Ovillo

3.10.26


Barthes mató al autor para que naciera el lector. Fue una muerte generosa: alguien se apartaba del texto para que otro pudiera entrar. La segunda muerte es más silenciosa y no deja herederos. Hoy el que lee es también el que escribe, y lo que escribe se lo devuelve una máquina siempre dispuesta a darle la razón. Pregunta y se responde; se responde y se aplaude. Nunca hemos estado tan acompañados al escribir, ni tan solos al leer. La literatura era, sobre todo, el roce con otra conciencia: una frase que no habríamos escrito nunca, un mundo que se resistía a parecerse al nuestro. Alteridad viene de alter, el otro de dos; solipsismo, de solus ipse, uno mismo a solas. Texto viene de textus, tejido, y para tejer hacen falta urdimbre y trama, dos hilos que se cruzan. Con uno solo no se teje: se hace un ovillo. Quizá no hayan muerto ni el autor ni el lector, sino el hueco entre ambos, ese lugar donde uno podía perderse. El ovillo, al menos, no se deshace. Tampoco abriga.


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