Por error
25.10.26
Cogió la mochila por equivocación. Era idéntica a la suya: el mismo negro desvaído, la misma cremallera que se atascaba en la esquina, el mismo llavero sin llaves colgando del asa. Terminó la última serie de abdominales, se la colgó a la espalda y se marchó sin despedirse de nadie, como cada martes. En la escalera del metro notó algo raro. El peso parecía el de siempre; lo que cambiaba era la manera de pesar. Su mochila llevaba una toalla húmeda, unas zapatillas y una botella, y pesaba hacia abajo, como pesan las cosas. Aquella pesaba hacia dentro. En casa la dejó sobre la mesa de la cocina y abrió la cremallera. Dentro había algo. Fue lo único que llegaría a decir de ello con certeza.
No era grande ni pequeño. Ocupaba la mochila entera y, sin embargo, cabía en el hueco de la mano. Tenía un color que estaba a punto de ser azul y no lo era, una superficie que parecía lisa hasta que los dedos se acercaban y entonces dejaba de parecer nada. Cuando lo miraba de frente, la vista se le resbalaba hacia los bordes, como cuando se intenta leer en sueños. Lo sacó y lo dejó sobre la mesa. Se apartó un paso. Desde allí, por un instante, le pareció entenderlo, igual que se entiende de golpe una palabra en un idioma que no se habla. Al acercarse, lo perdió. Le hizo una foto con el móvil. En la pantalla aparecía la mesa, el frutero y, en medio, un pequeño desenfoque, como si alguien hubiera respirado sobre el cristal.
Esa noche durmió mal. A la mañana siguiente lo metió en la mochila y volvió al gimnasio. Preguntó en recepción si alguien había reclamado una mochila negra. Nadie. La recepcionista quiso saber qué había dentro, por si acaso. Él abrió la boca y dijo: «Una cosa». Lo intentó otra vez y dijo: «Algo que no es mío». Colgó una nota en el corcho, entre las clases de pilates y el cartel de un gato perdido: «El martes se cambió una mochila por error. Tengo lo suyo». No supo escribir qué. Pasó una semana y nadie llamó. Descubrió pronto la regla. Si sabía dónde estaba, no sabía qué era. Si se esforzaba en comprender qué era, dejaba de saber dónde estaba.
Una tarde se sentó a estudiarlo, decidido a entenderlo de una vez, y cuando levantó los ojos ya no estaba en la mesa. Lo encontró dos horas después en el cajón de los cubiertos, sin haber entendido nada. Intentó dejarlo en un banco del parque. Caminó tres manzanas sin volverse y, al llegar al portal, la mochila estaba apoyada contra la puerta, con la cremallera a medio cerrar, como un perro que se ha adelantado. La tiró al contenedor de escombros de una obra, y al día siguiente apareció en el maletero del coche. La arrojó al río desde el puente y esa noche la encontró debajo de la cama, seca.
Empezó a pesar más. La mochila no: él. Subía las escaleras como si llevara a alguien en brazos. Dejó de ir al gimnasio y de contestar algunas llamadas. Llamó a su hermana para contárselo y, al llegar al punto, se oyó hablar de una avería del coche. En el trabajo le preguntaron si estaba bien y no supo qué responder, porque lo cierto es que no le pasaba nada, salvo algo.
Una madrugada comprendió que no se trataba de averiguar qué era. Quien lo había llevado antes tampoco lo supo nunca. Solo había aprendido a dejarlo. Volvió al gimnasio un martes. Se cambió, hizo sus ejercicios sin ganas y en el vestuario dejó la mochila en el banco, junto a otra exactamente igual: el mismo negro desvaído, la misma cremallera atascada, el mismo llavero sin llaves. Se duchó despacio. Cuando salió, solo quedaba una. Se la colgó a la espalda. No pesaba nada. No quiso abrirla hasta llegar a casa.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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