Muñecos de escaparate

11.7.26


Esta sociedad nos destroza por dentro y nos zarandea como muñecos de trapo, anulando el sosiego y la reflexión. Vivimos sometidos a una agitación permanente que convierte el cansancio en normalidad y la prisa en virtud. Apenas queda tiempo para detenerse, escuchar el propio pensamiento o preguntarse hacia dónde vamos. Y, sin embargo, mientras descuida nuestro mundo interior, esa misma sociedad exige una vigilancia constante del exterior. El cuerpo, el rostro, la ropa, la imagen proyectada, todo debe estar disponible para la evaluación ajena. Se nos invita a parecernos menos a nosotros mismos y más a aquello que otros desean mirar. Así, cuanto más frágiles nos sentimos por dentro, más obligados estamos a parecernos enteros por fuera. La paradoja es brutal, una sociedad que desordena nuestra vida interior nos exige, al mismo tiempo, una apariencia impecable. Quizás esa sea una de sus formas más eficaces de dominio, el convertirnos en objetos preocupados por su escaparate mientras, detrás del cristal, se desmorona silenciosamente la persona.


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