El asiento de delante
24.8.26
¿Tú eres de los que siempre iban en el asiento de delante del coche familiar? ¿De los que estrenaban la ropa en vez de heredarla, de los que soplaban las velas primero, de los que llegaban antes a todo porque salieron antes que nadie? Hay una aristocracia doméstica que no figura en ningún registro y que sin embargo ordena el mundo desde la infancia: la del copiloto de nacimiento. El asiento de delante era su escaño. Desde allí se veía la carretera entera, se manejaba la radio, se dialogaba con el padre de asuntos de mayores, y se ejercía, sin saberlo, la primera magistratura que concede la vida: la de ir sentado en el porvenir. Yo viajé atrás. Atrás se heredaban los jerséis con las mangas dadas de sí por unos brazos que no eran los míos, se llegaba a los juguetes cuando ya estaban domados y se aprendía pronto la ciencia entera del que espera turno. Desde el asiento de atrás no se veía la carretera: se veían dos nucas. Durante años creí que aquello era la desventaja, hasta entender que las nucas fueron mi primer libro y que todo lo que sé de la gente lo aprendí mirándola desde donde no me veía. Delante iba el paisaje; atrás, la ventanilla lateral, que no muestra adónde vas sino lo que te vas perdiendo, y que es, bien mirada, la ventana desde la que se escribe. Ahora conduzco solo y el asiento de delante, por fin mío, va vacío a mi derecha. Tanto disputar aquel trono para descubrir que su único privilegio verdadero era ir al lado de alguien. Los de delante llegaron primero, eso es innegable. Lo que nunca he sabido es primero adónde y si al llegar había algo, o solo el sitio donde el coche para y cada asiento, por fin, da igual.
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