Autoescritura
30.8.26
Érase un hombre que quiso escribir su propio destino y comenzó así su cuento: «Érase un hombre que quiso escribir su propio destino». Le pareció un arranque impecable, salvo por un detalle que el hombre de la frase también tecleaba. Escribió entonces que aquel hombre escribía a su vez a otro, y el otro a otro, y comprendió tarde que los espejos, en literatura, cobran alquiler. Quiso retorcer la trama y dispuso para su personaje una herencia, un amor correspondido, una muerte dulce a los noventa. Pero cada línea que le regalaba aparecía, al releerla, escrita sobre su propia vida con una letra sospechosamente parecida a la suya, solo que un renglón más arriba. Entendió al fin que no era el primero de la serie sino uno cualquiera de sus términos, y que en algún cuaderno anterior alguien tachaba ahora mismo su final feliz por inverosímil. Dejó el teclado para no despertar sospechas, y desde entonces vive de improviso, haciendo cosas que no se le habrían ocurrido jamás, ya que es la única manera que encontró de corregirle el estilo al de arriba.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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