Masticar

1.9.26


Comer solo es un ejercicio de melancolía. Quien come solo no sólo mastica la ausencia: digiere la espesura de la desolación. La mesa, dispuesta para uno, guarda el hueco de los que no vienen, y en ese hueco cabe todo lo que fuimos y ya no somos. El plato repite, día tras día, la liturgia de una eucaristía sin comulgantes: se parte el pan, pero nadie lo comparte. Comer, que empezó siendo un acto de la especie —el fuego, el cerco, las manos tendidas—, se ha vuelto un rito privado, casi clandestino, donde el cuerpo se alimenta mientras el alma ayuna. Y sin embargo hay una dignidad terca en sentarse igual, en poner el mantel, en no rendirse a comer de pie sobre el fregadero: quien pone la mesa para uno todavía cree que merece ser esperado. ¿O es que ese cubierto solitario no espera, en el fondo, a quien nunca dejó de faltar?


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