Usufructo

11.9.26


Hay una edad en que la casa deja de ser de los padres durante unas horas y se vuelve, sin escritura ni testigos, completamente tuya. No la compraste pero te la prestó su ausencia. Ellos salían —a trabajar, a visitar, a existir en otra parte— y la puerta, al cerrarse detrás de su marcha, sonaba distinta: no como un cierre, sino como una toma de posesión. La casa entonces respiraba a tu ritmo. Callaba si tú callabas, se llenaba de música si subías el volumen sin miedo a que nadie golpeara la pared con los nudillos. Los pasillos se volvían territorio sin dueño anterior y podías atravesarlos sin encontrarte con nadie, sin ese pequeño ajuste de la cara que exige la presencia de otro. Y sin embargo —aquí la contradicción que nunca se resuelve— la soledad no bastaba porque había que llamar a alguien, contarle que la casa era tuya por una tarde, como si la posesión solo se completara nombrándola en voz alta a un testigo ausente. Quizá poseer nunca fue tener llave sino esa hora exacta en que nadie viene a interrumpir el eco de los propios pasos.


0 apostillas: