Pedro y el lobby
9.8.26
Pedro era concejal de un ayuntamiento pequeño, que es la manera más barata de ser un tipo de lo más normal con responsabilidades. Le habían dado la concejalía de Medio Rural porque nadie la quería, y él la ejercía como su padre había ejercido de pastor: madrugando, contando cabezas —de ganado el padre, de votos él— y vigilando el valle desde una roca que ahora se llamaba pleno municipal. Fue en uno de esos plenos, entre la aprobación de una factura de fuegos artificiales y el ruego de un vecino sobre un badén, donde vio pasar el expediente. Un fondo llamado Lupus Capital Partners solicitaba la declaración de interés estratégico para reordenar los aprovechamientos del valle. Pedro no sabía latín, pero sabía leer despacio, que en política es casi un superpoder. Pidió la palabra y gritó lo que había que gritar, con el micrófono en modo colina:
—¡Señorías, que viene el lobby!
El salón de plenos se rio con la risa administrada de los plenos. El alcalde le recordó que las señorías eran cosa del Congreso y que allí se decía «compañeros». El secretario hizo constar en acta la intervención del señor concejal «manifestando inquietudes». Los compañeros miraron el expediente, miraron el valle por la ventana y no vieron nada: ni excavadoras, ni vallas, ni colmillos. Trescientos folios perfectamente encuadernados, con sus informes favorables y sus sellos en regla. Los lobos, que se sepa, no compulsan documentos.
—¿Y dónde está ese lobby? —preguntó el portavoz de la oposición, por una vez de acuerdo con el gobierno.
—No se ve —explicó Pedro—. Por eso cobra tanto.
Al mes siguiente aparecieron por el municipio unos señores educadísimos con polos color salmón que medían el aire, sonreían al secretario y patrocinaban, de momento, la carpa de las fiestas. Pedro volvió a pedir la palabra. Esta vez trajo pruebas. Una fotografía de los polos salmón desayunando con el diputado provincial y un organigrama del fondo donde los consejeros se repetían como los estribillos. El pleno lo escuchó con la paciencia que se dispensa a los profetas y a los vendedores de enciclopedias. Aquellos señores prometían ochenta puestos de trabajo, sostenibilidad de triple impacto y una rotonda. Aquello no parecía un lobo; parecía el maná con membrete.
—Pedro, hombre —le dijo el alcalde en el pasillo, con la mano en el hombro, que es donde los alcaldes ponen los avisos—. Deja de asustar al personal. Esta gente viene a ayudar.
—Es que el lobby no aúlla —insistió Pedro—. El lobby desayuna.
Y era verdad, aunque constara en acta porque el lobby estaba, como es preceptivo, en el lobby, el de un hotel de Madrid con moqueta espesa, donde unos hombres sin gorra untaban mantequilla en tostadas y voluntades, y donde meses después se decidió, entre el zumo y el segundo café, lo que el pleno votaría solemnemente como si lo decidiera. A esos desayunos el ayuntamiento mandaba a sus mejores hombres, que volvían hablando de sinergias y oliendo a colonia ajena. La puerta del hotel era giratoria, como todo lo demás.
La votación llegó al final del verano, según la costumbre. El interés estratégico se aprobó con los votos de todos menos el de Pedro, que quedó en acta como «voto particular del concejal de Medio Rural», que es la manera técnica de decir válido. Al valle lo reordenaron en un polígono de naves inteligentes que producían no se sabía qué para no se sabía quién; de los ochenta puestos de trabajo vinieron once, ocho de ellos de vigilante del propio polígono, que es como criar ovejas para que cuiden del lobo; y la rotonda, eso sí, quedó preciosa.
La presidía una escultura de acero corten de nueve metros y sesenta mil euros, obra de un artista de proyección internacional que no pudo asistir a la inauguración por encontrarse inaugurando otra rotonda. Según la memoria del proyecto, la pieza se titulaba ‘Diálogo entre tradición y futuro’ y representaba «el flujo identitario del territorio en tránsito hacia la gobernanza de lo posible», descripción que costaba aparte. Según el pregonero de las fiestas, que la estudió de cerca el día que le tocó hablar debajo, representaba un ocho que se había caído. Según los niños, un lazo de pan salado. Según la peña ciclista, que la esquivaba cada domingo, un atentado. La empresa adjudicataria del mantenimiento —filial, por casualidad, de Lupus Capital— la limpiaba dos veces al año con un producto especial que costaba lo que el comedor escolar, porque el acero corten, explicaron, necesita oxidarse pero con dignidad.
El día de la inauguración vino el diputado provincial, se descubrió la lona con himno regional de fondo y el alcalde pronunció la frase que luego bordarían en la memoria anual: «Esta escultura simboliza que este pueblo mira hacia adelante». Y era verdad, porque la habían plantado justo delante de la vista del valle, de modo que para mirar el polígono había que mirar primero el ocho caído, y ya se quedaba uno sin ganas de seguir mirando. Con los años le salió una función: las cigüeñas, que no entienden de gobernanza, anidaron en el bucle superior, y aquello fue lo único del proyecto estratégico que crio algo.
Entonces los vecinos subieron a la colina, es decir, abrieron un grupo de WhatsApp, y gritaron socorro, y auxilio, y que había venido el lobby. Gritaron tanto que su clamor se oyó en todo el valle, que ya era del fondo de inversiones, pero el recurso fue desestimado por extemporáneo, el defensor del pueblo estaba de vacaciones y la televisión vino un martes, grabó la rotonda y se fue.
Lo demás ocurrió como tenía que ocurrir. En las siguientes elecciones, el alcalde que firmó la reordenación revalidó la mayoría con el lema «Hechos, no miedos», financiada la campaña —carteles, carpa y orquesta— por el patrocinador oficial del municipio, que ya se sabe quién era. Pedro perdió el acta por los votos justos de los once empleados del polígono y de sus familias, que votaron con el estómago, que es donde la democracia aprieta. Al año, el alcalde fichó por Lupus Capital como asesor de territorio, y en el pueblo se comentó con orgullo que uno de aquí había llegado lejos.
Y un martes cualquiera, en el boletín oficial, entre un anuncio de subasta y una corrección de erratas, apareció una nueva solicitud de interés estratégico. La firmaba un fondo llamado Vulpes Capital Partners. Pedro, ya sin acta, sin micrófono y sin colina, lo leyó despacio en el bar y no dijo nada, porque a un vecino que pasaba por allí y miró por encima de su hombro le pareció un asunto de trámite.
Y así fue como nadie se dio cuenta de ningún error, y todos aprendieron la lección y nunca más volvieron a hacer caso a quien decía la verdad, que es lo que tiene la verdad cuando no patrocina las fiestas.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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