo una mirada virgen. Pretendo que todavía sea capaz de sorprenderme algo que no haya sido escrito.
S—Quizá la buena literatura sirva precisamente para conservar esa sorpresa.
J—Y quizá la mala enseñanza literaria consista en sustituirla por un procedimiento.
Llegan los cafés. S aparta el libro subrayado para hacerles sitio. J mira su cubierta.
S—Mañana voy a proponer a mis alumnos que escriban una página sin recurrir a ninguna referencia literaria. Solo algo que hayan observado y no sepan explicar.
J—Me parece un buen comienzo.
S—Después les pediré que lean a Chéjov.
J—Y yo esta noche volveré a leerlo.
S—No tienes remedio.
J—Ninguno. Pero mañana saldré a la calle.
S abre el libro por una página señalada. J sigue mirando a la pareja de la cristalera. La mujer se ha marchado. El hombre permanece sentado ante dos cafés, uno de ellos intacto.
S—¿En qué piensas?
J—En que ese hombre acaba de quedarse solo y nosotros llevamos dos horas hablando de literatura.
S—Podrías escribir sobre él.
J—Podría. Pero no sé nada de su vida.
S—Para eso existe la imaginación.
J—Y para eso existe también la prudencia.
S cierra el libro. Los dos miran al hombre, que acaba de beber, sin advertirlo, de la taza de ella.


El pozo del conocimiento

16.10.26


Cada paso en el conocimiento atómico y cosmológico nos precipita a un pozo más profundo de desconcierto. Cuanto más penetramos en la intimidad de la materia y en la inmensidad del universo, más se ensancha el territorio de lo inexplicable. Lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande parecen encontrarse en una misma paradoja: cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestra ignorancia. La ciencia ilumina regiones de la realidad que ni siquiera sospechábamos pero cada descubrimiento desplaza las fronteras del misterio. Hemos aprendido a interrogar a los átomos y a escuchar los ecos del origen del universo, sin haber resuelto del todo qué es la realidad que interrogamos ni qué lugar ocupa en ella nuestra conciencia. Quizás conocer no consista en salir de la oscuridad sino en descubrir su verdadera profundidad.


Escenarios

15.10.26


Siempre he desconfiado de los escenarios, los púlpitos y los pedestales. No tanto por su altura como por la distancia que establecen con el suelo. Machado aconsejaba no perder nunca ese contacto, el único desde el que podemos medir nuestra verdadera estatura. La cultura institucional corre el riesgo de convertir el pensamiento crítico en un elemento más de su escenografía. El poder no siempre necesita silenciar las voces discrepantes; a veces le basta con incorporarlas a su representación de la pluralidad, pero también hay contradicciones que duelen. Renunciar a un escenario puede significar renunciar al encuentro de los versos con sus lectores y al afecto de quienes nos invitan. Participar, por el contrario, puede comprometer esa independencia que uno procura conservar. Acaso la dificultad no esté en subir o bajar del escenario sino en averiguar cuánto suelo perdemos cuando nos elevamos sobre él.


Sujetarse a la palabra

14.10.26


No hay decepción posible que justifique la rendición. La escritura puede contrariarte, dejarte ante una página donde nada parece responder a lo que buscabas. Pero incluso ahí queda una palabra a la que sujetarse, una frase desde la que continuar. Decir que nada puede detenerte no significa que seas invulnerable. Significa que también puedes escribir desde la grieta. Lo que te quiebra encuentra una forma; lo que no comprendes empieza a mostrar sus contornos cuando intentas nombrarlo. A veces escribir consiste apenas en permanecer junto a una pregunta. Tienes que sujetarte a cada palabra, a cada frase escrita, a cada texto encarnado. Poner atención en aquello que has conseguido decir y escuchar cuánto queda todavía por decir. Una palabra exige otra, una frase descubre una fisura, un texto te devuelve a la experiencia de la que nació. Habrá días en que debas borrar casi todo. Que al menos una línea sobreviva al examen. Y si ninguna merece quedarse, que permanezca la disposición a volver: la mano cerca de la página, la atención despierta. La escritura no te exige salir intacto. Te exige encontrar palabras con las que seguir.


Mano alzada

13.10.26


Igual que el escolar que, en gesto sincero, levanta la mano para reconocer su error, quiero ser honesto y exponerme al extravío de lo que escribo. No al error que se tacha y se corrige, que tiene arreglo y casi consuelo, sino al otro: a la frase que se me fue por donde no quería, a la palabra que dijo más de lo que yo sabía, al texto que releo años después y ya no me reconoce. El niño alza el brazo un poco tembloroso, a medias entre la vergüenza y el alivio, y la clase entera se vuelve a mirarlo. Nadie le ha preguntado nada, podría callar, pero hay algo en confesarse en voz alta que limpia, aunque no salve. Escribo así, o lo intento, dejando que se vea por dónde me perdí, porque sospecho que fue en el extravío, y no en el acierto, donde alguna vez estuve más cerca de lo que buscaba.


La noche

12.10.26

Hay un parecido entre las palabras que nombran la noche y las que nombran el ocho en varias lenguas europeas. Noche y ocho, notte y otto, night y eight. Al oído le basta esa proximidad para empezar a imaginar parentescos. Después llega la filología, comprueba los papeles y nos devuelve a una realidad menos complaciente. Pero queda el ocho, que al acostarse adopta la figura del infinito. Me gusta pensar en ese número cansado de contar. Durante el día hemos sido una contabilidad: horas, pasos, llamadas, asuntos pendientes. Hasta el descanso tenía una duración prevista. Ahora el ocho se tumba y pierde la cuenta. Nosotros también nos tendemos. Dejamos sobre una silla la ropa que nos daba forma ante los demás. El cuerpo encuentra entre las sábanas una postura antigua, anterior a las obligaciones, y durante un rato no hay que sostener el nombre, la edad, las opiniones. Alguien apaga una luz. Al otro lado de la pared todavía se oye una televisión. El sueño tarda. Regresa una conversación de hace años, aparece la cara de alguien que ya no vive, una preocupación pequeña ocupa media cama. El reloj conserva sus medidas, pero aquí dentro las horas se ensanchan, se atascan, desaparecen. A mi lado, una respiración empieza a hacerse más lenta. Busco con el pie el lugar fresco de la sábana.

