Línea directa

7.11.26


Hubo un tiempo en que el teléfono era una prolongación de la voz. Al otro lado estaban las inflexiones del ánimo, las vacilaciones, el susurro de la confidencia, la risa inesperada o ese silencio que anunciaba una mala noticia. Cada voz contenía una intimidad irrepetible, una manera de estar presente sin estarlo. Ahora llevamos el teléfono a todas partes, pero apenas hablamos por él. Lo hemos convertido en una pequeña máquina de escribir donde las palabras pueden corregirse, las emociones disimularse y los silencios administrarse. La escritura nos concede el refugio que la voz nos niega. Hemos aprendido a comunicarnos sin exponernos demasiado. A sustituir la espontaneidad por el cálculo y la presencia por su representación. Y así, cuando alguien nos llama, dejamos que el teléfono enmudezca para preguntarle después, por escrito, qué quería decirnos.


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