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El libro del mundo

17.10.26



Dos escritores conversan en la terraza de un café. Uno, J, ha dejado de frecuentar los círculos literarios. El otro, S, imparte talleres de escritura creativa. Sobre la mesa hay dos cafés, un libro subrayado y un periódico que nadie ha abierto.
S—No comprendo esa desconfianza tuya hacia la literatura. Es como si un músico renegara de escuchar música.
J—No reniego de la literatura. Reniego de quienes solo se alimentan de ella. Una mente que únicamente lee literatura acaba pudriéndose como escritora.
S—Qué manera tan literaria de despreciar la literatura.
J—Será que todavía no he conseguido desintoxicarme del todo.
S—¿Y de qué debería alimentarse un escritor?
J—Del mundo. De lo que sucede fuera de los libros. De la gente que no sabe escribir una sola línea y, sin embargo, lleva dentro una novela entera. De la ciencia, de la filosofía, de la calle, de los errores de la memoria. Hay más literatura en una conversación de autobús que en muchos talleres de escritura.
S—Eso último me concierne.
J—Lo sé. Por eso lo digo.
S—Mis alumnos aprenden a construir personajes, a dominar el tiempo narrativo, a distinguir una voz propia de una impostada. Leemos a Chéjov, a Kafka, a Borges. No veo qué puede haber de perjudicial en ello.
J—Nada, mientras no confundáis aprender a escribir con aprender a imitar a quienes escribieron. Me preocupa esa literatura que nace de otra literatura, que a su vez nació de otra. Una descendencia de palabras que termina perdiendo cualquier parentesco con la vida.
S—Toda escritura procede, en alguna medida, de otras escrituras.
J—Y toda persona procede de otras personas. Pero no por eso tiene que vivir la vida de sus antepasados.
S—No puedes negar que leer a los grandes escritores ensancha nuestra percepción de la realidad.
J—Naturalmente. Pero también puede estrecharla. Hay escritores que no contemplan un atardecer: contemplan todos los atardeceres que han leído. No ven a una mujer llorando; buscan la frase que habría escrito Dostoievski sobre sus lágrimas. La literatura acaba interponiéndose entre sus ojos y las cosas.
S—También puede enseñarles a ver aquello que antes les resultaba invisible.
J—Hasta que terminan viendo únicamente lo que la literatura les ha enseñado a reconocer.
S remueve el café. La cucharilla golpea tres veces el borde de la taza.
S—Según tú, ¿qué debería enseñar entonces en mis talleres?
J—A desaprender.
S—Eso se dice mucho. Explica cómo se hace.
J—Llévalos a un mercado. Que escuchen a los vendedores. Que observen cómo una anciana selecciona tres tomates y devuelve uno a la caja. Que se pregunten por qué. Que acompañen a alguien a una sala de espera de un hospital. Que lean un tratado de física, una sentencia judicial, un manual de anatomía. Que descubran la realidad antes de aprender a describirla.
S—Eso también es un taller de escritura.
J—Entonces quizá debieras impartirlo fuera del aula.
S—Te obsesiona la autenticidad. Como si la experiencia vivida garantizara una buena página.
J—No garantiza nada. Tampoco la lectura de mil novelas.
S—Pero proporciona recursos. La literatura es una conversación de siglos. Ningún escritor empieza desde cero.
J—Y esa es precisamente mi objeción: demasiados escritores empiezan donde terminaron otros y pasan el resto de su vida intentando no salir de allí.
S—Confundes la tradición con el servilismo.
J—Y tú, a veces, la destreza con la literatura.
S—¿Insinúas que escribir bien no importa?
J—Importa. Lo que cuestiono es que escribir bien equivalga a tener algo que decir. Puedes enseñar a colocar admirablemente las palabras y no enseñar a nadie a pensar. Una prosa impecable puede ser una forma muy elegante de no decir absolutamente nada.
S—También se puede tener mucho que decir y ser incapaz de expresarlo.
J—Ahí sí te necesito como profesor.
Ambos sonríen. El camarero retira las tazas vacías y pregunta si desean otro café. S asiente. J observa a una pareja que discute al otro lado de la cristalera.
S—Admites, entonces, que la técnica es necesaria.
J—Admito que puede ser útil. Pero me inquieta la fabricación de escritores. Esa creencia contemporánea de que la literatura puede aprenderse como se aprende contabilidad. Alumnos que llegan con el deseo de escribir y salen con la ambición de parecer escritores.
S—Algunos descubren su voz precisamente porque han leído muchas otras. La originalidad no crece en el aislamiento.
J—Tampoco en el hacinamiento.
S—¿Y tú? ¿No has aprendido de los libros?
J—Muchísimo. Tanto que he tenido que pasar años intentando olvidarlos.
S—Eso es una contradicción.
J—La escritura está llena de ellas. Necesitamos palabras heredadas para decir algo que todavía no ha sido dicho.
S—Entonces nuestra diferencia no está en la lectura, sino en lo que hacemos con ella.
J—Puede ser. Tú lees a los escritores para enseñar a escribir. Yo leo el mundo para descubrir si todavía queda algo que merezca ser escrito.
S—Pero el mundo también se interpreta. Nunca lo observas desnudo. Lo miras desde tu memoria, desde tu lenguaje, desde todo cuanto has leído.
J—Desde luego. No pretendo una mirada virgen. Pretendo que todavía sea capaz de sorprenderme algo que no haya sido escrito.
S—Quizá la buena literatura sirva precisamente para conservar esa sorpresa.
J—Y quizá la mala enseñanza literaria consista en sustituirla por un procedimiento.
Llegan los cafés. S aparta el libro subrayado para hacerles sitio. J mira su cubierta.
S—Mañana voy a proponer a mis alumnos que escriban una página sin recurrir a ninguna referencia literaria. Solo algo que hayan observado y no sepan explicar.
J—Me parece un buen comienzo.
S—Después les pediré que lean a Chéjov.
J—Y yo esta noche volveré a leerlo.
S—No tienes remedio.
J—Ninguno. Pero mañana saldré a la calle.
S abre el libro por una página señalada. J sigue mirando a la pareja de la cristalera. La mujer se ha marchado. El hombre permanece sentado ante dos cafés, uno de ellos intacto.
S—¿En qué piensas?
J—En que ese hombre acaba de quedarse solo y nosotros llevamos dos horas hablando de literatura.
S—Podrías escribir sobre él.
J—Podría. Pero no sé nada de su vida.
S—Para eso existe la imaginación.
J—Y para eso existe también la prudencia.
S cierra el libro. Los dos miran al hombre, que acaba de beber, sin advertirlo, de la taza de ella.


