Autolisonja

7.7.26


Hay personas que no se limitan a estimarse sino que convierten su autoestima en un pequeño espectáculo diario. Se prodigan elogios, se adornan con virtudes, se presentan ante los demás como si la admiración propia bastara para justificar su altura. Pero rara vez esa autolisonja resulta inocente. Casi siempre persigue un rendimiento como consolidar prestigio, reforzar adhesiones, obtener beneficios de quienes comparten su círculo o dependen de su influencia. Lo curioso es que ese ejercicio de exaltación personal suele producir un efecto doble. Entre los correligionarios provoca asentimiento, complicidad, recompensa. Entre quienes miran desde fuera, en cambio, despierta una oleada de desagrado. No tanto por envidia, como a veces se alega, sino por la evidencia de una desmesura. La autocomplacencia, cuando se exhibe demasiado, deja de parecer seguridad y empieza a parecer una forma pulida de la vanidad. Tal vez por eso el verdadero aprecio de uno mismo no necesite tanta proclamación. La dignidad callada convence más que el mérito voceado ya que quien se halaga en exceso no solo se empequeñece un poco porque acaba revelando hasta qué punto necesita que otros ratifiquen el retrato que se ha pintado de sí mismo. La autoestima se vuelve sospechosa cuando necesita convertirse en propaganda.


0 apostillas: