Un disfraz para Halloween

4.10.26


La invitación llegó el martes. Marta la mandó al grupo con una calabaza y tres signos de exclamación. Sábado, 31. Disfraz obligatorio. Dejé el móvil bocabajo en la encimera y fregué la taza. Era la única taza en el fregadero. Por la noche abrí el portátil. Busqué mujeres raras de la historia. Encontré a Catalina de Erauso, que se escapó de un convento, se cortó el pelo y cruzó el mar para pelear como un hombre. A La Maupin, que cantaba ópera y se batía en duelo. A Fátima al-Fihri, que llegó a Fez desde Cairuán y levantó una escuela con la herencia de su padre. La escuela sigue abierta. A Ching Shih, que mandó sobre miles de piratas y murió vieja, en tierra, con una casa de juego. Apunté los nombres en un pósit. Los miré un rato. Todas se habían ido de algún sitio. Luego pensé en cosas más fáciles. Un ticket de la compra. Un router con la luz roja. Una baldosa floja. Me reí sola en la cocina. El frigorífico hizo su ruido de siempre. El jueves llamé a Marta.
—¿De qué vas tú?
—De bruja. Como todos los años.
—Yo no sé de qué ir. Nada de sangre. Nada ridículo.
—Ve de algo gracioso. Te vendrá bien.
No pregunté por qué me vendría bien.
—Había pensado ir de horizonte —dije—. Una línea. Cielo arriba, tierra abajo. Cuando alguien se acerca, me alejo. El horizonte no se alcanza.
Marta tardó en contestar.
—¿Y Javier?
—Javier no va.
—Vale.
—Vale.
Esa noche bajé la caja del altillo. Ponía ‘Disfraces’ con rotulador negro. Dentro había una peluca rubia, un parche de pirata y una diadema de gato con una sola oreja. Al fondo, un sombrero de vaquero que no era mío. Lo dejé sobre la cama. Luego lo metí otra vez en la caja. Luego subí la caja al altillo. Seguí con la lista. Un agujero negro. La declaración de la renta. Un lunes por la mañana en la oficina. El wifi inestable, con el círculo de carga girando en un cartel. Un déjà vu, pero para eso hacía falta otra persona igual que yo, tres segundos por detrás. Lo taché. El algoritmo de Netflix. La tele todavía me recomendaba documentales de barcos. A mí no me gustan los barcos. El viernes me duché. Me puse los vaqueros y la camisa azul. Me miré en el espejo del pasillo. Me pinté los labios. Me los quité. Me los volví a pintar. En la puerta de Marta había una calabaza con una vela dentro. Abrió una bruja con gafas.
—¿Y el disfraz?
—Voy de mí misma.
Me miró de arriba abajo.
—No se nota.
—Ya. Es lo difícil.
Dentro había un vampiro, dos esqueletos y una enfermera con sangre de bote. Un chico llevaba un cartel colgado del cuello: Error 404. Alguien me puso en la mano un vaso de plástico con algo rojo. Un hombre se acercó. Iba cubierto con una sábana con dos agujeros.
—¿De qué vas?
—De nadie.
Asintió.
—Muy conseguido.
Se quedó a mi lado. Por los agujeros de la sábana solo se le veían los ojos. No dijimos nada más. En el salón alguien apagó la luz y todos gritaron a la vez. Yo no grité. Tampoco me alejé.


0 apostillas: