Oquedades

8.10.26


Antes la carta tenía un tiempo de espera incorporado. Escribías sabiendo que el otro tardaría días en leerte, y que tú tardarías otros tantos en recibir su respuesta. Ese intervalo era un espacio de calma, de digestión: mientras el sobre viajaba, las palabras se iban asentando en los dos extremos del camino. Incluso el teléfono fijo tenía su ritual, aquel preguntar si era buen momento, como quien llama con los nudillos antes de entrar. Ahora hemos confundido estar comunicados con tener que estar comunicando todo el tiempo. El móvil en la mano en el supermercado, en el semáforo, a media conversación con alguien que sí está delante. No es que hablemos más, es que no dejamos huecos sin hablar. Y esa cercanía sin pausa no nos ha acercado; nos ha vuelto inquietos. Un mensaje sin respuesta en cinco minutos ya parece un gesto, y uno sin abrir, un desaire. Hemos aprendido a mirar en lugar de atender, a recordar dónde estaba algo en vez de lo que era, a querer la respuesta antes de que la pregunta haya terminado de llegar. Antes, el silencio entre dos cartas también era una forma de escribirse. Ahora no sabemos qué hacer con él, y lo llenamos de cualquier cosa, por miedo a que el otro lo lea.


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