Reivindicando
1.10.26
Necesitamos reivindicar la duda, necesitamos reivindicar la pausa, y ya en la manera de decirlo se nos nota la prisa, ese necesitamos que golpea dos veces el mismo clavo, como quien pide silencio a gritos en una sala donde nadie escucha. Reivindicar, que es reclamar lo que fue nuestro, lo que alguien se llevó mientras mirábamos hacia otro lado, porque hubo un tiempo en que dudar no era torpeza ni detenerse era derrota, y ahora vivimos —o creemos vivir, que no es lo mismo aunque a menudo se confunda— entre pantallas que contestan antes de que terminemos de preguntar, opiniones que se sirven calientes y se tiran frías, certezas de usar y tirar, cuando la duda —esa encrucijada donde todavía todo es posible— quizá sea el último lugar donde el pensamiento sigue vivo, porque la certeza, bien mirada, no es más que una duda que dejó de respirar. Y la pausa. La pausa que en música no es ausencia sino signo, que se escribe en la partitura con la misma tinta que las notas, con su medida exacta, su silencio contado, y encima de ella a veces el calderón, ese ojo abierto que le dice al intérprete quédate aquí lo que haga falta, la pausa del que respira entre dos frases, del que se sienta en un banco sin mirar el reloj, del que deja la carta sin contestar hasta mañana porque mañana sabrá mejor lo que quiere decir, la de la tierra en barbecho, la de la estoa, ese instante en que la marea se queda quieta antes de volver; la del corazón entre latido y latido, que no es descanso sino el momento en que se llena. Y sin embargo, quien reivindica la duda con tanto aplomo ya ha dejado de dudar, y quien proclama la pausa a toda velocidad, entre dos compromisos, con el pulgar sobre la pantalla mientras cruza la calle, no ha hecho más que añadir otra consigna al ruido. Quizá la duda no se reivindica, solo se practica en voz baja. Quizá la pausa no se proclama, tan solo se guarda, como se guarda un silencio en la partitura, sin anunciarlo, a la espera de
Etiquetas: comentario, duda, pausa
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