El último hablante

26.10.26


Tomás hablaba una lengua que nadie más entendía. No era un capricho: tenía su gramática, sus palabras para el miedo y para la luz de ciertas tardes, y él la hablaba con una precisión que asustaba. Su familia aprendió a asentir. Los médicos le pusieron nombre en la lengua oficial y le dieron con qué volver a ella algunos días. Durante años tradujo a medias, cansado, como quien vive en un país extranjero sin permiso para quedarse. Un invierno dejó de hablar. Su hermana guarda unas libretas llenas de aquella lengua y a veces las abre, sin entender nada, solo para que alguien siga mirándolas. No sabe si fue él quien no aprendió nuestro idioma o nosotros quienes nunca quisimos aprender el suyo.


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