Ficcionados

26.4.22



Los escritores narcisistas sueñan con autobiografías.




Escriturientos

5.11.20



Friedrich Nietzsche decía que «considerar el estado de escritor como una profesión debería, en justicia, ser considerado una forma de estulticia». Para Ítalo Calvino «el arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y uno se da cuenta de que lo que sabía es muy poco». Mientras que para  hay que «escribir más allá de la anécdota, de la obsesión o del dolor». Difícil saber qué ángulo elegir para saber de escritura, pero si escribo es para quedarme sujeto en la pantalla donde me trasformo en palabra y nada más.




Identidades ignotas

18.6.20



Lo defiendo desde hace tiempo: en primer término es la lectura y el lector. En un segundo plano más tenue, casi desaparecida, la autoría. Y sin embargo vivimos tiempos de escritores narcisistas enfermos de egolatría, cuyos nombres brillan más que sus obras. Lo he recordado al ojear este pasaje de la publicación ‘Leer contra la nada’ de Antonio Basanta: «Lo vi escrito en una de las bibliotecas de Medellín: ‘Quien lee no está haciendo algo; se está haciendo alguien’. (No recuerdo el autor de tan bello aforismo. Y esta amnesia cada vez me ocurre con mayor frecuencia. Recuerdo con precisión lo leído, pero olvido la identidad de quien lo ha escrito. Es como volver al origen de la literatura, siempre anónima)».



