Mano alzada
13.10.26
Igual que el escolar que, en gesto sincero, levanta la mano para reconocer su error, quiero ser honesto y exponerme al extravío de lo que escribo. No al error que se tacha y se corrige, que tiene arreglo y casi consuelo, sino al otro: a la frase que se me fue por donde no quería, a la palabra que dijo más de lo que yo sabía, al texto que releo años después y ya no me reconoce. El niño alza el brazo un poco tembloroso, a medias entre la vergüenza y el alivio, y la clase entera se vuelve a mirarlo. Nadie le ha preguntado nada, podría callar, pero hay algo en confesarse en voz alta que limpia, aunque no salve. Escribo así, o lo intento, dejando que se vea por dónde me perdí, porque sospecho que fue en el extravío, y no en el acierto, donde alguna vez estuve más cerca de lo que buscaba.
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