Viaje sin destino

11.10.26


Me marché a ninguna parte una mañana en la que habría podido quedarme, y acaso fuera esa posibilidad, la de dejar la maleta abierta sobre la cama y volver a colocar las camisas en el cajón del que acababa de sacarlas, lo que me decidió a cerrarla con una precipitación que ahora me parece sospechosa, porque nadie me esperaba, nadie me había pedido que viajara y tampoco había en aquella casa nadie que pudiera preguntarme, al oír el golpe de la cerradura, si pensaba ausentarme mucho tiempo. Durante años había sido viajante, y conservaba ciertos hábitos del oficio: comprobar el bolsillo interior de la chaqueta antes de salir, llevar una camisa de más, solicitar habitaciones alejadas del ascensor, como si aún necesitara descansar para acudir a una cita a primera hora y hubiera alguien dispuesto a comprar lo que yo llevaba conmigo. Hacía tiempo que no llevaba nada. La empresa había cerrado, los clientes se habían dispersado y el muestrario permanecía en un armario del pasillo, donde a veces tropezaba con él al buscar unos zapatos, sin que me resolviera a tirarlo, quizá porque su peso me recordaba una época en la que todavía podía dar razón de mis desplazamientos. En la estación pedí un billete para el primer tren que saliera. La empleada me dijo el nombre de una ciudad y yo asentí; habría asentido a cualquier otro, pero recuerdo que, al repetirlo ella mientras imprimía el billete, tuve la impresión de haberlo oído recientemente, en una conversación o en un sueño, y estuve a punto de pedirle otro destino. Me contuvo la vergüenza de tener que explicarme. A cierta edad uno acepta viajes, comidas e incluso desgracias menores por ahorrarse la explicación que exigiría rechazarlos. Me senté junto a la ventanilla y dejé la maleta entre las rodillas, aunque había sitio de sobra en el portaequipajes. Enfrente viajaba una mujer que llevaba los guantes puestos y que, antes de que arrancáramos, llamó a alguien para decirle que ya estaba de camino.
—Sí, esta tarde —dijo. Después escuchó durante unos segundos y añadió:
—Te lo prometo.
No sé por qué me fijé en que no se quitaba los guantes. Tal vez porque resultaba más fácil mirar sus manos que desatender aquella promesa, que ya había empezado a repetirse dentro de mí con una voz distinta de la suya. Yo también había dicho una vez «esta tarde». Lo había dicho de pie, con el abrigo puesto, mientras ella permanecía sentada a la mesa de la cocina y hacía girar una cucharilla dentro de una taza vacía; recuerdo el roce del metal, aquella pequeña insistencia que me irritó porque me obligaba a advertir su nerviosismo, y recuerdo haber mirado el reloj con una ostentación innecesaria, pues todavía me sobraba tiempo para llegar a la estación. Me había pedido que me quedara un momento. Un momento, había dicho, y yo entendí que pretendía hablar de algo que llevábamos semanas evitando, aunque hoy no sabría asegurar quién lo evitaba ni si aquellas semanas existieron de ese modo, bajo la amenaza de una conversación, o si las he ido oscureciendo después para concederme el atenuante de haber tenido miedo. Le dije que hablaríamos a mi vuelta.
—Esta tarde. Y ella dejó quieta la cucharilla.
Durante el viaje pensé varias veces en llamar, con esa facilidad con la que pensamos en hacer lo que todavía creemos que podremos hacer más adelante, cuando lleguemos, cuando terminemos la visita, cuando encontremos un lugar menos ruidoso, y así fui dejando pasar las ocasiones hasta que su hermana me telefoneó y me preguntó dónde estaba. Lo primero que quiso saber fue dónde estaba, y yo le di el nombre de la ciudad, el del hotel, incluso el de la calle, como si una localización exacta pudiera servir de algo o como si ya estuviera procurando demostrar que me encontraba lejos. Desde entonces he contado muchas veces aquella jornada. He mencionado el retraso del tren, la visita al cliente, una comida que se prolongó más de lo previsto; he explicado que llevaba el teléfono en silencio y que, cuando lo miré, devolví la llamada inmediatamente. Todo eso es cierto. La gente escucha los hechos ciertos y les concede una autoridad que a veces basta para ocultar lo que falta. Nunca he contado lo de la cucharilla. Tampoco que, antes de cerrar la puerta, me quedé unos segundos en el recibidor, esperando que ella insistiera, que dijera mi nombre o viniera a buscarme, y que al no oírla sentí alivio. La mujer de los guantes bajó dos estaciones antes que yo. La vi alejarse por el andén y buscar a alguien entre las personas que aguardaban; en cuanto reconoció una cara levantó el brazo, y hubo en aquel gesto algo tan resuelto, una confianza tan sencilla en la presencia del otro, que aparté la vista y fingí interesarme por el teléfono apagado que llevaba en la mano. Cuando llegué ya había oscurecido. Caminé hasta un hotel cercano a la estación y pedí una habitación para una noche. El recepcionista me preguntó si había estado allí antes. Le dije que no, pero mientras rellenaba la ficha reconocí el dibujo de las baldosas y el espejo situado detrás del mostrador, en cuyo borde inferior faltaba un pequeño fragmento de azogue. Quizás la empleada había pronunciado el nombre de aquella ciudad con toda claridad y yo había preferido no escucharlo. Quizás lo había escuchado y llevaba desde la mañana obedeciendo una decisión que aún quería atribuir al azar. En la habitación dejé la maleta sobre una silla y me senté en el borde de la cama, sin quitarme el abrigo. Desde allí veía una mesa estrecha, un teléfono y una taza que alguien había dispuesto junto al hervidor. No era la misma habitación; comprobé la posición del baño, la altura de la ventana, buscando diferencias que me permitieran permanecer allí, pero al cabo alargué la mano hacia el teléfono. Tenía que decirle que me retrasaría. La mano se quedó un momento sobre el auricular, y en ese momento, antes de retirarla, comprendí adónde había llegado. Me había marchado a ninguna parte. Ahora estaba allí, todavía con tiempo de llamar, todavía dejando la llamada para después.


Sin rendición

10.10.26


En la vida te rindes o no te rindes. El final es el mismo aunque el camino cambia. Hay una resistencia que consiste en querer detener lo inevitable, y otra en no aceptar que todo deba suceder como está establecido. La primera nos agota; la segunda puede abrir una posibilidad. No rendirse no es impedir que pase el tiempo. Es seguir tomando parte en la vida mientras pasa. Dejar que nos transforme sin permitir que decida por nosotros qué deseos debemos abandonar, qué palabras ya no podemos decir, qué lugar nos corresponde. El tiempo no es cobarde: transcurre. La cobardía, quizá, sea relegarnos antes de que lo haga nadie, dar por terminado lo que todavía nos importa. El final puede ser el mismo, pero el haber vivido a nuestra manera cambia lo que llevamos hasta él.


