Viaje sin destino
11.10.26
Me marché a ninguna parte una mañana en la que habría podido quedarme, y acaso fuera esa posibilidad, la de dejar la maleta abierta sobre la cama y volver a colocar las camisas en el cajón del que acababa de sacarlas, lo que me decidió a cerrarla con una precipitación que ahora me parece sospechosa, porque nadie me esperaba, nadie me había pedido que viajara y tampoco había en aquella casa nadie que pudiera preguntarme, al oír el golpe de la cerradura, si pensaba ausentarme mucho tiempo. Durante años había sido viajante, y conservaba ciertos hábitos del oficio: comprobar el bolsillo interior de la chaqueta antes de salir, llevar una camisa de más, solicitar habitaciones alejadas del ascensor, como si aún necesitara descansar para acudir a una cita a primera hora y hubiera alguien dispuesto a comprar lo que yo llevaba conmigo. Hacía tiempo que no llevaba nada. La empresa había cerrado, los clientes se habían dispersado y el muestrario permanecía en un armario del pasillo, donde a veces tropezaba con él al buscar unos zapatos, sin que me resolviera a tirarlo, quizá porque su peso me recordaba una época en la que todavía podía dar razón de mis desplazamientos. En la estación pedí un billete para el primer tren que saliera. La empleada me dijo el nombre de una ciudad y yo asentí; habría asentido a cualquier otro, pero recuerdo que, al repetirlo ella mientras imprimía el billete, tuve la impresión de haberlo oído recientemente, en una conversación o en un sueño, y estuve a punto de pedirle otro destino. Me contuvo la vergüenza de tener que explicarme. A cierta edad uno acepta viajes, comidas e incluso desgracias menores por ahorrarse la explicación que exigiría rechazarlos. Me senté junto a la ventanilla y dejé la maleta entre las rodillas, aunque había sitio de sobra en el portaequipajes. Enfrente viajaba una mujer que llevaba los guantes puestos y que, antes de que arrancáramos, llamó a alguien para decirle que ya estaba de camino.
—Sí, esta tarde —dijo. Después escuchó durante unos segundos y añadió:
—Te lo prometo.
No sé por qué me fijé en que no se quitaba los guantes. Tal vez porque resultaba más fácil mirar sus manos que desatender aquella promesa, que ya había empezado a repetirse dentro de mí con una voz distinta de la suya. Yo también había dicho una vez «esta tarde». Lo había dicho de pie, con el abrigo puesto, mientras ella permanecía sentada a la mesa de la cocina y hacía girar una cucharilla dentro de una taza vacía; recuerdo el roce del metal, aquella pequeña insistencia que me irritó porque me obligaba a advertir su nerviosismo, y recuerdo haber mirado el reloj con una ostentación innecesaria, pues todavía me sobraba tiempo para llegar a la estación. Me había pedido que me quedara un momento. Un momento, había dicho, y yo entendí que pretendía hablar de algo que llevábamos semanas evitando, aunque hoy no sabría asegurar quién lo evitaba ni si aquellas semanas existieron de ese modo, bajo la amenaza de una conversación, o si las he ido oscureciendo después para concederme el atenuante de haber tenido miedo. Le dije que hablaríamos a mi vuelta.
—Esta tarde. Y ella dejó quieta la cucharilla.
Durante el viaje pensé varias veces en llamar, con esa facilidad con la que pensamos en hacer lo que todavía creemos que podremos hacer más adelante, cuando lleguemos, cuando terminemos la visita, cuando encontremos un lugar menos ruidoso, y así fui dejando pasar las ocasiones hasta que su hermana me telefoneó y me preguntó dónde estaba. Lo primero que quiso saber fue dónde estaba, y yo le di el nombre de la ciudad, el del hotel, incluso el de la calle, como si una localización exacta pudiera servir de algo o como si ya estuviera procurando demostrar que me encontraba lejos. Desde entonces he contado muchas veces aquella jornada. He mencionado el retraso del tren, la visita al cliente, una comida que se prolongó más de lo previsto; he explicado que llevaba el teléfono en silencio y que, cuando lo miré, devolví la llamada inmediatamente. Todo eso es cierto. La gente escucha los hechos ciertos y les concede una autoridad que a veces basta para ocultar lo que falta. Nunca he contado lo de la cucharilla. Tampoco que, antes de cerrar la puerta, me quedé unos segundos en el recibidor, esperando que ella insistiera, que dijera mi nombre o viniera a buscarme, y que al no oírla sentí alivio. La mujer de los guantes bajó dos estaciones antes que yo. La vi alejarse por el andén y buscar a alguien entre las personas que aguardaban; en cuanto reconoció una cara levantó el brazo, y hubo en aquel gesto algo tan resuelto, una confianza tan sencilla en la presencia del otro, que aparté la vista y fingí interesarme por el teléfono apagado que llevaba en la mano. Cuando llegué ya había oscurecido. Caminé hasta un hotel cercano a la estación y pedí una habitación para una noche. El recepcionista me preguntó si había estado allí antes. Le dije que no, pero mientras rellenaba la ficha reconocí el dibujo de las baldosas y el espejo situado detrás del mostrador, en cuyo borde inferior faltaba un pequeño fragmento de azogue. Quizás la empleada había pronunciado el nombre de aquella ciudad con toda claridad y yo había preferido no escucharlo. Quizás lo había escuchado y llevaba desde la mañana obedeciendo una decisión que aún quería atribuir al azar. En la habitación dejé la maleta sobre una silla y me senté en el borde de la cama, sin quitarme el abrigo. Desde allí veía una mesa estrecha, un teléfono y una taza que alguien había dispuesto junto al hervidor. No era la misma habitación; comprobé la posición del baño, la altura de la ventana, buscando diferencias que me permitieran permanecer allí, pero al cabo alargué la mano hacia el teléfono. Tenía que decirle que me retrasaría. La mano se quedó un momento sobre el auricular, y en ese momento, antes de retirarla, comprendí adónde había llegado. Me había marchado a ninguna parte. Ahora estaba allí, todavía con tiempo de llamar, todavía dejando la llamada para después.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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