Pudor

12.9.26


En mi juventud, ser poeta tenía algo de luz sobre los hombros. Llevaba los versos de un lado a otro, recién escritos, todavía tibios. Los dejaba asomar en las conversaciones y pronunciaba la palabra poeta con un secreto temblor de vanidad. Detrás estaban los grandes nombres, como figuras recortadas en la niebla: Rimbaud, Machado, Vallejo, Gil de Biedma, Neruda, Cernuda, Borges, Cortázar, Quevedo, Garcilaso… Los decía despacio. Cada nombre abría una ventana. Quizá esperaba que algo de aquella claridad cayera también sobre mí. Ahora no. Ahora la poesía se parece más a un papel doblado en el bolsillo. Está ahí, pero no lo muestro. Me da pudor entrar con mis versos en la vida de quienes caminan deprisa, pendientes de una cita, de una deuda, de un hijo, de una llamada que no llega. Rostros cansados bajo la luz de los comercios. Manos que buscan las llaves. Ojos detenidos un instante ante un semáforo. Los observo avanzar entre sus deseos y sus dificultades, con el tiempo justo y la paz escasa. Y mis versos, tan ajenos a sus urgencias, permanecen en el bolsillo, rozando apenas la tela mientras camino entre ellos.


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