Aquel de la ventana
23.9.26
Nada más llegar al trabajo, me quedé de pie junto a la ventana. El día se iba pintando de luz. Las palomas volaban en bandada, trazaban círculos sobre los edificios y se posaban en los tejados, como si hubieran concluido algo. Demasiado existir, pensé. Había un exceso absurdo en todo aquello: la mañana, el vuelo, mi cuerpo vestido y puntual, a punto de comenzar la tarea. Bastaba con empezar para quedar comprometido con el día entero. Algo se removía bajo la quietud de estar allí, una falla entre la realidad y ese yo que la aceptaba sin consentirla. Quise apagar la luz del día, borrar los grafitis de aire que habían dibujado las palomas, desandar mis pasos hasta la cama y devolverme al sueño. Escapar antes de que alguien pronunciara mi nombre. Eso ocurrió hace muchos años. Sin embargo, al recordarlo, todavía me veo junto a aquella ventana. Sé lo que vino después. Él sigue mirando la mañana, demorando el momento de volverse y empezar. A veces quisiera regresar hasta allí y sacarlo: acercarme sin asustarlo, ponerle una mano en el hombro. Pero ignoro qué podría decirle. Todo lo que sé lo aprendí viviendo la vida que le espera. Yo envejezco y él permanece allí. Y aunque recuerdo lo que pensaba, aunque todavía siento sus ganas de escapar, él no sabe nada de mí.
Etiquetas: análisis, comentario, recuerdo
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