Matadores

23.4.16



La muerte de los lectores la encaminan los escritores que matan a las palabras.



Letras corruptas

22.4.11



Mañana es el Día del Libro. Fiesta y folklore en torno al libro —cada vez más descontextualizado—, la escritura y los lectores. También de los autores prisioneros del negocio editorial, muchos de ellos acusados de 'corruptos' en una página web titulada 'La fiera literaria'. Será que como malpensante que soy, no me sorprende nada esta página, aunque sí algunos de sus nombres. Claro que los escritores no están exentos de la naturaleza humana por muy geniales que resulten, como bien prueba el libro 'Escritores contra escritores' de Albert Angelo, donde se puede leer desde el «inaguantable» de Valle-Inclán contra Góngora, hasta el «me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora» de Roberto Bolaño contra Isabel Allende.



Metaplasmo

24.11.10



¿Un profesor de Literatura es un guía espiritual de escritores?



Escritores

23.4.07


Cuentan que los grandes escritores, con el paso del tiempo, pierden la capacidad de sorprenderse a ellos mismos al trabajar sus narraciones, tal es el grado de profesionalidad que alcanzan. Han escrito tanto que su mente les crea, en ocasiones, espejismos entre los seres reales y sus criaturas.

Así me contaron que para García Márquez es frecuente soñar con Aureliano Buendía. A Vargas Llosa en cierta ocasión le paró un señor en la calle con quien mantuvo una breve conversación y que se despidió como el capitán Pantaleón Pantoja.

En otros casos terminan por confundirse con su realidad literaria como Juan Rulfo de quien dicen que se le escuchó decir, mientras se le escapaba la vida, que lo enterraran en Comala. Beckett llegó a asegurar que recibió una carta firmada por Vladimir y Estragon donde le reprochaban que ellos fueran existencialistas. Incluso Cortázar refiere que un día se le presentó, en su domicilio de París, Johnny Carter para que le prestara algo de dinero. James Joyce mencionó haber compartido un almuerzo con el mismísimo Leopold Bloom. Borges dijo que tenía un negro para escribir que era el propio Borges. Y de Faulkner se dice que tuvo trato con los Compson y se encargó de buscar un centro especializado para el propio Benjy.

Soy bastante escéptico y me cuesta creer en estas cosas pero las fábulas urbanas están ahí para quien quiera creerlas.

Comedores de cadáveres

19.4.07


Cuando comencé a producir mis primeros escritos, esa especie de ejercicios de estilo llenos de errores, mi ingenua ambición me llevó a concursar en pequeños certámenes literarios. Se trataba de autoafirmar, supongo, mi incipiente afición que el tiempo y el corazón convirtieron en pasión. Mi primera experiencia -que algún día contaré- fue demoledora. Esa y otras cuantas más me alinearon en el bando de los anti-premios.

Uno de los argumentos que con más peso me decantó a esa militancia fue el que un día me comentó un viejo escritor provinciano con muchas anécdotas vividas. Él me dijo que los ‘comedores de cadáveres’ eran quienes más se beneficiaban de los concursos literarios. Llamaba así a los componentes del jurado, escritores también, que recogían muchas de las ideas, en la mayoría de los casos mal expresadas, como las piedras preciosas sin labrar, y que luego en sus propias creaciones ampliaban y pulían.

Encantos

26.3.06




Stevenson defendía que existe una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Borges recuerda esta cita para habla de Oscar Wilde al que considera el más encantador de los escritores. Pero el encanto se tiene o no se tiene, no se puede aprender en ningún taller de escritura.