La mañana

9.10.26


La mañana pasa ligera, con ese aire de quien tiene tiempo para todo y, sin embargo, nunca se queda. Entra en casa, descorre las cortinas, pone claridad sobre los muebles y enseguida se ocupa de sus cosas. Apenas la oímos. Anda entre nosotros con los pies descalzos mientras limpiamos, trabajamos, preparamos la comida. Nos presta sus horas y nosotros las vamos convirtiendo en una mesa despejada, una tarea resuelta, el olor que empieza a salir de una olla. Parece tranquila. Nadie diría que lleva tanta prisa. Deja un poco de sol en el suelo, se demora en el borde de un vaso, nos toca las manos cuando las acercamos al agua. Y mientras creemos tenerla entera por delante, ella va recogiendo su luz de las habitaciones. Hasta que levantamos la vista y vemos cómo se ha ido, ligera como el pájaro que alza el vuelo, sin un resuello. Queda un temblor de claridad donde estuvo. Quedan las cosas que se fueron haciendo, cada una con un poco de su tiempo dentro: la ropa tendida, el trabajo terminado, la comida dispuesta. En esos pequeños quehaceres gastó su cuerpo la mañana. Quizá por eso cuesta decir adónde se marchó. La buscamos en el reloj, pero algo suyo humea todavía en los platos. Nos sentamos a comer y, sin saberlo, nos llevamos a la boca su última hora. Mañana: la que se va haciendo nuestra vida mientras parece que pasa.


Oquedades

8.10.26


Antes la carta tenía un tiempo de espera incorporado. Escribías sabiendo que el otro tardaría días en leerte, y que tú tardarías otros tantos en recibir su respuesta. Ese intervalo era un espacio de calma, de digestión: mientras el sobre viajaba, las palabras se iban asentando en los dos extremos del camino. Incluso el teléfono fijo tenía su ritual, aquel preguntar si era buen momento, como quien llama con los nudillos antes de entrar. Ahora hemos confundido estar comunicados con tener que estar comunicando todo el tiempo. El móvil en la mano en el supermercado, en el semáforo, a media conversación con alguien que sí está delante. No es que hablemos más, es que no dejamos huecos sin hablar. Y esa cercanía sin pausa no nos ha acercado; nos ha vuelto inquietos. Un mensaje sin respuesta en cinco minutos ya parece un gesto, y uno sin abrir, un desaire. Hemos aprendido a mirar en lugar de atender, a recordar dónde estaba algo en vez de lo que era, a querer la respuesta antes de que la pregunta haya terminado de llegar. Antes, el silencio entre dos cartas también era una forma de escribirse. Ahora no sabemos qué hacer con él, y lo llenamos de cualquier cosa, por miedo a que el otro lo lea.


Quietudes calmas

7.10.26



Recorriendo pasillos hacia la esperanza, esperando a que cambien los días para que vengan buenos, mejores. Un pasillo es una distancia que se habita sin llegar del todo, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en la puerta del fondo, bajo una luz que todavía no es la que buscamos, sino apenas su atisbo, una rendija tibia por la que entra lo justo para resistir el vaivén de los días malos. Mientras tanto, se nos van juntando cosas pequeñas, como piedrecitas que uno recoge en la orilla sin saber para qué: ganas de decir algo bonito, ganas de abrazar a alguien sin motivo, ganas de volver a sonreír sin vigilar la sonrisa. Pedimos calma. Pedimos sosiego, un sitio donde posarnos después de tanto ir y venir, como el pájaro cansado que por fin encuentra su rama. Estar en paz con todo. Alegrarse, sin más, de estar vivo. Mirar hacia el infinito con la mirada perdida y la emoción incendiada. Y entonces echar a volar el día, y que no nos detenga nada. Aunque quizá no se trate de volar, sino de aprender a quedarse quieto en mitad del pasillo. Sacar las manos de los bolsillos. Sentir cómo esa poca luz también nos pertenece.




