Escritura entre tiempo
5.10.26
No le debo obediencia a nadie cuando escribo. Tengo deudas, sí: libros que me cambiaron la respiración, voces que siguen hablando debajo de mi voz, palabras de otros con las que aprendí a tocar lo que dolía. Las llevo conmigo. A veces una de ellas aparece en mitad de una frase y tengo que detenerme, escucharla, decidir si la dejo pasar. Mi libertad empieza también ahí: en la posibilidad de apartarme de aquello que amo. Soy un escritor de intertiempos, salpicado por la literatura de todos los tiempos. Escribo en esa zona donde las épocas se rozan y dejan algo de sí: el aliento de un poema antiguo en una habitación iluminada por una pantalla, una voz del Siglo de Oro entre mensajes sin responder, la fractura de las vanguardias en mi manera de recordar la infancia. Mis lecturas tienen edades distintas y conviven en el presente de una frase. Cuando escribo, alguna despierta, se mezcla con las otras, adquiere un sentido que no tenía cuando llegó a mí. Habito esos intertiempos en la encrucijada del mundo tecnológico actual. Llevo una biblioteca de siglos en un dispositivo que reclama mi atención a cada instante. Con el mismo dedo paso de una elegía a una noticia, de la noticia a una fotografía que un programa ha compuesto sin que nadie estuviera allí. Esa cercanía me fascina y me desorienta. Hay algo de mi escritura que nace precisamente en ese desconcierto: intento averiguar qué sucede con la memoria, con la imaginación, con la experiencia de estar vivo cuando todo comparece sobre una misma superficie luminosa. Escribo desde un cuerpo que vive ahora. Un cuerpo que duerme cerca de un teléfono, que paga por habitar unos metros de aire, que recibe imágenes de una guerra mientras espera a que hierva el agua. Esa simultaneidad entra en las frases. Les altera el pulso. Hay días en que apenas consigo escribir una línea sin que se abra en ella una ventana ajena: una cifra de muertos, un anuncio, la voz grabada de alguien que ya no está. Con todo eso intento hacer una página. Con lo que alcanzo a comprender y con lo que todavía me mantiene despierto. La forma se decide en ese contacto. Una historia comienza y algo la interrumpe; sigo la interrupción. Una voz dice «yo» y, al escucharla mejor, descubro cuánta gente vive en ese pronombre. Dejo que entren sus desacuerdos. Que una conversación recordada desplace al argumento. Que el lenguaje administrativo de un desahucio aparezca junto a la descripción de la luz que daba en aquella cocina. Hay palabras cuya violencia solo se percibe cuando se las deja quietas, solas, sobre el papel. Si todavía necesito la palabra vanguardia, la necesito para nombrar ese instante en que lo aprendido deja de bastarme. Estoy escribiendo, conozco el camino, podría terminar el párrafo con cierta destreza. Entonces algo se resiste. Una palabra demasiado hermosa para lo que cuenta. Una cadencia que lo vuelve todo soportable. Y toca deshacer, perder la música, acercar la frase a eso que estaba evitando. A veces encuentro ayuda en un autor remoto: una página escrita hace siglos abre un paso que yo no había visto. Desde mis intertiempos, también avanzo así. Desconfío de mis gestos de ruptura. Puedo acostumbrarme a romper de la misma manera, disponer los escombros con buen gusto, encontrar una firma entre las ruinas. Por eso vuelvo a leerme. Quito lo que solo exhibe audacia. A veces, después de muchas páginas, queda una oración sencilla que me cuesta más sostener que todas las anteriores. Quiero poder fracasar. Llegar a una zona del texto donde mis recursos hagan ruido, donde se vea la costura y yo aún no sepa resolverla. Habrá que trabajar allí: cambiar una palabra, escuchar otra vez, guardar durante meses una página. Habrá que admitir que algunas búsquedas terminan en un cajón. También eso forma parte de la libertad que reclamo. Elegir el riesgo y responder después por cada línea. El tiempo que me toca vivir deja marcas incluso en lo que callo. Está en la prisa con que miro, en mi cansancio, en aquello que he terminado por considerar normal. Escribir me obliga a permanecer un poco más. La pantalla ya ha pasado a otra imagen y yo sigo en aquella cocina, mirando el rectángulo más claro que ha dejado un cuadro en la pared. Allí se demora algo que busco: la vida que hubo, la ausencia de ahora, una luz que seguirá entrando sin nosotros. Desde ahí escribo, entre tiempos que se atraviesan. Con una lengua recibida que pasa por mi boca y sale alterada por mis límites, mis lecturas, mi deseo. Las voces antiguas llegan hasta esta mesa; al lado, una máquina completa palabras antes de que yo termine de pensarlas. Me detengo. Escucho lo que iba a decir. Todavía puedo cambiar de dirección. No sé cuánto podré hacer con esta lengua. La trabajo, la fuerzo, dejo que me corrija. A veces una frase llega más lejos que yo. Voy detrás.
Etiquetas: comentario, escribir
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 apostillas:
Publicar un comentario