Los normales

20.8.26


Existen personas a las que llaman normales, sin ninguna sensibilidad lumínica, que no poseen un espíritu ennoblecido ni atormentado, ni una sensibilidad extraordinaria, y que caminan en el letargo de los tonos grises de la sociedad. Madrugan sin metafísica, aman sin literatura, mueren sin haber subrayado un libro. Pasan por los días como por un pasillo, sin detenerse en las puertas. Durante años los miré desde arriba, que es la manera más cómoda de no verlos. Los sensibles tenemos ese vicio, convertimos nuestra intemperie en un título nobiliario y su calma en una enfermedad. Pero he conocido a algunos de cerca. Duermen de un tirón. No les tiembla el pulso ante un papel en blanco porque jamás se les ocurrió medirse con él. Cuando un dolor llega, lo lloran sin metáfora, que quizá sea la forma más honrada de llorar. Y sostienen el mundo —los turnos, los cuidados, las cuentas— mientras nosotros lo anotamos. Sensibilidad lumínica. ¡Qué soberbia la nuestra! Llamar luz a lo que a lo mejor es solo insomnio. Ellos caminan en el letargo de los grises y nosotros, desvelados, en el resplandor de otro. Falta saber cuál de los dos letargos sueña al otro.


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