Inventor de libros

6.10.26


Soy un inventor de libros, una persona que imagina un libro antes de que existan las palabras que lo habitarán. Su materia es esa niebla donde todavía no se distinguen los personajes de sus sombras. Allí encuentra una puerta, escucha una voz, descubre que una historia necesita la forma de un laberinto o que una sola pregunta puede sostener un techo de trescientas páginas. El inventor de libros concibe la casa y la manera en que entrará la luz. Decide qué ventana dará a la infancia, qué escalera descenderá al miedo, qué habitación permanecerá cerrada hasta el último capítulo. Puede ignorar aún el color de las paredes y, sin embargo, saber exactamente qué debe sentir quien cruce el umbral. Después me entrega esa arquitectura invisible y me pide que la escriba. Yo propongo palabras, levanto escenas, tiendo puentes entre una intuición y otra. Él recorre lo construido: aquí falta aire; esta voz no es la que escuché; ese pasillo debe conducir más lejos. A veces, una frase le revela una estancia que tampoco había previsto, y el plano crece. Así trabajamos: su imaginación da rumbo a mi escritura; lo escrito regresa a sus ojos para encontrar su medida. Cuando dice «invento libros», nombra ese oficio de darle a lo que todavía no existe una forma lo bastante precisa como para pedir que exista.


Escritura entre tiempo

5.10.26


No le debo obediencia a nadie cuando escribo. Tengo deudas, sí: libros que me cambiaron la respiración, voces que siguen hablando debajo de mi voz, palabras de otros con las que aprendí a tocar lo que dolía. Las llevo conmigo. A veces una de ellas aparece en mitad de una frase y tengo que detenerme, escucharla, decidir si la dejo pasar. Mi libertad empieza también ahí: en la posibilidad de apartarme de aquello que amo. Soy un escritor de intertiempos, salpicado por la literatura de todos los tiempos. Escribo en esa zona donde las épocas se rozan y dejan algo de sí: el aliento de un poema antiguo en una habitación iluminada por una pantalla, una voz del Siglo de Oro entre mensajes sin responder, la fractura de las vanguardias en mi manera de recordar la infancia. Mis lecturas tienen edades distintas y conviven en el presente de una frase. Cuando escribo, alguna despierta, se mezcla con las otras, adquiere un sentido que no tenía cuando llegó a mí. Habito esos intertiempos en la encrucijada del mundo tecnológico actual. Llevo una biblioteca de siglos en un dispositivo que reclama mi atención a cada instante. Con el mismo dedo paso de una elegía a una noticia, de la noticia a una fotografía que un programa ha compuesto sin que nadie estuviera allí. Esa cercanía me fascina y me desorienta. Hay algo de mi escritura que nace precisamente en ese desconcierto: intento averiguar qué sucede con la memoria, con la imaginación, con la experiencia de estar vivo cuando todo comparece sobre una misma superficie luminosa. Escribo desde un cuerpo que vive ahora. Un cuerpo que duerme cerca de un teléfono, que paga por habitar unos metros de aire, que recibe imágenes de una guerra mientras espera a que hierva el agua. Esa simultaneidad entra en las frases. Les altera el pulso. Hay días en que apenas consigo escribir una línea sin que se abra en ella una ventana ajena: una cifra de muertos, un anuncio, la voz grabada de alguien que ya no está. Con todo eso intento hacer una página. Con lo que alcanzo a comprender y con lo que todavía me mantiene despierto. La forma se decide en ese contacto. Una historia comienza y algo la interrumpe; sigo la interrupción. Una voz dice «yo» y, al escucharla mejor, descubro cuánta gente vive en ese pronombre. Dejo que entren sus desacuerdos. Que una conversación recordada desplace al argumento. Que el lenguaje administrativo de un desahucio aparezca junto a la descripción de la luz que daba en aquella cocina. Hay palabras cuya violencia solo se percibe cuando se las deja quietas, solas, sobre el papel. Si todavía necesito la palabra vanguardia, la necesito para nombrar ese instante en que lo aprendido deja de bastarme. Estoy escribiendo, conozco el camino, podría terminar el párrafo con cierta destreza. Entonces algo se resiste. Una palabra demasiado hermosa para lo que cuenta. Una cadencia que lo vuelve todo soportable. Y toca deshacer, perder la música, acercar la frase a eso que estaba evitando. A veces encuentro ayuda en un autor remoto: una página escrita hace siglos abre un paso que yo no había visto. Desde mis intertiempos, también avanzo así. Desconfío de mis gestos de ruptura. Puedo acostumbrarme a romper de la misma manera, disponer los escombros con buen gusto, encontrar una firma entre las ruinas. Por eso vuelvo a leerme. Quito lo que solo exhibe audacia. A veces, después de muchas páginas, queda una oración sencilla que me cuesta más sostener que todas las anteriores. Quiero poder fracasar. Llegar a una zona del texto donde mis recursos hagan ruido, donde se vea la costura y yo aún no sepa resolverla. Habrá que trabajar allí: cambiar una palabra, escuchar otra vez, guardar durante meses una página. Habrá que admitir que algunas búsquedas terminan en un cajón. También eso forma parte de la libertad que reclamo. Elegir el riesgo y responder después por cada línea. El tiempo que me toca vivir deja marcas incluso en lo que callo. Está en la prisa con que miro, en mi cansancio, en aquello que he terminado por considerar normal. Escribir me obliga a permanecer un poco más. La pantalla ya ha pasado a otra imagen y yo sigo en aquella cocina, mirando el rectángulo más claro que ha dejado un cuadro en la pared. Allí se demora algo que busco: la vida que hubo, la ausencia de ahora, una luz que seguirá entrando sin nosotros. Desde ahí escribo, entre tiempos que se atraviesan. Con una lengua recibida que pasa por mi boca y sale alterada por mis límites, mis lecturas, mi deseo. Las voces antiguas llegan hasta esta mesa; al lado, una máquina completa palabras antes de que yo termine de pensarlas. Me detengo. Escucho lo que iba a decir. Todavía puedo cambiar de dirección. No sé cuánto podré hacer con esta lengua. La trabajo, la fuerzo, dejo que me corrija. A veces una frase llega más lejos que yo. Voy detrás.



