Vílchez
19.10.26
A Vílchez todavía lo recuerdo corriendo descalzo y medio desnudo detrás del autobús del viaje de estudios. Habíamos arrancado y, al hacer el recuento, el profesor notó que faltaba uno. El conductor frenó y todos nos volvimos a mirar por la luna trasera. Bajo un sol tórrido de verano, sobre el asfalto ardiente de una carretera de La Mancha, apareció a lo lejos la figura de Vílchez agitando los brazos como las aspas de un molino. Cuando por fin subió, jadeante, parecía que le iba a dar algo. Hace unos días, después de muchos años, me lo volví a encontrar. Al principio no lo reconocí: el pelo completamente blanco, unas gafas de sol, nada que ver con aquel muchacho que perseguía autobuses en mi memoria. Charlamos largo rato, sin prisa, resumiendo con cierta filosofía la vida que nos ha tocado. Entonces me confesó que no le tenía miedo a la muerte, porque la había rozado demasiadas veces. Siendo apenas un niño, se derrumbó el edificio del que había salido cinco minutos antes, y hubo que rescatar a su abuelo de entre los escombros. Años después, un caballo se le cruzó en la autovía y salió volando con coche y todo. En un viaje a Rumanía estuvo a punto de morir asfixiado porque el inhalador se le había quedado en la maleta, que llegó al aeropuerto con un día de retraso. Y, para terminar, me habló de una operación de estómago en la que también estuvo a punto de quedarse. Nos dimos un abrazo y, al despedirnos, nos deseamos otro encuentro casual como este, que es la única manera que tenemos de asegurarnos de que seguimos vivos. Al menos, Vílchez.
Etiquetas: amigo, comentario, Vílchez
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