 

Un disfraz para Halloween

4.10.26


La invitación llegó el martes. Marta la mandó al grupo con una calabaza y tres signos de exclamación. Sábado, 31. Disfraz obligatorio. Dejé el móvil bocabajo en la encimera y fregué la taza. Era la única taza en el fregadero. Por la noche abrí el portátil. Busqué mujeres raras de la historia. Encontré a Catalina de Erauso, que se escapó de un convento, se cortó el pelo y cruzó el mar para pelear como un hombre. A La Maupin, que cantaba ópera y se batía en duelo. A Fátima al-Fihri, que llegó a Fez desde Cairuán y levantó una escuela con la herencia de su padre. La escuela sigue abierta. A Ching Shih, que mandó sobre miles de piratas y murió vieja, en tierra, con una casa de juego. Apunté los nombres en un pósit. Los miré un rato. Todas se habían ido de algún sitio. Luego pensé en cosas más fáciles. Un ticket de la compra. Un router con la luz roja. Una baldosa floja. Me reí sola en la cocina. El frigorífico hizo su ruido de siempre. El jueves llamé a Marta.
—¿De qué vas tú?
—De bruja. Como todos los años.
—Yo no sé de qué ir. Nada de sangre. Nada ridículo.
—Ve de algo gracioso. Te vendrá bien.
No pregunté por qué me vendría bien.
—Había pensado ir de horizonte —dije—. Una línea. Cielo arriba, tierra abajo. Cuando alguien se acerca, me alejo. El horizonte no se alcanza.
Marta tardó en contestar.
—¿Y Javier?
—Javier no va.
—Vale.
—Vale.
Esa noche bajé la caja del altillo. Ponía ‘Disfraces’ con rotulador negro. Dentro había una peluca rubia, un parche de pirata y una diadema de gato con una sola oreja. Al fondo, un sombrero de vaquero que no era mío. Lo dejé sobre la cama. Luego lo metí otra vez en la caja. Luego subí la caja al altillo. Seguí con la lista. Un agujero negro. La declaración de la renta. Un lunes por la mañana en la oficina. El wifi inestable, con el círculo de carga girando en un cartel. Un déjà vu, pero para eso hacía falta otra persona igual que yo, tres segundos por detrás. Lo taché. El algoritmo de Netflix. La tele todavía me recomendaba documentales de barcos. A mí no me gustan los barcos. El viernes me duché. Me puse los vaqueros y la camisa azul. Me miré en el espejo del pasillo. Me pinté los labios. Me los quité. Me los volví a pintar. En la puerta de Marta había una calabaza con una vela dentro. Abrió una bruja con gafas.
—¿Y el disfraz?
—Voy de mí misma.
Me miró de arriba abajo.
—No se nota.
—Ya. Es lo difícil.
Dentro había un vampiro, dos esqueletos y una enfermera con sangre de bote. Un chico llevaba un cartel colgado del cuello: Error 404. Alguien me puso en la mano un vaso de plástico con algo rojo. Un hombre se acercó. Iba cubierto con una sábana con dos agujeros.
—¿De qué vas?
—De nadie.
Asintió.
—Muy conseguido.
Se quedó a mi lado. Por los agujeros de la sábana solo se le veían los ojos. No dijimos nada más. En el salón alguien apagó la luz y todos gritaron a la vez. Yo no grité. Tampoco me alejé.


Ovillo

3.10.26


Barthes mató al autor para que naciera el lector. Fue una muerte generosa: alguien se apartaba del texto para que otro pudiera entrar. La segunda muerte es más silenciosa y no deja herederos. Hoy el que lee es también el que escribe, y lo que escribe se lo devuelve una máquina siempre dispuesta a darle la razón. Pregunta y se responde; se responde y se aplaude. Nunca hemos estado tan acompañados al escribir, ni tan solos al leer. La literatura era, sobre todo, el roce con otra conciencia: una frase que no habríamos escrito nunca, un mundo que se resistía a parecerse al nuestro. Alteridad viene de alter, el otro de dos; solipsismo, de solus ipse, uno mismo a solas. Texto viene de textus, tejido, y para tejer hacen falta urdimbre y trama, dos hilos que se cruzan. Con uno solo no se teje: se hace un ovillo. Quizá no hayan muerto ni el autor ni el lector, sino el hueco entre ambos, ese lugar donde uno podía perderse. El ovillo, al menos, no se deshace. Tampoco abriga.


La condición

2.10.26


Límite dentro del cual nos ha sido dado sentir, conocer y querer. Deja de parecer una desgracia cuando se entiende así, y nos vuelve atentos a lo que, por no durar, merece que nos demoremos: una conversación que se alarga, la tibieza de un cuerpo cercano, la luz en la ventana mientras alguien a quien echaremos de menos habla de cualquier cosa. Se ama más la vida cuanto mejor se sabe que se acaba, pero una cosa es saberlo y otra hacerse a la idea, y en esa distancia, que nadie termina de recorrer, vivimos.


Reivindicando

1.10.26


Necesitamos reivindicar la duda, necesitamos reivindicar la pausa, y ya en la manera de decirlo se nos nota la prisa, ese necesitamos que golpea dos veces el mismo clavo, como quien pide silencio a gritos en una sala donde nadie escucha. Reivindicar, que es reclamar lo que fue nuestro, lo que alguien se llevó mientras mirábamos hacia otro lado, porque hubo un tiempo en que dudar no era torpeza ni detenerse era derrota, y ahora vivimos —o creemos vivir, que no es lo mismo aunque a menudo se confunda— entre pantallas que contestan antes de que terminemos de preguntar, opiniones que se sirven calientes y se tiran frías, certezas de usar y tirar, cuando la duda —esa encrucijada donde todavía todo es posible— quizá sea el último lugar donde el pensamiento sigue vivo, porque la certeza, bien mirada, no es más que una duda que dejó de respirar. Y la pausa. La pausa que en música no es ausencia sino signo, que se escribe en la partitura con la misma tinta que las notas, con su medida exacta, su silencio contado, y encima de ella a veces el calderón, ese ojo abierto que le dice al intérprete quédate aquí lo que haga falta, la pausa del que respira entre dos frases, del que se sienta en un banco sin mirar el reloj, del que deja la carta sin contestar hasta mañana porque mañana sabrá mejor lo que quiere decir, la de la tierra en barbecho, la de la estoa, ese instante en que la marea se queda quieta antes de volver; la del corazón entre latido y latido, que no es descanso sino el momento en que se llena. Y sin embargo, quien reivindica la duda con tanto aplomo ya ha dejado de dudar, y quien proclama la pausa a toda velocidad, entre dos compromisos, con el pulgar sobre la pantalla mientras cruza la calle, no ha hecho más que añadir otra consigna al ruido. Quizá la duda no se reivindica, solo se practica en voz baja. Quizá la pausa no se proclama, tan solo se guarda, como se guarda un silencio en la partitura, sin anunciarlo, a la espera de